Gastro

España-Argentina: la otra final se juega en la mesa

España defiende una cultura de la tapa, el bar de barrio y la sobremesa corta pero intensa; Argentina defiende el fuego lento, la carne compartida y la sobremesa que se estira hasta que alguien se anima a cebar otro mate.

España VS Argentina

Si el fútbol es un idioma universal, la cocina es el acento con el que cada país lo pronuncia.

Esta noche, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, España y Argentina se juegan la Copa del Mundo. Pero hay otra final que lleva disputándose desde mucho antes del pitido inicial, y que probablemente no termine nunca: la de quién tiene la gastronomía más grande del mundo hispanohablante. No hay árbitro capaz de decidirla, no hay VAR que valga, y cualquiera que se atreva a dar un ganador se arriesga a que le corten el jamón o el asado de por vida. Así que, en lugar de fallar un veredicto, mejor alinear a los dos combinados en su mejor once gastronómico y disfrutar del partido.

La entradilla: tapas contra picada

España sale al campo con su arma más democrática: la tapa. Ese ritual de pedir «una cañita y algo de picar» que ha convertido cualquier bar de barrio en una sala de fiestas improvisada, donde una tabla de jamón ibérico, unas croquetas cremosas y unas patatas bravas se reparten entre toda la mesa sin que nadie tenga que decidir un solo plato principal. Argentina responde con la picada, su prima hermana rioplatense: fiambres, quesos, aceitunas y algún que otro choripán en miniatura, pensada para acompañar la primera Quilmes mientras se enciende el fuego de verdad. Empate técnico, aunque los jueces de línea ya avisan de que esto se va a poner reñido.

El centro del campo: jamón ibérico contra asado

Aquí es donde cada selección saca su jugador franquicia. España presenta al jamón ibérico de bellota, esa pieza que se corta con la solemnidad de un ritual religioso y que necesita años, literalmente, de crianza antes de llegar a la mesa.

Argentina contraataca con el asado, no tanto un plato como una institución social: el fuego lento, la parrilla, el asador que dirige la operación como un director técnico y una sobremesa que puede durar más que el propio partido de fútbol. Uno se corta en láminas finísimas y se saborea en silencio. El otro se comparte a gritos, con el vino pasando de mano en mano.

Los dos, eso sí, comparten una misma regla no escrita: nadie interrumpe al maestro mientras trabaja.

La delantera: tortilla de patatas contra empanadas

En ataque, España confía en la tortilla de patatas, ese campo de batalla eterno entre quienes la quieren con cebolla y quienes defienden que es una herejía. Es el plato que aparece en cualquier celebración, cumpleaños o tarde de domingo, servida en cuñas generosas que desaparecen antes de que nadie pueda hacerle una foto decente. Argentina juega con las empanadas, un ejército de bolsillos de masa rellenos de carne cortada a cuchillo, jugosa y bien condimentada, que se comen de pie, en la mano, sin necesidad de cubiertos ni de esperar a que se enfríen. Ambas comparten la misma virtud: son, a su manera, comida para compartir sin perder de vista el propio plato.

El as bajo la manga: croquetas contra milanesa

Si hubiera que elegir un solo plato para representar a cada país en una final desempatada a penaltis, España probablemente alinearía la croqueta: bechamel cremosa por dentro, crujiente por fuera, capaz de reinventarse con jamón, pollo, boletus o bacalao sin perder nunca su identidad. Argentina respondería con la milanesa, esa proeza de la ingeniería doméstica que convierte cualquier corte de carne en una superficie dorada y crujiente, tan versátil que se come sola, en sándwich o «a la napolitana», con jamón, queso y salsa de tomate gratinados por encima.

Dos platos que, curiosamente, comparten el mismo secreto: nadie se pone de acuerdo en cuál es la receta «auténtica», y esa discusión familiar es, en el fondo, parte del sabor.

El postre, o cómo cerrar el partido por la vía rápida

España se guarda el gol de la victoria para el final con los churros con chocolate, esa forma tan española de terminar cualquier noche, incluida, para los más resistentes, la del amanecer, con una taza de chocolate espeso y una ronda de churros recién fritos. Argentina responde con el dulce de leche, presente de una forma u otra en casi cualquier postre del país, desde los alfajores hasta las tortas, un ingrediente que ha logrado ese estatus poco común de convertirse en bandera nacional sin ser, técnicamente, un plato.

Es el equivalente gastronómico del gol en el último minuto: nadie se va de la mesa indiferente.

El resultado

Como en cualquier buena final, el marcador es lo de menos. España defiende una cultura de la tapa, el bar de barrio y la sobremesa corta pero intensa; Argentina defiende el fuego lento, la carne compartida y la sobremesa que se estira hasta que alguien se anima a cebar otro mate.

Ninguna de las dos necesita ganarle a la otra para justificar su lugar en la historia de la gastronomía mundial. Esta noche, mientras once futbolistas de cada lado se juegan la copa sobre el césped, en las mesas de medio mundo se jugará la revancha de siempre: jamón contra asado, croqueta contra milanesa, con la certeza de que, gane quien gane el partido, en la mesa siempre habrá un empate que sabe a fiesta.