¿Quién no ha retrocedido unos pasos cuando ha visto a alguien acercarse con una lata en la mano mientras la agitaba y hacía espasmos? Todos. Y es que pocas cosas nos generan más miedo que alguien con ese artefacto explosivo que, de salir como el petróleo, nos dejaría la cara pegajosa y con la necesidad de volver a pasar por chapa y pintura para solucionar esa catástrofe tan latosa. Pues bien, puede que haya una forma de evitarlo, aunque tu amigo seguirá queriendo ponerte de los nervios.

Si uno está solo no hay necesidad, pero si estamos rodeados de gente y de latas es un clásico que alguien se le ocurra hacer la (no) gracia de agitarla para posteriormente abrirla cerca de tu cara.

Por eso, y ante la necesidad que despierta una solución que corte el grifo a los más graciosos, un profesor de la Universidad de Nottingham Trent ha escrito un artículo en The Conversation en el que habla del proceso de generación de las burbujas y de las maneras de evitarlas.

La razón no es otra que al disminución de la presión que toda bebida carbonatada experimenta cuando se abre una lata, cuyas burbujas se encuentran pegadas a las paredes del recipiente y al abrirlo, se liberan al volverse grandes.

Si la bebida no se agita, sólo asistiremos ese pequeño sonido que se produce al abrir la lata, pero si lo está, habremos dado salida a una fuga de burbujas que, cómo no, irán a parar directamente a la cara.

De manera que, dando pequeños golpes a la lata antes de abrirla, una vez agitada, se puede evitar que las burbujas salgan con tanta intensidad. Eso sí, será difícil de calcular la fuerza a la que salgan disparadas. La mejor manera de evitar ducharnos en refresco es la tradicional, dejar reposar la lata unos minutos antes de abrirla.