España, más cerca que nunca. Las circunstancias nos abocan a unas vacaciones de corto alcance que, contra pronóstico, podrán convertirse en inolvidables. Carretera y manta para redescubrir(nos).
Ahora nos acordamos de que nos estaban esperando los paisajes más evocadores, las playas más interminables o las calas más recónditas, los pueblos que siempre tienen paciencia, los castillos de nuestra niñez o las llanuras que querríamos cabalgar si no hubiéramos cambiado el botijo por el aire acondicionado. Tiempo de siesta bajo un árbol. O de hacer chof en el río. Humedales, acantilados, desiertos, caminos hacia ninguna parte. Sin señalizar. Sin ruido. Sólo nosotros. De repente, el primer verano de nuestras vidas. Otra vez.

MURCIA

Michirones

Está de moda, que no se nos olvide. Su gastronomía, vinos de Jumilla incluidos, tiene parte de culpa. Recordatorio: si pasamos el día en el Cañón de Almadenes convendría hidratarnos con melocotones y albaricoques de la huerta. La boca, agua. Éste es un descenso fluvial sin necesidad de ser experto en una reserva única donde el río Segura hace de las suyas. Prohibido pestañear, que el paseo es un no parar de fauna y flora asombrosas. En la villa de Cehegín, su historia y sus palacetes son una excusa para dar cuenta de una ración de michirones, esas habas picantonas que están de muerte. Por supuesto, la playa de Calblanque en Murcia, que allí también saben lo que es el paraíso, a pesar de que el Mar Menor y lo que se ha hecho con él lo ponga algo difícil. Otra de michirones, por favor.

ANDALUCÍA

Jaén existe y, sobre todo, la insospechada frondosidad de Sierra Mágina. El Cabo de Gata en cala del Corralete, para sentir calma total en su balsa infinita y con el faro de testigo. Da igual que las piedras de la orilla hagan de la cala un poco incómoda. Nos acostumbramos. Porque nadarás y nadarás mejor que en cualquier piscina olímpica. Y luego está el desierto, tan de western. Y sus atardeceres sobre los molinos y las pitas. Y más calas en porretas. Y estrellas de mar en la Playa del Embarcadero. Y pescado frito.

Atardecer en Zahara de los Atunes

De Cádiz, la Playa de Pontalejos. Por poner una y no mencionar cada una de las playas que tanto echamos de menos. Mismamente la de Zahara de los Atunes, tan larga que la distancia social se inventó en ella (atardeciendo en la foto). Necesitamos un festín de atún, aquí o en Barbate, como necesitamos unas papas aliñás en Sanlúcar de Barrameda. Mojama y manzanilla pasada aparecen también en nuestros sueños. Queda salir zumbando luego a los pueblos blancos, cualquiera de ellos, en realidad para seguir de tapitas.

Málaga más allá de la Costa del Sol, en la Sierra de las Nieves. Miradores, cuevas, pueblos encalados, pinares, calistros, castillos, barrancos, cascadas, molinos, senderos que atraviesan el tupido pinsapar… Y, claro, Ronda.

Granada más allá de la Alhambra y del bar FM, en el primitivo desierto de Gorafe. Inhóspito y diferente. También un poco de Alpujarras y, qué no se diga, inmersión en La Herradura.

Huelva, más solos todavía. A ser posible con unas gambitas. Necesitamos unas gambitas de chiringuito, que son dos diminutivos muy grandes.

No hemos mencionado Córdoba y Sevilla. Damos tema libre.

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