GaHee Park construye escenas domésticas que parecen tranquilas y con un punto seductor, hasta que observamos con atención. En sus pinturas hay mujeres, frutas, pescados, cócteles, flores, insectos y animales, pero también cuerpos que se fragmentan, sombras y perspectivas que no terminan de encajar. La artista surcoreana, nacida en Seúl en 1985 y afincada en Montreal, juega precisamente con esa ambigüedad y con la posibilidad de que varias cosas, incluso contradictorias, sucedan al mismo tiempo.
La naturaleza muerta ocupa un lugar importante en su trabajo. Park recurre a uno de los géneros más antiguos de la pintura para llevarlo a un terreno mucho más personal. “Siempre ha sido uno de los géneros tradicionales que más me han interesado. Trabajar dentro de esta tradición me permite utilizar ese lenguaje de la historia del arte para explorar cuestiones esenciales sobre la vida, la muerte, el tiempo o el deseo y relacionarlas con temas contemporáneos o personales como el feminismo, las dinámicas de género, la identidad, la cultura alimentaria actual o la vida animal”, expone.

Nada de lo que aparece en sus cuadros procede directamente de la realidad. Park nunca pinta ni dibuja con modelos y sus personajes nacen de la imaginación y la memoria. También ha ido abandonando los bocetos previos que durante años utilizó como punto de partida. “Empecé a disciplinarme para no tomar decisiones demasiado firmes antes de ponerme a pintar, para poder jugar con mi intuición, la escala y el movimiento sobre el lienzo”. Así, improvisa la composición y el color y deja que las historias aparezcan mientras trabaja. “Este proceso me permite estar más abierta a recuerdos de la infancia que me afectan, pero también a recuerdos recientes, sentimientos actuales, instintos y elementos que proceden del inconsciente”.
El dibujo, sin embargo, sigue siendo un territorio importante y mucho más libre. “Dibujar es como estar con mi mejor amigo: puedo hacer bromas y ser completamente yo misma, sin filtros. Pero pintar me hace sentir como si tuviera que desnudarme delante de un compañero de trabajo o algo así de embarazoso. Es más oficial y público”. Cuando ha intentado trasladar algunos de esos dibujos al lienzo, ha comprobado que al pulirlos perdían parte de la energía que tenían originalmente. Por eso, cuando una pintura nacida de un dibujo funciona, suele acabar siendo bastante diferente de él.

También hay algo de su propia historia en la tensión que atraviesa su obra. Park creció en Corea del Sur, dentro de una familia católica conservadora, en un ambiente en el que la sexualidad quedaba fuera de cualquier conversación. “Mientras crecía, disfrutaba de placeres que permanecían bajo la superficie, escondidos de la mirada de los demás, y eso generaba tensiones de forma natural”. Con el tiempo entendió que esa dualidad seguía presente en nuestra relación con aquello que deseamos o nos seduce. No busca provocarla, pero trabaja sobre un cuadro hasta encontrar una combinación de elementos que le resulte “viva y compleja”. A veces tarda una semana; otras, meses o incluso años.
Algo parecido ocurre con los interiores que pinta, que le sirven para construir “una especie de espacio interno o psicológico”, compartido por personas, animales, insectos y objetos. Un lugar en el que, según explica, siempre conviven “libertad y restricción, vigilancia y privacidad, placer e incertidumbre, tranquilidad y ansiedad”.

Esa falta de respuestas cerradas es parte esencial de su pintura. Park prefiere dejar fragmentos de historias y que sea quien mira quien decida qué está ocurriendo. Como ella misma ha explicado, concibe sus cuadros como “una biblioteca de diferentes momentos” y cada uno de ellos como una invitación a inventar una historia propia.