El tiempo muta, varía y se transforma cuando estás en buena compañía sosteniendo una caña bien tirada. El mundo se queda como paralizado justo en el momento en el que tomas la palabra para hablar de todo y de nada, para compartir la anécdota más ínfima o para escuchar cómo un amigo por fin ha conseguido trabajo (momento perfecto para pedir otra ronda de cervezas).

La vida, que en ocasiones parece marcada tiránicamente por los días de la semana, se vuelve más interesante y valiosa cuando brindas por las buenas noticias, sea miércoles o sábado. El elixir de nuestro tiempo es de color ambarino y tiene burbujas. Se bebe en latas, vasos y jarras de mil formas con la única obligación de que esté frío, muy muy frío.

No importa el lugar en el que te reúnas. Puede ser en el local más moderno de Malasaña o en el ‘bareto’ más oscuro y pegajoso de las callejuelas de Tribunal. Durante unas horas sólo deseas que la magia del momento no se apague y que el bar en cuestión no cierre nunca porque se ha convertido en tu segunda casa y porque al cruzar sus puertas te toparás de nuevo y de frente con la vida real.

De pronto te sorprendes a ti mismo deseando que los camareros sonrientes de El Tigre sigan sacando más y más platos de comida, que los gritos de La Sureña sigan ensordeciéndote una ratito más y que haga calor para ir a las terrazas de la plaza Dos de Mayo…

“Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo”, decía el gran Mario Benedetti y no se equivocaba. Porque las grandes cosas surgen casi de repente, sin previo aviso y terminan a toda prisa, como una exhalación.

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