La celebración del Primer Encuentro de Viticultores supuso la oportunidad de tomarle el pulso al viñedo español y a los protagonistas que marcarán su futuro. Esto es lo que vimos.

La verdad es que la estampa era de una belleza tremenda, diríamos que bucólica. Eran las cinco de la tarde y los coches comenzaban a buscar
un hueco en los aparcamientos habilitados para la ocasión en la preciosa Granja de Nuestra Señora de Remelluri (Labastida, Álava). Telmo y Sancho Rodríguez, generosos anfitriones y principales culpables
de que estuviéramos allí, recibían con efusivos saludos y grandes abrazos a los asistentes; todo eran sonrisas y buenos sentimientos antes de afrontar dos días repletos de charlas, coloquios debates y, por supuesto, mucho vino, en el denominado como Primer Encuentro de Viticulturas. Pero, ¿cuál era el motivo que había logrado reunir a tanta gente importante de un sector que no es conocido precisamente por su unidad aquel fin de semana de mayo?

Hace unos meses, casi un año, os contamos cómo algunas de las voces más importantes del vino en España
se habían reunido en el Club Matador de Madrid para celebrar una mesa redonda bajo el nombre Reflexiones
sobre el gran viñedo español, tras la cual se presentó un Manifiesto que trataba de servir como punto de partida para un movimiento que agitara el sector y apostara de manera definitiva por reivindicar la singularidad y el potencial de nuestro patrimonio vinícola. Como ya habréis deducido, el encuentro en Remelluri trataba de dar continuidad a un foro que, a juzgar por la respuesta de productores, sumilleres
o distribuidores, consiguió al menos atraer la atención
del sector para poner el foco en algunos de los aspectos
que más preocupan a todos aquellos que apuestan por el potencial vinícola de España: ¿sirven de algo las actuales clasificiaciones y divisiones administrativas? ¿Hacemos todo lo posible por preservar la singularidad de nuestros viñedos más especiales? ¿Es posible reivindicar la figura del viticultor? ¿Se sabe trasladar al consumidor el mensaje tras cada etiqueta? ¿Cuál es nuestra imagen real en el exterior y cómo podemos cambiarla?…

Lo cierto es que un repaso rápido al perfil de los asistentes dejaba bastante claro donde están los principales ‘apoyos’ de dicho movimiento. Se encontraba presente
un buen número de los bodegueros jóvenes –y no tan jóvenes– más pujantes de la actualidad, no faltaban varios de los pesos pesados de la distribución (Quim Vila, Paco

Berciano), destacaba la presencia de sumilleres como Agustín Peris o Pitu Roca… pero, si bien se podría entender en buena medida la ausencia de los grandes grupos bodegueros, era menos comprensible la ausencia casi total de representantes de las Denominaciones de Origen o las distintas administraciones (excepción hecha de Salustia Álvarez, presidente de la DOQ Priorat), las cuales deberían ser –al menos en teoría– las más interesadas en conocer cualquier propuesta que apueste por mejorar y poner
en valor el viñedo español. Y qué decir de la presencia testimonial de Jerez, potencial punta de lanza de nuestros vinos de cara al exterior que, sin embargo, sigue estancada en tantos aspectos pese a que proliferen en la prensa los titulares anunciando su ‘regreso’ (qué pena nos daría que todo quedase en una moda efímera si sus protagonistas no saben aprovechar este tirón actual).

ENAMORADOS DE SUS VIÑAS

En esta ocasión, y pese a que los puntos de interés eran numerosos, sí parecía claro que el principal tema a tratar era la reivindicación de la figura del viticultor y todo lo que ello conlleva: cuidado del paisaje, recuperación de oficios en las comunidades rurales, rescate de viñedos y variedades autóctonas que han caído en el olvido o que se encuentran, directamente, al borde de la desaparición… Lógico, pues, que la charla bautizada como Viticultura, oficios y comunidad rural fuera la gran protagonista de la primera jornada. En ella, Arturo de Miguel (Artuke, Rioja Alavesa), Roberto Oliván (Tentenublo, también en la Rioja Alavesa) y la pareja formada por Carles Ortiz y Ester Nin (Familia Nino Ortiz, Priorat) se turnaron para contar sus respectivas experiencias como viticultores que logran vivir de la explotación de un viñedo pequeño pero de calidad. Fue sin duda Oliván quien más murmullos de aprobación –y algunos de desaprobación– obtuvo con su visión de la situación, y es que, pese a que su proyecto ha obtenido un reconocimiento importante en poco más de un lustro, sus palabras en ocasiones pintan un panorama bastante negativo. Además de exponer el hecho de que con 8-10 hectáreas de viñedo ya no se puede vivir, “el gran problema, el drama real, es que dentro de nada nos quedaremos sin G ente que cuide realmente el campo, esas viñas, el paisaje… Ya no es una opción para la gente joven. Algunos volvieron pero solo era por la crisis, lo hacían sin ninguna vocación
ni sentimiento real, al igual que pasa con la gente que viene a trabajar desde otros países. Y claro, en cuanto pueden se vuelven a la ciudad”. Una situación que tiene un reflejo claro: “Mi pueblo tiene 38 habitantes y se está muriendo. En ocasiones lo veo como un ataúd… Cada vez que fallece alguien, se cierra una casa y nunca se vuelve a abrir”.

Una pena que todo ello enmascarase en cierta manera un mensaje mucho más acorde con el espíritu del encuentro: “Hay que dignificar tu trabajo, por eso decidí embotellar. Porque es la única manera de hacerlo y no dejar que decidan a qué precio tienes que vender tu uva. Además, a mí me educaron para coger lo que me dejaron mis padres e intentar dejárselo aún mejor a mis hijos”, confesaba Oliván. Y es que la herencia familiar es importante y, aunque las nuevas generaciones estén mejor preparadas y hayan estudiado,no hay que olvidar la voz de la experiencia. “Al salir de la universidad me creía el más listo”, admitía De Miguel, “así que, pese a los consejos de mi padre, decidí plantar
en espaldera en lugar de en vaso. Por supuesto, seis años después tuve que reconocer que me había equivocado”. Por su parte, una vez más el Priorat se estableció como un referente gracias al relato de Ester Nin y Carles Ortiz, de Familia Nin Ortiz: “Nosotros tenemos 12-15 hectáreas en las cuales casi hemos involucionado, pero nos permiten vivir de ellas a nuestro estilo. Ganarse la vida con pasión, con algo que te gusta… Eso es ser millonario”.

Casos positivos y estimulantes que se repitieron al día siguiente con una serie de bodegueros que han elegido caminos ‘diferentes’, pero todos ellos con el éxito como destino final y una única regla: respetar la identidad del paisaje. “No se trata de romper, de verdad”, casi se excusaba Francesc Grimalt bajo la mirada atenta de su socio, Sergio Caballero (4 Kilos, Mallorca), “sino de hacer lo que tu sientes”. En su caso, mediante la recuperación de variedades a punto de extinción o sin ningún tipo de reconocimiento. Porque, como reconocía Fernando González (Algueira, Ribeira Sacra), “lo que nos pasa a todos aquí es que estamos enamorados de nuestra viña, ¿verdad? Yo a la que tengo que dar gracias es a mi mujer, que me deja cada día con mi locura y se alegra porque me ve feliz”. Y una palabra que siempre vuelve, dignidad, en esta ocasión en boca de José Luis Mateo (Quinta da Muradella, Monterrei): “Creo sinceramente que la nuestra es una de las profesiones más dignas que se pueden tener, pero, como siempre, todo pasa más por cómo la desarrolles que por la profesión en sí”. Es esa sensación inigualable y la de ayudar a preservar un espacio único la que, como bien decía José María Vicente (Casa Castillo, Jumilla), “provoca que decidas anclarte a tu pueblo”.

Claro que, para caso particular y viñedo con personalidad propia en España, qué mejor ejemplo que Jerez. Y ahí estaba Eduardo Ojeda, enólogo de Valdespino pero aquí presente sobre todo como un 50% del Equipo Navazos. Un hombre respetado y jovial, pero que tampoco quiere ponerle paños calientes a la situación de la zona y su declive durante las últimas décadas: “Nuestro objetivo es mostrar la diversidad de los vinos de Jerez, de todos los que tradicionalmente se han elaborado en la zona. Y eso implica volver a cuidar la viña, que es algo olvidado”. Y continuaba afirmando que “se nos ha olvidado que la crianza es un proceso de afinamiento de una buena materia prima, pero jamás podemos pretender que sea la transformación de una materia prima vulgar. Debemos hacer vinos de pago y no vinos de bodega”.

Una pequeña nota para la esperanza la tenemos en el
hecho de que el buen trabajo de Armando Guerra, el otro representante jerezano en el encuentro, ha provocado que Bodegas Barbadillo le contratara hace casi un año para dirigir su gama alta. “Es que tienen un montón de viñedo propio
de lo más interesante que no estaban poniendo en valor… Ahora me toca estar a la altura”, nos confesaba al tiempo
que mostraba entusiasmado sus bocetos para las etiquetas de las primeras referencias fruto de dicha unión, no en vano anteriormente ejercía como director de márketing. Entre ellas, una tintilla “insultantemente joven y muy punky” de nombre Nude (la que más nos impresionó), la manzanilla pasada Pastora o el vino blanco Mirabrás.

OTRO PUNTO DE VISTA

La representación foránea en el encuentro era escasa, pero de muy alto nivel. Y si bien los ejemplos de dos bodegas outsiders que han logrado el éxito imponiendo sus propias reglas, como son Domaine Alain Graillot y Domaine de Trevallon, pueden ser inspiradores, a nosotros nos pareció que la visita de los representantes de las bodegas alemanas Heymann-Löwenstein y Ökonomierat Rebholz para explicar el modelo VDP (Verband Deutscher Prädikats- und Qualitätsweingüter) puede aportar más al futuro del viñedo español. Se trata de una asociación privada de “bodegas productoras de vinos de calidad” nacida en 1910 con el objetivo de establecer unos baremos de excelencia y promocionar a aquellas bodegas que los cumplan, además de haber elaborado una clasificación de grandes pagos a principios de este siglo. Una iniciativa con unos resultados envidiables en términos de número de botellas vendidas, pero sobre todo a la hora de conseguir hacerlo a un precio acorde a su calidad, por no hablar de la credibilidad que aportan a la hora de exportarlo.

Ahora seamos sinceros: ¿podría realizarse algo similar en España? El ideal sería que sí, y de ese modo encontrar una manera de no depender de unas Denominaciones de Origen dominadas por intereses políticos y los grandes grupos bodegueros (ojo, tampoco las hagamos culpables de todo, ni mucho menos). Pero claro, cuando se desgrana el modo de trabajo bajo el que funciona la VDP y se piensa en su aplicación a nuestra peculiar idiosincrasia, la cosa ya parece más complicada. Un ejemplo clave: la independencia con la que trabajan sus responsables, que se demuestra a las claras en el carácer totalmente dinámico de la asociación: su número ronda hoy los 200 miembros, pero en las últimas dos décadas han ‘echado’ a 89 y dado de alta a 128. Resumiendo, el que se duerme en los laureles o no cumple su parte del trato, a la calle (y viceversa).

Muy interesante también resultó la participación de Tim Atkin: periodista, Master of Wine y, sobre todo,
un enamorado de España y de La Rioja en particular. Suya ha sido –tiene narices– la primera clasificación por categorías de las bodegas de la región. Y suyo fue también uno de los mensajes más claros, entusiastas y motivadores, que comenzó con dos citas de Roosevelt (“Solo hay que tener miedo del miedo”) y Beckett (“¿Has probado y
has fracasado? Fracasa de nuevo y fracasa mejor”). Su discurso está claro: “Rioja es un león dormido que tiene que despertarse. No hay que temer el cambio, sino defender el terruño y sus particularidades”. Y, si bien fustigó duro a un Consejo Regulador del que dice que no defiende a sus mejores elaboradores, no descargó de responsabilidad a los bodegueros. “Hay que volver a estar orgulloso de tu viñedo, reivindicar la figura del cosechero. Los políticos y tecnócratas no hacen grandes vinos, son los productores. Y son ellos los que deben aspirar a más. Si no se creen lo que hacen…”.

¿EL INICIO DEL CAMBIO?

La reivindicación de bodegas antiguas de las que aún queda mucho por aprender (o recuperar), la sostenibilidad de los viñedos, nuestra influencia en el paisaje… son otros de los temas que se trataron, pero uno de los que con más ganas aguardábamos era el del trato del vino en la sala. Y no es que decepcionara, pero la verdad es que nos quedamos con la sensación de que, si bien todos tienen claros los síntomas del enfermo (no se apuesta por la sumillería, la profesión está mal pagada…), nadie sabe qué tratamiento aplicarle.

Más tarde, y de manera informal, le comentaba a uno de los asistentes a la charla (bajo el bientencionado título El tratamiento fresco y coloquial del vino en un restaurante), que venía de estar alojado en un hotel de gran lujo, con un restaurante premiado por Michelin y que ofrece cursos de Cata entre sus propuestas, pero que al preguntar si tenían vino tinto por copas me habían ofrecido “Rioja o Ribera” (nada de la tierra, por supuesto), y que averiguar el nombre de las bodegas (o “marcas”, como insistía en llamarlas la camarera) había supuesto dos viajes a la cocina, tras los que, finalmente, había desistido aburrido. Su respuesta –algo así como “¿Y de qué te extrañas?”– me dejó, sinceramente, muy desilusionado.

Vista con perspectiva la conversación, con un maravilloso paisaje de fondo y rodeado de ‘puestos’ de bodegueros asistentes en los que se organizaban corros donde unos y otros disfrutaban de los vinos de sus colegas, fue un punto final bastante apropiado. Todos creemos que tenemos grandes vinos, sabemos que hay que centrarse en su tipicidad, alabamos la figura del viticultor, criticamos los fallos del sistema… pero, a la hora de la verdad, ¿lograremos unirnos para cambiar las cosas o todo se quedará en agua de borrajas? Seamos positivos, pese a todo, y creamos que sí, y que puede que tuviéramos el privilegio de asistir al inicio del cambio que necesita el viñedo español. Quién sabe, a lo mejor con suerte un día podamos decir: “Yo estuve allí”.

©DiegoMartínez