Eladio Carrión fue nadador de competición antes que cómico, y cómico antes que estrella mundial del trap. Tiene 31 años, un Latin Grammy y millones de oyentes en Spotify. Su vida ha sido un constante cambio de altura y hay dos formas de sobrevivir a esa metamorfosis: adaptarse a las circunstancias o hacer que las circunstancias se adapten a ti, como ha hecho en CORSA, su nuevo álbum. “Hay cosas muy mías, muy de Eladio”, explica. “Y hay otras que no son tan de Eladio, pero las hice mías, ¿me entiendes?”.
Está en Madrid de paso. Le ha tocado el vuelo malo, dice: el que sale cuando en Puerto Rico ya estaría metiéndose en la cama. Hay una veintena de personas alrededor para esta sesión de fotos que ha concedido en exclusiva a Tapas. Carrión espera en el sofá, con los pies encima de la mesa, embutido en una cazadora motera de cuero y con la barba perfilada, pelo a pelo.

Está acostumbrado a estar de paso. Nació en Kansas City, Misuri, en una familia originaria de Humacao, Puerto Rico (“la H”, como se conoce al pueblo y como él ha llamado también a su marca de cerveza). Su padre era militar del ejército estadounidense y eso convirtió la infancia de Eladio en una sucesión de destinos: Hawái, Baltimore, Nueva York, Alaska…
Aterrizó en la isla a los once años. “Las primeras veces me ponía triste porque dejaba amigos atrás”, recuerda. “Pero cuando me mudé de Alaska a Puerto Rico ya entendí que esa era mi vida. Mudarte constantemente también te enseña a adaptarte rápido”.

De niño escribía poemas y tocaba el saxofón, la batería, el piano y la guitarra. Se crió viendo vídeos de 2Pac y Biggie, memorizando las barras de Lil Wayne y las canciones de Eminem, de quien copió el gusto por los juegos verbales.
“Lo único que ha estado siempre en mi vida es la música”, dice. “Es la cosa que he hecho por más tiempo y no me he aburrido”. En la isla también descubrió la natación. Su padre quería que jugara al béisbol y lo había apuntado al club solo para que aprendiera a moverse en el agua, pero pronto se vio el talento. Llegó a representar a Puerto Rico en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2010 y, al año siguiente, en los Panamericanos de Guadalajara, donde alcanzó las preliminares de los 200 metros pecho y quedó octavo. Entrenaba diez o doce horas al día, las mismas que ahora pasa en el estudio. Pero el deporte no daba para el alquiler. “En la natación es difícil ganar ingresos si no eres como Michael Phelps”.

Tras pasar por la Universidad de Puerto Rico —en cuyos pasillos se cruzaba a veces con un compañero llamado Benito, que aún no era Bad Bunny—, empezó a subir vídeos cómicos a Vine e Instagram. No eran piezas con producción: “La gente subía vídeos bien editados, hacía cosas muy exageradas”, recuerda. Él no tenía ni los recursos ni la paciencia para eso. Lo suyo era más sencillo, charla directa a cámara y, sobre todo, parodias de canciones. La comedia, además, llegó en uno de los peores momentos de su vida.
Vivía en un apartamento sin luz ni agua y los vídeos eran a la vez ocupación y refugio. De las parodias pasó pronto a los covers. Empezó a subir canciones imitando la voz de otros artistas, y en algún momento llegó al de Work, de Drake y Rihanna. Ese fue su verdadera carta de presentación como cantante. “Se pegó feo en Puerto Rico”, recuerda. De pronto, la gente que lo seguía por los chistes descubrió que también podía cantar. “Yo siempre supe que podía hacer algo diferente”, resume.
Su debut como solista llegó en 2017 con Me enamoré de una yal, junto a Ele A El Dominio y Ñengo Flow. Ahora, en su trayectoria quedan hitos como Sauce Boyz (2020), que le dio diez semanas en el Top Latin Albums de Billboard, o la BZRP Music Sessions Vol. 40 con Bizarrap (2021), certificada oro en España. Por no hablar de su lista de colaboradores: J Balvin, Karol G, Yandel, Lil Wayne, 50 Cent, Future, Big Sean…
Especialmente emotivo para él fue el trabajo conjunto con la leyenda Daddy Yankee, con quien colaboró en el remix de Tata. “Yo manifesté esas colaboraciones”, asegura. “Para mí es muy importante manifestar”.
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