Paco y Domi le han llevado la cena a Cristina Pedroche (Madrid, 1988). La presentadora ha alargado su jornada laboral después de su colaboración en el programa Zapeando, en La Sexta, así que su madre le ha preparado un filete de pollo y verduras, para que “al llegar a casa ya tenga la cena lista”, dice mientras observa junto a su marido cómo posa su hija para la sesión de fotos que ilustra estas páginas. Los Pedroche han aprovechado esta cita para estar un rato con Cristina, aunque sea en segundo plano, discretos pero relajados. Paco, que sonríe con los ojos, posa en “su niña” una mirada orgullosa y Domi cuenta con aire resignado lo mala comedora que era la presentadora de pequeña. Cristina se ríe señalando la ironía del destino: “Pero mírame ahora… ¡una foodie!”.

“Lo mío con la comida es de traca”, confiesa Pedroche, que metrallea frases con ese aire desenfadado que muestra dentro y fuera de la pantalla. “Comí mi primera gamba con 26 años… Es fuerte, ¿eh? Es que comía fatal: Yo, al filete de pollo y al de ternera, los llamaba el blanco y el negro. Y muchas veces me acostaba por la noche con un trozo de tortilla francesa en la boca y me levantaba con él hecho una bola… Es más, soy hija única porque mi madre se llevaba tales disgustos que dijo: si esto es así, ya no quiero más”.

Sin embargo, y aunque Domi suscribe aquellos años de firme oposición de la pequeña en la mesa, aclara que, en todo lo demás, siempre fue una niña buena, pizpireta y cariñosa. Pero lo cierto es que comía rematadamente mal… hasta que conoció al que hoy es su marido, David (aka Dabiz) Muñoz, el chef del triestrellado DiverXO. En su primera cita en un restaurante –que dice haber pospuesto todo lo que pudo porque, según ella, le aterraba que fuera a su casa y sólo pudiera ofrecerle un yogur–, en el Kabuki Wellington, su entonces incipiente pareja le preguntó si comía de todo. A lo que ella contestó: “Yo no como de nada, pero me lo voy a comer todo”. Y probó el erizo, las gambas, las ostras, el tuétano… “A mí, que en las cenas de Navidad de casa, mientras todo el mundo comía marisco o cordero… me hacían unos huevos fritos con patatas”.

Cuando conoció a Dabiz Muñoz éste le preguntó si comía de todo. A lo que ella contestó: “No como de nada peromelovoya comer todo”

Más allá de los manjares y las reuniones familiares, las navidades, hablando de La Pedroche (sí, el artículo aquí tiene sentido), cobran un significado especial. Desde hace siete años, cada 31 de diciembre antes de que baje el carillón de las campanadas de medianoche, y como una especie de Cenicienta moderna, su atuendo se convierte en uno de los momentos más esperados de las fiestas. Un trending topic en toda regla, objeto de fascinación para unos, y de memes para otros, pero siempre con un significado especial. Para ella, profesionalmente, lo es. Pero también le hace sentirse muy afortunada por el simbolismo que se creó hace unos años entre ese momento televisivo y su vida.

“Creo que las navidades que más recuerdo, y por muchas razones, son las de 2014. Aquellas eran las primeras en las que no iba a estar mi abuela, que había fallecido en julio de ese año. Ella era la matriarca de la familia, la que nos sentaba a cenar a todos en Navidad y nuestra alegría. Pero, cuando se acercaba la fecha y yo estaba un poco nerviosa y triste, me llamaron para dar las campanadas. ¡Mis primeras campanadas! Además, ese mismo mes conocí a David. Fue un año muy especial. Siempre pienso que mi abuela fue la que me regaló esas dos cosas y que, desde donde esté, aún hoy me sigue mandando toda su energía, me acompaña y me protege”, cuenta emocionada. “Y ahora… creo que voy a llorar”.

Pero Cristina sabe gestionar sus emociones y, con la misma naturalidad
con la que evoca a su abuela conteniendo unas lágrimas, pasa a hablar arrebatadamente de amor, a defender la comida saludable o el uso de la copa menstrual, a destacar los beneficios del yoga y la meditación o a encenderse hablando de machismo recordando a aquellos muchachitos que le tocaban el culo en las discotecas cuando “entonces ni siquiera se consideraba agresión”. Ella, que siendo una canija resolvía solita aquellos conflictos con un desplante o un “déjame en paz, gilipollas”, hoy emplea el altavoz de su popularidad para decir, básicamente, lo que le da la gana.

“La gente quiere lo de siempre y en navidades no quiere polémicas. O sí… Porque ¡no hay nada más polémico que una cena navideña!”

La libertad de decir o hacer lo que quiere en ocasiones le ha permitido brillar. Del primer año que dio las campanadas, recuerda cómo sugirió que quería llevar un vestido especial, y desde la cadena le dieron carta blanca. Cristina apareció con un diseño de encaje y transparencias que encendieron las redes. “Yo pensaba que no las iba a ver nadie y por eso me puse el vestido que me dio la gana… y al día siguiente ¡no entendía lo que había pasado! Igual es que la gente quiere lo de siempre y en navidades no quiere polémicas. O sí… Porque ¡no hay nada más polémico que una cena navideña! Pero como aquello molestó tanto, me dije: pues para el siguiente año, dos tazas”.

La curiosidad no mató al gato

Hoy, mientras aguardamos la sorpresa de su vestido de esta Nochevieja
–quien siga las campanadas en otras cadenas y no haya cambiado de canal para verla, que levante la mano–, dejamos a esta mujer de 33 años que explique más de su vida, desde sus primeros pasos como modelo a su exponencial popularidad, avalada por su carrera en televisión y también por su ecléctica personalidad. Aunque Cristina pasó por la universidad –es licenciada en Dirección
y Administración de Empresas y Turismo
–, su vocación no siempre estuvo clara: “Yo era una niña que lo quería todo”, explica. Y pone algunos ejemplos relatando que, cuando iba de excursión a una granja, quería ser granjera o, si visitaba el Congreso, quería ser diputada. “Cuando vi la serie Ally McBeal pensé ser abogada y luego, por una profesora buenísima que tuve en el instituto, economista… Mi planteamiento es: para qué jugar a dos cartas si puedes usar toda la baraja”, dice con picardía de tahúr. Pero, detrás, estaban sus padres insistiendo en una única dirección: Estudia, estudia, estudia… “Mis padres me lo han dado todo, y siguen haciéndolo. Pero, viniendo de una familia humilde como la mía, si yo quería dos pares de zapatillas, a mí sólo me daban uno. Así que enseguida me busqué la vida con trabajitos. Empecé doblando camisetas en Bershka, luego de camarera y como azafata de imagen”, recuerda.

En aquella época, otro golpe de suerte le llevó a hacerse un book de fotos con un conocido y de inmediato empezó a recibir ofertas para trabajar como modelo. Hasta que, en 2010, participó en un casting para el programa Sé lo que hicisteis que le abrió las puertas de la pequeña pantalla hasta hoy. Antes le avalaba su soltura ante las cámaras en campañas para bancos, parques de atracciones o tampones higiénicos. “Por favor, eso lo borraría”, dice sobre estos productos femeninos. “Yo defiendo el uso de la copa menstrual, aunque aún haya gente que piense que es asqueroso hablar de esto: Ya está bien. ¿Qué es eso de que
la regla sea una cosa sucia o que haya que esconder?”
, reclama con un poderío feminista que ella achaca únicamente a ser mujer. “Con el machismo no trago”, y lamenta que en algunos restaurantes de alta cocina europeos la carta que entregan en la mesa a las mujeres no incluya los precios.

Cristina Pedroche viste vestido de Versace, salones de Guess y pendientes de Suarez.

Pero volviendo al origen, si hay algo que la define desde siempre es, por un lado, su arrojo para enfrentarse al público: “Ya de niña me encantaba ser el foco de atención y hacer cualquier cosa sobre un escenario. Esto igual me viene un poco por ser hija única y porque he tenido al mejor público en casa”. Y, por otro, una curiosidad insaciable que la impulsa a querer saber siempre algo nuevo, y siempre más. “Eso también lo han inculcado mis padres. Yo siempre he querido ser la mejor en todo: estudiando matemáticas o jugando a baloncesto”.

Orgullo vallecano

Cristina, que creció en el madrileño barrio de Entrevías, es ese tipo de personas con orgullo de raíz. Sus orígenes hablan de lo que es hoy, una mujer hecha a
sí misma que lo mismo lanza un saque de honor en su amado Rayo Vallecano mientras el estadio corea su nombre que se codea con artistas o intelectuales o sigue quedando con sus muy queridos amigos de infancia: “Mi madre limpiaba en un colegio y mi padre era repartidor de flores”, cuenta Cristina. “Y hoy, cuando alguien me regala un ramo de flores, el olor que a mí me viene es el de mi padre”, confiesa orgullosa. Lo dice porque hace no mucho descubrió tener un olfato y un paladar muy fino.

Ese talante sibarita que hoy refiere, lo ha refinado gracias a su compañero
de vida, David. Y, en este punto, la presentadora narra con detalle todos los prolegómenos de una relación marcada por un flechazo: “Supe desde el primer momento que era ÉL”, subraya. Y eso sin saber quién era: “Para mí David Muñoz, hasta donde yo sabía, era el cantante de Estopa”. Ni en qué consistía
el trabajo de un chef: “Cuando me decía que iba a trabajar a las nueve de la mañana, yo le preguntaba si es que daban desayunos”. Y menos aún lo que era un restaurante tres estrellas Michelin: “Yo le decía: ‘Total… si hasta que tengas cinco, aún te queda. ¡Como si fuera un hotel!”. Cristina enumera divertida éstos y otros cuantos chascarrillos que, a la postre, han convertido a la pareja
en una especie de unicornio de la vida matrimonial. Él, por éstas y otras salidas suyas de sus comienzos, la llama cariñosamente “rubia”, y ella se refiere a él como “un genio”. Y gracias al amor que se profesan, sincero y sin poses, han construido una relación en perfecto equilibrio.

Entre la vida y los ‘negozios’… con Z

Sobre la faceta de Cristina en el plano empresarial hay que explicar que su participación en los distintos negocios de Dabiz –con Z, en el universo XO– va mucho más allá de los términos formales. Aunque fue socia del restaurante StreetXO de Londres, cerrado tras la pandemia, digamos que Cristina es, de algún modo, la toma de tierra y el eje sobre el que pivota la estabilidad emocional del chef. “David es un genio, pero los genios tienen mucha luz y se ocupan sólo de cosas importantes. Para él, por ejemplo, el dinero no lo es. Es cero avaricioso”. Pero ese aire desprendido, sumado a una creatividad desbordante, en ocasiones puede convertir a un negocio en víctima de su propia genialidad. Ella lo explica de una manera más prosaica: “David ha tenido durante mucho tiempo a mucha gente alrededor que no le decía las cosas, porque es el jefe y por el respeto que les merece. Pero, como es mi marido, yo le digo lo que pienso, y él luego analiza, reflexiona y decide. Pero si no se las dices… mal. De ahí que pasara muchos años tomando todas las decisiones, o como dice él, ‘surfeando la ola’. Pero es que no hay que surfear la ola, hay que planificar”, explica, aclarando que el rumbo de la empresa está mucho más ordenado, cuentan con un buen equipo, mejor gestionado y con el que están organizándose para resultar más rentables y eficaces. Y Cristina pone ejemplos muy específicos que lo mismo atañen a las servilletas del restaurante o a la elección de la mejor carne para sus hamburguesas del delivery, y que derivan, más que de su formación empresarial, de su sentido común. Algo que ella remata con un “Es que yo soy muy ahorradora”.

“David es un genio, pero los genios tienen mucha luz y se ocupan sólo de cosas importantes. Para él, por ejemplo, el dinero no lo es. Es cero avaricioso”

Pero, más allá del negocio, su visión de la vida pasa por otra de sus pasiones: el yoga y la meditación. Cristina, que se ejercita a diario convencida de que nos pasamos la vida “entre el pasado y el futuro”, aplica un sentido muy práctico en el ahora: “Lo único importante es la salud y las personas”.

Y, aun siendo cautivos de la fama (“Por más que en ocasiones nos ataquen los haters, luego en la calle jamás me he encontrado a ninguno”) o el marketing (“Si alguien quisiese diseñar a David con cresta o sacando la lengua sería imposible, porque él ya es así”), la vida se resume en cosas muy sencillas: comer bien –“no es tan difícil, sólo nos falta más educación, y deberían aplicarla en
las escuelas”–, respirar –“todos tenemos nuestro ego y controlarlo a veces no
es fácil”–, mirar las cosas con perspectiva y, sobre todo, quererse mucho. “Yo siempre le digo a David que la vida es muy corta, así que no vamos a discutir por tonterías. Y si un día nos enfurruñamos por algo, siempre le suelto la misma frase: ‘A ver… ¿tú con quién vas a dormir esta noche? Lo importante es estar juntitos. ¡Hazme la cucharita!”.

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