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Caja de Huevos: Enrique Valentí vuelve a la barra con un nuevo bar en Chueca

Después de convertir Caja de Cerillas en uno de los restaurantes más comentados de Madrid y hacerse con el Best New Restaurant 2026 de Tapas, el chef madrileño cambia de registro con un bar de avituallamiento donde los huevos rotos, las patatas y el picoteo son los protagonistas.

Enrique Valentí, chef de Caja de Cerillas.

Hay algo casi provocador en abrir un bar después de haber conseguido que encontrar mesa en tu restaurante sea una pequeña misión. Pero Enrique Valentí no parece demasiado interesado en seguir el camino que marcan las expectativas. Después del éxito de Caja de Cerillas, su pequeña casa de comidas de Chamberí y Best New Restaurant 2026 de Tapas, el chef madrileño vuelve a mover ficha en Madrid. Esta vez, hacia Chueca. Y hacia algo mucho más informal.

Se llama Caja de Huevos, está en el número 35 de la calle Pelayo y se presenta como un “Bar de Avituallamiento”. Un nombre que ya funciona como declaración de intenciones: aquí no se viene necesariamente a sentarse durante horas frente a un menú, sino a entrar, pedir algo, beber, picar, compartir y seguir. O quedarse. Porque esa es precisamente la gracia.

Valentí define su nuevo proyecto de una manera bastante más sencilla que cualquier etiqueta gastronómica: “Caja de Huevos es más que un bar, pero menos que un restaurante”.

Y quizá ahí esté la clave.

De la casa de comidas al bar

Hace poco más de un año, Valentí regresaba a Madrid después de dos décadas de trayectoria en Barcelona para abrir Caja de Cerillas, un pequeño restaurante de apenas 25 plazas concebido como una casa de comidas contemporánea. Un proyecto personal en el que decidió volver a cocinar lo cotidiano y quitar capas a una trayectoria marcada por restaurantes, asesorías y conceptos gastronómicos.

La apuesta funcionó. Tapas lo incorporó a su lista de Best New Restaurants 2026 y posteriormente le concedió el premio a la mejor apertura del año.

Pero si alguien esperaba que el siguiente paso de Valentí fuese un restaurante todavía más sofisticado, la respuesta ha sido exactamente la contraria.

Caja de Huevos baja el volumen de la formalidad y sube el de la barra.

El nuevo local tiene cocina abierta, comedor y una barra que ocupa buena parte del protagonismo. Es más amplio que Caja de Cerillas y está pensado para funcionar con un ritmo más continuo. Las mesas, los manteles de papel y hasta las hueveras que cuelgan del techo ayudan a construir un espacio en el que el concepto se entiende antes incluso de leer la carta.

Soy un enamorado de las barras”, explica Valentí. Y en Caja de Huevos la barra no es simplemente un lugar donde esperar una cerveza: es prácticamente el escenario desde el que sucede todo.

El huevo como punto de partida

El nombre no es un juego gratuito. Tampoco lo es la carta. El corazón de Caja de Huevos son los llamados “platos rotos”, una colección de recetas construidas alrededor de una combinación tan reconocible como inagotable: huevos, patatas y algo más.

La idea parte de uno de los platos que más éxito ha tenido en Caja de Cerillas: los huevos rotos con gambas al ajillo. Valentí toma esa fórmula, la desmonta y la convierte en el punto de partida de todo un bar. La propuesta reúne media docena de versiones: berenjena, tomate y albahaca; chistorra; guanciale con pecorino y pimienta; jamón ibérico; bogavante al ajillo; y caviar imperial.

Es decir, el huevo roto puede seguir siendo una receta popular y, al mismo tiempo, permitirse alguna licencia más lujosa. Las patatas, por supuesto, tienen su propio protagonismo. Valentí ha diseñado incluso una especie de urna para mantenerlas en el punto exacto antes de que lleguen al plato. Porque detrás de la aparente sencillez del concepto hay una obsesión bastante menos sencilla: hacer bien aquello que todo el mundo cree conocer.

Y ahí aparece otra de las ideas que atraviesan la cocina del chef. Después de años trabajando alrededor de la alta gastronomía y de proyectos de distintos formatos, Valentí ha encontrado buena parte de su lenguaje actual en la recuperación de los sabores reconocibles. En Caja de Cerillas lo llevó hacia la cocina doméstica; en Caja de Huevos lo lleva directamente a la barra.

Una carta para comer sin demasiados protocolos

Los huevos son el centro, pero no están solos. La carta arranca con una colección de aperitivos y platos para compartir, desde mejillones en escabeche ahumado hasta gominolas de mojama con almendra frita. Después aparecen clásicos de barra como las patatas bravas, la ensaladilla de lubina o una tostada de bonito con piparras.

También hay espacio para la despensa, con productos como lacón de Móstoles, chicharrón aliñado o sobrasada Joselito, y para platos más contundentes como un rosbif de solomillo con salsa bearnesa, unas “sobras de una pizza” o los macarrones de Caja de Cerillas, un guiño directo a su hermano mayor. El final mantiene el mismo espíritu: canutillos de crema y natillas quemadas con fresitas del bosque.

Para beber, cerveza, vermú y alrededor de 50 referencias de vino completan una propuesta que no pretende convertirse en una experiencia gastronómica de protocolo. El objetivo es bastante más sencillo: comer bien, beber bien y hacerlo sin demasiadas instrucciones.

El regreso de BarBas

Aunque Caja de Huevos nace en Madrid, en realidad también mira hacia atrás. Valentí recupera parte de la filosofía de BarBas, el concepto de vermutería que abrió en Barcelona en 2014. Aquello era un bar de inspiración popular, con tapas, marisco y fritura. Ahora, doce años después, aquella idea reaparece transformada.

No es una reconstrucción nostálgica del bar de entonces. Es, más bien, una reinterpretación. Porque si algo ha caracterizado la trayectoria de Valentí es precisamente esa capacidad para crear conceptos diferentes alrededor de una misma forma de entender la cocina. De ahí que Caja de Huevos no pretenda ser una segunda Caja de Cerillas ni tampoco su versión informal.

Es otra cosa. Una evolución que cambia la casa de comidas por la barra, el menú por el picoteo y la reserva complicada por la espontaneidad.

Caja de Cerillas y Caja de Huevos están separadas por apenas unos meses de trayectoria, pero representan dos maneras muy diferentes de entender la cocina de Valentí.

La primera nació desde la idea de recuperar la comida cotidiana, con una pequeña sala, una producción limitada y una cocina basada en la memoria y los platos reconocibles. Tapas la reconoció precisamente por esa capacidad de recuperar la tradición desde una mirada contemporánea.

La segunda parte de algo mucho más abierto: el bar como punto de encuentro. No hay aquí una intención de convertir el concepto en algo solemne. De hecho, Valentí insiste en que quiere que sea un lugar divertido. El tipo de sitio en el que uno puede entrar para tomar una cerveza y unas bravas, quedarse a comer unos huevos rotos o darse un homenaje con caviar y champán.

La cuenta media prevista ronda los 35 euros en la zona de comedor, aunque el formato permite gastar bastante menos o bastante más dependiendo de lo que se pida.

Y hay otra diferencia importante: no busca funcionar con el sistema de reservas de Caja de Cerillas. La idea es que Caja de Huevos conserve esa sensación de bar al que se puede acudir sin demasiada planificación.

Madrid vuelve a ser el escenario

Hay algo más detrás de estas dos aperturas consecutivas. Valentí no solo ha vuelto a Madrid: parece haber encontrado aquí el lugar desde el que quiere continuar su carrera.

Después de unos 20 años en Barcelona, donde pasó por proyectos como Casa Paloma, Chez Coco, BarBas, Marea Alta o Adobo, el regreso a su ciudad natal comenzó con Caja de Cerillas. Ahora suma una segunda dirección a su mapa madrileño.

Y lo hace sin alejarse demasiado de aquello que le ha funcionado: cocinar platos reconocibles, buscar la conexión con quien está sentado al otro lado y construir conceptos antes que restaurantes.

Si Caja de Cerillas era la vuelta a casa, Caja de Huevos parece el siguiente paso: salir de casa, bajar a la calle y encontrarse con el bar de toda la vida, aunque pasado por el filtro de Valentí.

Dos cajas, dos formatos y una misma obsesión: que detrás de un plato aparentemente sencillo haya algo más. Esta vez, literalmente, rompiendo los huevos.