Personajes

¿Por qué Yayoi Kusama se obsesionó con las calabazas?

Formas bulbosas, psicodélicas, con lunares. Las calabazas representaron para Kusama una forma de autorretrato y de repetición infinita.

Yayoi Kusama x Louis Vuitton

El mundo llora la pérdida de Yayoi Kusama, que acaba de fallecer a sus 97 años. La artista japonesa, que nunca ha dejado de crear e imaginar, cambió para siempre el arte contemporáneo, convirtiendo sus alucinaciones en grandes salas de espejos o esculturas con lunares que definieron toda una obra marcada por las obsesiones y las fascinaciones.

El arte siempre la salvó del abismo. Fue su vía de redención. Y es que, los trastornos obsesivo-compulsivos que padeció desde pequeña en Matsumoto le llevaron a formar parte de una realidad muchas veces distópica y hostil. Desde el miedo y el dolor, Kusama imaginó otro universo lleno de color, amor eterno y patrones recurrentes en el que sobrevivir. Uno representado a través de pinturas y esculturas de flores, lunares o protuberancias fálicas, en repetición, llenas de simbolismos y criticas sociales en torno a la vergüenza o el deseo.

Pumpkin (1991)

Las calabazas psicodélicas

El amor infinito de Yayoi por las calabazas se remonta a su infancia. La artista creció en un entorno rural bien abastecido de este fruto que consumía y retrataba con abundancia, y con el que tuvo una de sus primeras alucinaciones, al igual que le ocurrió con las flores.

Un día con su abuelo, contemplando una calabaza en pleno crecimiento, desde la enredadera, ésta empezó a hablarle ‘de manera animada’. Una interacción que nunca olvidaría, y que marcaría toda su obra, al concebirla desde la nostalgia y la positividad, como un canal visual hacia recuerdos alegres de su infancia. Para ella, significaban estabilidad, consuelo y modestia.

Jose-Fuste RAGA/Gamma-Rapho via Getty Images

Las calabazas eran fascinantes, atractivas tanto en color como en forma, y suaves al tacto. Esa percepción -y devoción- la convertiría en una herramienta terapéutica con la que controlar las alucinaciones graves y alcanzar la estabilidad mental.

De la pintura a las ‘infinity rooms’

A pesar de dibujarlas desde una edad bien temprana, no fue hasta 1946 cuando empezó a presentarlas en sociedad en una exposición itinerante en su ciudad Matsumoto. La primera calabaza la interpretó al estilo tradicional ‘nihonga’, con tan sólo 17 años. Sin embargo, tras esa primera incursión, no volvió a ilustrar el fruto hasta 1970, tras recuperarse de una de sus crisis mentales. Desde entonces, se convirtieron en una obsesión. Las reproducía de manera incansable. «Me enfrentaba al espíritu de la calabaza, olvidándome de todo lo demás y concentrando mi mente por completo en la forma que tenía ante mí… Me pasaba hasta un mes frente a una sola calabaza», escribió en su autobiografía.

La artista logró integrar y magnificar las calabazas en instalaciones urbanas, museos y galerías a través de pinturas y esculturas mimetizadas en sus salas de espejos infinitos. Una de sus obras más relevantes data del 1991, en la Fuji Television Gallery, en la que pintó una gran habitación amarilla con lunares negros y colocó en el centro un cubo con espejos lleno de calabazas de papel maché.

Obra «All the Eternal Love I Have for the Pumpkins»

Otra de las ‘Pumpkin‘ más ilustres de Yayoi Kusama brotó en 1994 en forma de calabaza gigante -coloreada en un vibrante amarillo y negro- que todavía sigue formando parte de uno de los muelles del templo de arte contemporáneo de Benesse Art Site, en la isla de Naoshima. Cabe recordar asimismo su exhibición «All the Eternal Love I Have for the Pumpkins» con la que en el 2016 volvió a explorar y jugar con el infinito para transmitirle al mundo su amor eterno por las calabazas.