Sabíamos que se podía comer pizza en el espacio, en una limusina, disfrutarla como un auténtico sex symbol e incluso a través del olfato… Sin embargo, hasta hace unos días no sabíamos que podíamos saborearla como si se tratase de un bien cultural.

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Y es que al fin el arte de los 3.000 “pizzaioli” napolitanos que actualmente desempeñan este oficio y su exquisita masa han sido reconocidos en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO por su importante valor cultural. Un reconocimiento que venían pidiendo desde hacía años y que se ha cumplido, tal y como ha anunciado el Comité intergubernamental, gracias a las dos millones de firmas entregadas siendo éste una necesidad social para poder preservar un oficio tradicional que se remonta nada más y nada menos que al siglo XVI.

Considerada todo un arte, la práctica de la pizza napolitana requiere de unas habilidades especiales que pocos saben desempeñar con buena mano. Para empezar, este buen hacer consiste en preparar en cuatro etapas la masa y hornearla con fuego de leña. Y eso que sus ingredientes tan solo son cuatro: harina, agua, levadura y sal. Ésta debe reposar durante 24 horas antes de ser manipulada y estirada revoleándola cual malabarista.

Después se le añade la salsa de tomate, la mozzarella de búfala y las hojas de albahaca. Una vez ya está lista se introduce en el horno de leña a unos 485 grados durante unos 60/ 90 segundos.

Un manjar que tantas alegrías nos ha dado y al que muy pocos pueden resistirse.

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