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Jazz-kissas: los templos musicales japoneses que inspiraron los bares Hi-Fi

O la devoción meticulosa por la música en Japón. Les damos la bienvenida a los Jazz-kissas, abuelos de los hoy globales Hi-Fi o listening bars.

El 'jazz-kissa' nace de la búsqueda de las expresiones del mundo (Fotografía: Carlos Lang)

En invierno, dentro de un sótano detrás de una barra de madera, un hombre, de quizás doscientos años o setenta, elige de una pared con más de tres mil vinilos: uno. El bendito vinilo, fruto de aquella melodía o himno por venir. El hombre recorre la pared tapizada de álbumes con la punta de los dedos, se detiene y elige uno como si su vida dependiera de ello, como si su existencia se tratara de sólo eso: aquí, sonando ahora para las almas presentes.

La lámpara verde, cinematográfica, ilumina el humo que asciende cadencioso dentro del Grandfather’s, en el distrito de Shibuya, Tokio. Nuestro personaje, el selector, a oja la corbata de su cuello, prende el cigarro que tiene en la boca desde hace unos minutos y le da un sorbo al whisky junto a la tornamesa.

Grandfather’s

En el bar suena Early Summer, de Ryo Fukui, ese pianista y compositor japonés que tocaba en los clubes de Sapporo y que se consagró como uno de los sonidos más icónicos del jazz hecho en Asia.

El selector vuelve a la pared, recorre de arriba a abajo la biblioteca y toma otro álbum, ahora de la zona inferior de la repisa: Miki Matsubara, cantante y representante del género city pop, un ensamble de soul y funk de los años ochenta. Otro trago al whisky y suena Stay with me de Miki, un ritmo pegajoso que a 75 decibeles suena a la ciudad exhalando gozosa desde sus entrañas.

La gente no habla en el Grandfather’s, todas las pieles presentes escuchan con cientos de oídos en cada poro. Es el turno de Nina Simone. Justo a tiempo. Afuera nieva y en esta ciudad mar in nito, más de ochenta sitios suenan bajo el mismo ritual del placer por el vinilo.

Japón, ¿qué tienes que el honor a la música es cosa tan seria? Japón: donde la atención radical y el hacer de lo cotidiano un ritual meticuloso, hacen que un bar de música sea puro placer, milímetro a milímetro, gozada espiritual.

Wikipedia

Todo comenzó con dos palabras: Jazz-kissas. Y un momento de la historia: siglo XX, postsegunda guerra mundial. Un Japón hambriento emerge en busca de las expresiones del mundo, nacen los kissaten (que signi ca casa de té o café), pero para escuchar jazz, libertad: Jazz-kissas. Cafés de escucha colectiva con vinilos en épocas donde los tocadiscos eran de poco acceso al ciudadano común. El jazz llegaba desde Estados Unidos como un tesoro contagioso y la gente se reunía a guardar silencio y a escuchar a Miles Davis, a Thelonious Monk o a Bill Evans.

Hoy, tabernas de antaño, conviven con propuestas de novedad, como los Hi-fi o los listening bars, que, con sus puertas bien abiertas, acogen a buscadores del sentir o a aquellos para los que, en un mundo tan repleto de algoritmos, todavía –gracias– cabe la infinita belleza de las manos analógicas que eligen, canción por canción, la banda sonora de la noche.

Barrio de Ebisu, Tokio. Dentro del Bar Martha, nombre que proviene de la canción de Tom Waits, el selector, que no habla español, elige de otra pared colosal y por intuición, tino o azar, para las almas sedientas de alivio, un álbum. Dentro, el track seis: No hay mal que por bien no venga, de Gloria Estefan. Gracias, música.