Quédate en casa

Normandía en siete etapas

NORMANDÍA
Foto: Getty Images

Los hay que llegan a París para verlo por primera vez. Algunos repiten. Una vez, dos o muchas. Y otros, muy pocos, utilizan la capital francesa como punto de partida para sumarse a una de esas excursiones organizadas que les llevan directos (y sin paradas) hacia una de las postales más famosas del país: el Mont-Saint- Michel. Fotografía imprescindible, sin duda. Sin embargo, son aún menos los que dedican todo su tiempo al camino que va desde la Ville Lumière hasta esta abadía que, según cuenta la leyenda, se construyó tras la visita del arcángel Miguel al obispo Aubert de Aranches en el siglo XVIII. Una ruta con la que confirmamos que lo bonito, esta vez, está en el camino.

ROUEN, LA CIUDAD DE LOS ANTICUARIOS

De los encuadernadores y de los galeristas. Con decenas de talleres abiertos al público, la capital de Normandía, es una mezcla sin medida de estilos artísticos que nos hace viajar desde la Edad Media, con su monumento más fotografiado, la torre del Gros-Horloge (mil veces restaurado), hasta el gótico de su campanario, las corrientes renacentistas y unos palacetes erigidos durante la época clásica que no vieron cómo quemaban a Juana de Arco en 1431, pero sí han sido testigo de muchas de las etapas históricas más importantes de Francia. Aquí está enterrado Ricardo Corazón de León, el escritor Gustave Flaubert y aquí llegó Claude Monet siguiendo los meandros del Sena para iniciar ese movimiento pictórico que hoy en día conocemos como Impresionismo.

Sin embargo, hay que desviarse de nuestra ruta unos 70 km, hasta el pueblo de Giverny, para descubrir el lugar donde el artista encontró por fin la luz que tanto buscaba. Allí está su casa (que se mantiene casi intacta), pero es en Rouen donde se juntaba con Pierre Auguste Renoir o Alfred Sisley para plasmar sobre un lienzo los colores que Normandía les regalaba.

ÉTRETAT, CON VISTAS AL MAR

Y es que Monet se convierte en guía de excepción para recorrer los campos amarillos repletos de colza que hay que cruzar para llegar de un lugar a otro en nuestra ruta. Y para acercarnos hasta la siguiente parada: los acantilados de Étretat. Son los más bonitos de la zona, gracias a la playa que se extiende entre sus dos puntos más altos y por la que entran intensas ráfagas de mar y viento, pero que no asustan a las famosas vacas de Normandía, cuya carne son la base de muchos platos de la zona. Aunque si quieres comer bien, aquí lo más típico es pedir alguna receta a base de ostras calientes, que suelen acompañar de verduras y legumbres.

HONFLEUR, El PUERTO MÁS BONITO DE FRANCIA

O, al menos, uno de los más fotografiados. Refugio de muchos impresionistas, como Pisarro o Cézanne, es la cuna de otro de los grandes paisajistas de la época, Eugène- Boudin. Desde su decadente y animado puerto, su parte más antigua, conocida como Vieux Bassin, merece la pena perderse por sus calles empedradas para llegar hasta la curiosa Iglesia de Sainte Catheirne del siglo XV, con forma de barco boca abajo y un campanario completamente separado del resto del edificio. Aquí todo tiene esencia marítima, incluso su mercado tradicional que, cada sábado, ocupa la plaza central. Mientras llega el mes de abril y su feria del vino, son la sidra, el foie gras y el queso quienes llenan los estantes de sus diminutas tiendas gourmet.

DEAUVILLE & TROUVILLE, LAS PLAYAS DE COCO CHANEL

Como una frase hecha, no se puede entender el uno sin el otro, pues apenas se separan en 100 metros. Dos pueblos con vistas al mar que llenan sus playas con sombrillas y tumbonas de rayas verticales de los colores más primarios, como el azul, el rojo y el amarillo. Su atmósfera de la Belle Époque conquistó a la mismísima Coco Chanel, que decidió abrir aquí su primera boutique, y a medio París, que les convirtió en su barrio número 21 (la capital llega hasta el 20e Arrodisment). Además, fue Napoleón III quien, en 1860, les erigió como el destino turístico perfecto para la burguesía del país y para los británicos que, siempre con un ojo puesto en el Viejo Continente, llenaron sus lujosos paseos y palacetes ajardinados. Para probar sus tradicionales mejillones con patatas fritas, siéntate en La Galatée.

CABOURG, HAGAN SUS APUESTAS
Sin abandonar la costa, llegamos a la reina de las playas en las que Marcel Proust escribió su En busca del tiempo perdido (1913). Su punto neurálgico es, sin duda, su mítico Hotel de la Plage, donde se alojaba el escritor. Un exquisito alojamiento inaugurado en 1862 al que intentan hacer sombra las impresionantes villas que, rodeadas de señoriales jardines, recorren el paseo marítimo hasta el Hipódromo o el Casino. Porque a Cabourg se viene
a jugar, a disfrutar y, por supuesto, para apostar en alguna de las carreras nocturnas que se organizan en la ciudad.

BAYEUX, DE VUELTA A LA EDAD MEDIA
A dos pasos ya de nuestra última parada, en el departamento de Calvados (donde dicen los entendidos están los mejores bistrós de Francia), no podemos dejar de tomar al menos un café en la primera ciudad liberada de la Segunda Guerra Mundial, hecho histórico que le ha hecho ser conocida como La Capitale de la France Liberée, tras la visita del presidente Churchill, quien llegó para pasar revista a las tropas aliadas por primera vez. Su centro medieval atesora una de las catedrales de Normandía donde mejor podemos apreciar esa mezcla sin reglas entre el arte gótico y románico.
Una tímida visita que nos puede dar pie a pasar, de camino a la séptima parada, para disfrutar de una buena galette en Beauvron-en-Auge, una diminuta villa conocida desde la época vikinga con tan solo una treintena de habitantes, una plaza central y un pequeño mercado. La artesanía y el producto local normando brillan aquí sin apenas competencia.

CAEN, LA CIUDAD UNIVERSITARIA

Son los estudiantes los que dan vida y sentido a esta ciudad, capital de lo que se conoce como Basse-Normandia y que fue prácticamente arrasada por unos bombardeos de los que sí pudo salvarse gran parte de su valioso patrimonio medieval: su casco antiguo (Vieux Quartier), la Abadía de los Hombres, con su estilo toscano clásico, y la Abadía de las Damas, que fue fundada en el año 1060 por Mathilde de Francia y se convirtió, hasta la Revolución Francesa, en el lugar al que llegaban las chicas jóvenes de la aristocracia del país, siempre que hubiese una buena dote de por medio. Parada obligatoria para disfrutar plenamente de la última noche antes de que la marea nos deje entrar al tímido Mont-Saint-Michel.

*Artículo publicado originariamente en TAPAS nº 42, abril 2019.
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