Muchas costumbres navideñas que aún hoy practicamos nacieron en el siglo XIX. Entonces se popularizaron el abeto y el intercambio de regalos, se inventaron las tarjetas de felicitación, y los cuentos de Navidad, tal como los entendemos ahora, se leían en familia. Charles Dickens publicó ‘Cuento de Navidad’, quizá el más famoso e influyente de ellos, en diciembre de 1843. Ya en su momento, tuvo un éxito instantáneo y abrumador. Pero además de resultar esencial para la definición de las costumbres navideñas en el mundo anglosajón, fue un libro reflejo de su tiempo: una época de depresión económica y miseria.

Por eso, aunque ahora el personaje de Ebenezer Scrooge, ―el codicioso hombre de negocios que, tras la visita de los fantasmas de la Navidad, se convierte en una persona amable y generosa, sea el más recordado, para los lectores de aquellos años el núcleo emocional del cuento eran las escenas de la familia de Bob Cratchit,―el explotado empleado de Scrooge, pobre y con un hijo enfermo. La apetecible comida navideña de los Cratchit, el amor y cariño con que se trataban, dieron esperanza y consuelo a miles de familias en dificultades.

A la familia Cratchit, el ganso de la cena de Navidad de aquel año les pareció extraordinario, “su ternura y su sabor, su tamaño y su bajo precio fueron motivos de admiración general. Complementado con la compota de manzana y el puré de patatas, fue cena suficiente para toda la familia; (…) todos estaban saciados y, en particular, los más pequeños de los Cratchit ¡se habían atiborrado de salvia y cebolla hasta las cejas! Mientras la señorita Belinda cambiaba los platos, la señora Cratchit (…) fue a buscar el pudin para llevarlo a la mesa”. Luego, continuarían con una bebida caliente de ginebra con limones, manzanas, naranjas, y unas cuantas castañas echadas a la lumbre. Aunque de manera modesta, los Cratchit tuvieron en su mesa todo lo que una familia inglesa podía desear en Navidad.

Para Dickens, y así lo reflejan sus obras, la idea de la Navidad está ligada a una espléndida comida. Explica el historiador Massimo Montanari que “el banquete comunal y el consumo abundante de comida son un rito que refuerza los vínculos de grupo y sirve para alejar el miedo del hambre”, con más razón si cabe en Navidad, la fiesta del nacimiento y del inicio de la vida que hereda la celebración pagana del solsticio de invierno. Y añade que “entre los alimentos rituales destinados a las fiestas de Navidad, tienen un significado simbólico especial los panes dulces rellenos de semillas, las frutas confitadas, las uvas pasas, que son augurio de fertilidad y riqueza. Pero sobre todo las grandes fiestas son el triunfo de la carne”, cuyo consumo saciaba el endémico deseo de proteína animal y, en cierta manera, esos días igualaba los banquetes de pobres y ricos.

Para los Cratchit el ganso era un festín que, como cualquier familia humilde, solo eran capaces de adquirir si reunían su coste a través de un club de ahorro llamado ‘goose club‘. Pero el verdadero lujo, que solo podían permitirse los ricos, era el pavo, como el hermoso ejemplar que Scrooge acabaría enviando a la familia de su empleado.

El largo viaje del pavo

El pavo, que probablemente sea la imagen más universal de la comida navideña, había hecho un largo viaje hasta llegar a Inglaterra. De origen mexicano, entró en Europa con los primeros conquistadores españoles, que lo confundieron con otras aves que ya existían en su tierra de origen como el pavo real y la pintada. Cuando Pietro Martire d’Anghiera, cronista de las Indias, concluyó en 1530 que el pavo era un animal diferente del pavo real, la enorme ave ya estaba instalada en gran parte de Europa y sus nombres reflejaban cierta confusión sobre su origen; en castellano se llamó pavón de las Indias, gallopavo o pavo, y gallo o gallina d’India, gall dindi y poulets d’Inde en italiano, catalán y francés respectivamente.

En España, donde quienes podían ya comían pavos reales, gallinas, capones o pintadas, el pavo, de carne más delicada, formó enseguida parte de la mesa de las clases altas y Francisco Fernández Motiño, cocinero de Felipe IV, incluyó en su Arte de cocina (1611) “pavos asados con su salsa” para el banquete de Navidad. Años después, en el siglo XIX, el pavo o el besugo, precedidos de la sopa de almendra, serían los platos más representantivos de las comidas navideñas, al menos en la capital. En esos días, los periódicos madrileños anunciaban la venta de leche de almendras, pavos cebados, pescados y mariscos gallegos, vinos y licores, turrones, jaleas de frutas, mantecados y todo tipo de dulces; además, las panaderías —como en el Londres de Dickens— ofrecían a los menos pudientes la posibilidad de asar el pavo en sus hornos por cuatro reales.

Muchos autores de la época, de Clarín a Valle Inclán o Pardo Bazán, escribieron cuentos de Navidad siguiendo el ejemplo de Dickens. Entre los temas religiosos, los niños enfermos, las lecciones morales y las sensiblerías, la comida servía para ilustrar los anhelos de los pobres o las diferencias sociales. Para la moribunda niña Celinina, la protagonista de ‘La mula y el buey’ (1876) de Benito Pérez Galdós, la Navidad es “las esperanzas del mucho comer y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón” e imagina “montones de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras; (…) el estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban a las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo”.

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Los cuentos que inventaron la comida de Navidad (Parte II)

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 39, diciembre 2018
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