«Siempre se dice que si no hay sal, no hay nada. En mí, esto alcanza proporciones extremas. Si no hay limón, no hay nada. Si no hay té, si no hay Earl Grey, no hay nada. En última instancia podría faltar pan, pero si no hay manzanas, entonces sí que no hay nada de nada… Y si no hay salsa indochina me voy, salgo de casa. Además tengo un problema de superposición: si no puedo superponer dos botellas de aceite es que no hay. Si no tengo una botella que espera que la que está en uso se termine es que estoy sin aceite. Si no hay más sal que la que hay en el salero sin un kilo de sal en la despensa, estoy sin sal. Hace de mi vida un infierno, siempre estoy obligada a comprobarlo todo dos veces… Es verdad, soy así. Es un carácter infeliz, como diría mi madre». Quien así escribe en esta suerte de confesión gastronómica, sarcástica y sin complejos, es Marguerite Duras (1914-1996), célebre autora de novelas como El amante y El dolor y guionista de la película Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959), emblemática lanzadera de la nouvelle vague.

En realidad, Marguerite Duras era muchas cosas: teatral, literaria –»Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera»– e incluso un poco peliculera más allá de sus trabajos en el cine, dicen que por un carácter narcisista e iracundo que, cuando amasaba cierta confianza, se tornaba en extrema calidez.

Un cuaderno rojo

Calidez, eso es lo que transpira La cocina de Marguerite (SD Edicions), un pequeño libro, pero gran documento, que recoge las recetas que la escritora anotaba con tanto tesón en su cuaderno rojo –»el cuaderno del camión», como ella lo llamaba–, y que, cómo no, cocinaba para sus invitados en su casa de Neauphle-le-Château, a las afueras de París.

E día 3 de marzo de 2016 se cumplieron veinte años de la muerte de Marguerite Duras y, a falta de otros homenajes esperables, como quizá la reedición de alguna de sus obras más conocidas o la traducción de textos aún inéditos al castellano, este recetario con textos y entrevistas de Michèle Kastner se convierte en apetitoso tributo a una de las grandes novelistas francesas del siglo XX junto a Françoise Sagan, Simone de Beauvoir y Marguerite Yourcenar.

Un encanto ‘insoportable’

Curiosamente, Duras no fue demasiado popular en España hasta el estreno de la adaptación cinematográfica de la entonces polémica El amante (Jean-Jacques Annaud, 1991) y pocos saben de su amistad, también por la vía del cine, con Lucía Bosé y Jeanne Moreau, a quienes dirigió en el filme Nathalie Granger (1972).

Como simpático guiño gastronómico, durante una lectura dramatizada de textos de la escritora celebrada en Madrid en 2006, Moreau recordó una anécdota vivida junto a ella, recogida además en el documental La classe de la violence: al parecer, Duras le dio el papel de coprotagonista en su película (junto a Bosé) tras quedarse impresionada viendo cómo recogía la mesa. Con qué destreza. A lo que Moreau, genio y figura, le contestó: «Soy hija de hostelero, aprendí a cocinar con cinco años. Lo llevo en la sangre».

Con ese «encanto insoportable» que, según la actriz, la definía, Duras convirtió en set de rodaje su casa de Neauphle-le-Château y, por tanto, abrió su cocina al espectador de apetito voyeur. Para la historia quedan esas instantáneas inolvidables de Moreau y Bosé frente a sendas tazas de café, ese café esencial para la escritora porque «la mayoría de la gente sabe que una de las cosas más terribles de la vida es levantarse sin café en una casa vacía de café».

Albóndigas ‘más o menos’

Sus obsesiones también se trasladaban al momento de encender los fogones, en los que se movía con la clara influencia de su infancia en la antigua Indochina, donde nació, como con el nasi-goreng o la tortilla vietnamita y con un mantra inamovible: «No he pretendido hacer nunca una cocina extremadamente refinada. Es buena cocina, eso es todo, no pretendo más. Por otro lado, me invento los nombres en función del origen del plato y, en general, los llamo por el nombre de la persona que me ha dado la receta. Por ejemplo, en el caso de las albóndigas tengo ‘las de la griega Melina’ por Melina Mercouri […]. También están las albóndigas ‘de la abuela de Michèle Muller para los picnic en la isla Santa Margarita y los paseos por el mar’, las ‘sin nombre’ o las ‘más o menos’, que son, sin duda, las más misteriosas».

¿Y el gazpacho que menciona en sus manuscritos, Marguerite explica que «los españoles ponen caldo en vez de agua. Se equivocan». Lo que quizá nadie se atrevió a decirle (ya lo hemos contado, su carácter daba lugar a poca afrenta), es que el gazpacho jamás lleva caldo, ni en España ni en la Cochinchina. Eso sí, razón llevaba al añadirle agua, mademoiselle Duras.

*Reportaje publicado originalmente en Tapas nº 11 (por David Moralejo, marzo 2016). Puedes conseguir los números atrasados de Tapas aquí

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