Reportajes

De Carpanta a Oishinbo: los cómics que nos alimentaron

Además de a tinta, el noveno arte huele a jabalí asado y sopa de ginseng. De Carpanta a Oishinbo, son muchos los cómics que han convertido al hambriento y al gourmet en protagonistas de unas viñetas que han hecho historia.

De los bocatas imposibles de Mortadelo y Filemón a la última tasca izakaya descubierta por El gourmet solitario, pasando por las monumentales lasañas de Garfield. Iniciamos un recorrido por los cómics y novelas gráficas más suculentas que reivindican la crítica social tras Carpanta y el sibaritismo manga de Oishinbo.

Desde su nacimiento, el tebeo no ha obviado el placer de comer. Aunque las referencias en The Yellow Kid (1896), reconocido como el primer cómic, solo ambientan el humilde barrio del joven pícaro, sirvieron para evidenciar la pobreza de sus puestos de comida ambulante o la opulencia de un restaurante francés. Una ilustración publicada en el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Randolph Hearst, que dio origen al término de prensa amarilla.

Las espinacas de Popeye representaron en la Norteamérica de los pasados años 30 el empoderamiento físico ante el peligro. Y, en unos años de anemia generalizada, no importó que su asociación como fuente de hierro fuera un bulo, su archienemigo Brutus siempre salió mal parado. En contraposición, el personaje de Pilón se hizo célebre por su afición a la hamburguesa en un momento en que la explosión de locales de comida rápida simbolizaba la modernidad del buen vivir.

Pero, entre los pioneros del cómic estadounidense, es Pete the Tramp (1932) el que entronizó la comida (o su búsqueda) como argumento. “Es imposible precisar el momento exacto del nacimiento del cómic gastronómico, pero Pete es, probablemente, uno de los primeros antecedentes”, comenta Fernando Mayoral, mejor sumiller español de 2024 y bloguero (@terroarista).

TBO, RISAS QUE ALIMENTAN

La fama de Pete llevó a replicar su fórmula en Europa, y en España su nombre no es otro que Carpanta. “Hambre violenta”, define la entrada de este vocablo en la RAE, si bien para el imaginario colectivo es una de las cumbres del Olimpo de personajes creados por José Escobar (revista Pulgarcito, 1947).

Sin oficio ni beneficio, la busca de sustento es “símbolo de la escasez alimentaria y la lucha diaria por la supervivencia en aquellos difíciles años”, explica Víctor J. Ortega Muñoz en El hambre en la sociedad española de posguerra a través del tebeo: Carpanta (1947-1952).

La comida es en Carpanta coprotagonista absoluta, mostrando el estraperlo de productos como el pan blanco, el jamón o el salchichón de Vic, “productos que podríamos clasificar como corrientes, nada lujosos, pero que durante la autarquía y la escasez se convirtieron en valiosas mercancías”, continúa Ortega.

Pero el sueño de Carpanta es emigrar a una tierra de abundancia, un país que imagina en Polinesia: “Allá los pollos van regalados y los billetes de tranvía los imprimen en lonchas de jamón”, cuenta. Su legado sigue inspirando nuevas aventuras gastronómicas como las de Guillem Pico y Adrián López, en el barrio barcelonés de Sarriá donde se ubica Colmado Carpanta, propuesta de comida viejuna y gustosa que eligió nombre en honor de “este pequeño antihéroe que siempre quería comer más y más”.

Pero el vagabundo con pajarita no fue el único que soñó con comida en Pulgarcito. Lo hacían otras como Petra criada para todo (también del inmenso Escobar), que sueña con las sobras de los platos que prepara a sus señores o Gordito Relleno (Peñarroya), cuya sobrealimentación representa bondad e ingenuidad. Los alimentos también están detrás del nombre de dos personajes eternos, cómo explicó su creador, Francisco Ibáñez: “Un tipo larguito recordaba a la mortadela y el Filemón, al filetón de ternera”. En sus historietas hay infinidad de referencias culinarias.

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