Juan Sáenz (1999) es un logroñés que piensa cada paso que da. Artísticamente se le conoce como L’haine y acaba de sacar El odio siempre gana, su último disco. No se deje engañar el lector por el nombre; este artista aboga por dar amor a los suyos. Le gustan las contradicciones, igual que a María del Río, el lugar donde nos recibe: un italiano sin pizza ni pasta, pero donde sirven una crema de garbanzos con curry y un sándwich de pan brioche y queso taleggio espectaculares. Juan es un enamorado de su cultura. Sus raíces son vascofrancesas y no hay nada que le guste más en el mundo que comer la empanada de su madre, una de sus mayores influencias. Eso sí, los ingredientes, advierte, varían dependiendo de cómo se levanta.
Tras el disco se irá de gira por toda España. Cuando viaja, le gusta analizar dónde va a comer con su equipo. “La comida es cultura e influye en la música, aunque sea de forma indirecta”, asegura. El odio siempre gana, es un disco homónimo (la haine significa ‘el odio’ en francés).
¿Cómo nace este proyecto?
Tenía muy metida esa idea de que un disco que lleva tu nombre tiene que ser muy especial. Le estuve dando vueltas, incluso a veces desde un sitio un poco negativo, por la presión de que tenía que ser muy tocho. El tema de mi nombre y de que el odio siempre gana no es una frase baladí, es algo profundo. Para mí habla de esa figura supermasculina y muy rapera, del hombre como un tipo serio, duro, pero eso no me funciona. El rap me ha flipado desde crío y he tenido mis líos y mis problemas, pero siempre he sido un tío muy sensible. El disco habla de habitar este escenario.

En la canción Teflón dices que “murió Juan el indeciso”. ¿Por qué?
Han sido años de muchos cambios: dejar el trabajo, irme de casa de mis padres con 18 años a vivir con colegas… En ese momento se trataba de hacer lo que quería, pero la vida me pegó un golpe y me puse más serio. Empecé terapia, a cuidar más las relaciones con amigos, con pareja, con la familia…
Dices que lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. ¿Has tenido momentos de no sentir nada?
Sí, ha habido momentos de pasar mucho tiempo en casa y solo. Y es heavy, porque es muy bueno sentir y muy malo no sentir nada.
Tiene que haber un abanico mucho más amplio donde haya emociones: buenas y malas. En ese sentido, ¿la música te sirve como terapia?
Claro. Quizás no tanto para volcar lo que siento en una canción, sino como un ejercicio de callar la mente y hacer algo con las manos. Es como cuando te pones a cocinar: una forma de centrarte, bajar el ruido mental y entrar en otro camino.

Pasando a la parte sonora, el rap francés es muy influyente para ti. ¿Cuánta inspiración hay en esta escena?
Bastante. La música que hay en el disco va mucho por ahí, aunque también haya otras influencias. Pero un disco que lleva mi nombre debe ser muy honesto.
Se habla de los diez años de la escena trap en España y muchos artistas contaban que al principio todo era pura experimentación. ¿Sigues experimentando o ahora vas más a tiro fijo?
A mí me encanta probar, pero ahora voy más a lo que quiero. En mi casa, por ejemplo, mi madre canta y me he puesto a hacer música con ella. Cuando se montaba esa escena de la que hablas, la experimentación era brutal porque era todo campo por explorar. No creo que se haya acabado la experimentación, ni en mí, ni en los chavales que vienen. Es diferente, pero sigue estando ahí.