La culpa siempre es de Instagram. Pase lo que pase, pidamos responsabilidades a esta red social que tan bien y rápidamente está arruinando nuestra identidad, anulándonos y convirtiéndonos en alguien que no somos. No se trata de una visión derrotista de la red social de fotografía más popular del momento, sino de una realidad que está consiguiendo arruinar hasta nuestra forma de comer.

Parece que es imposible parar el postureo que se postula en las redes sociales, sobre en Instagram por ser la plataforma más visual que tenemos actualmente, aunque el famoso fenómenos conocido como #unpluggedmoments, o la manera más auténtica de disfrutar de los momentos en compañía olvidando el postureo, esté luchando contra viento y marea por mandar a la deriva a ese bienquedismo que tanto nos esforzamos por aparentar cuando hacemos una foto ya la subimos a Instagram para ¿presumir? y la dotamos de cientos de hashtags que nos lleven al clímax de mayor número de likes por segundo.

Así de simples somos.

Pero más obsesivos nos volvemos con conseguir seguidores y likes cuando hay fotografía de comida de por medio, tanto que desde que se creó esta famosa plataforma se han publicado más de 192 millones de fotografías con el hashtag #food.

Cifras parecidas para sus compañeros de gloria #foodporn y #foodstagramming, que ya hasta ha despertado la preocupación de científicos e investigadores con un estudio realizado por la cadena de supermercados británica Waitrose y el posterior análisis del diario Telegraph.

El resultado de este estudio ha sido tan desmotivador que, después de asistir a los siguientes datos, podemos decir que sí, que esta pornografía culinaria está haciendo mucho daño a nuestra relación con la comida: uno de cada cinco británicos sube fotos de comida a Instagram, siendo la población joven la más adicta a esta red social; por otro lado, de 2000 encuestados, el 39% cuida la presentación de sus platos y el 44% lo hace por si quienes vayan a comerlo deciden subir una foto a su perfil personal.