«Cosas serias”. Así define Paolo Sorrentino en su perfil de Instagram al conjunto de camisetas de futbolistas enmarcadas en el salón de la pizzería Marino del castizo barrio napolitano de Santa Lucia. Alineados figuran Insigne, Cavani o Mertens y, qué duda cabe, Maradona, es decir, Dios, a cuya mano debe la vida y ha dedicado su última película. La del Pelusa fue rubricada tras un pantagruélico ágape en este templo del buen comer, uno de tantos de los que se prodigan en la vieja capital de la Campania, la soleada región conocida durante la antigüedad bajo el epíteto de Feliz. Y es que si hasta la divinidad se ha de nutrir, uno de los mejores lugares para hacerlo, y muy bien, es en esta bulliciosa metrópolis del pecado en todas sus acepciones posibles, empezando por el colesterol.

Tiempo atrás quedó la suprema carestía que se vivió durante la II Guerra Mundial y atestiguan los libros de Curzio Malaparte o Norman Lewis, cuando se saqueó el acuario, desaparecieron los gatos e, incluso, se sospecha de episodios de canibalismo. De entonces hasta ahora se sirve a manos llenas y mastica a dos carrillos –como el oriundo Totó en aquella hilarante escena de los espaguetis en Miseria y nobleza (Mario Mattoli, 1954)– en cualquier parada y fonda de esta suerte de Grand Tour gastronómico para dar cuenta de sus mejores exquisiteces, siempre realizadas a partir de los productos autóctonos que con tanta lujuria se exhiben en los mercados de Pignasecca o Porta Nolana. Ya en su entorno se puede ir picando alguno de los manjares que bullen en el aceite hirviendo de las célebres freidurías callejeras, aunque, Almax aparte, les sugerimos reservarse para mejores fogones.

Estos no son privativos de los establecimientos finos o de elaborada new cuisine, que los hay, como el del Palazzo Petrucci, La Cantina di Triunfo o el Ristorantino dell’Avvocato, sino que las más de las veces nuestro estómago será sorprendido en las más humildes tascucias de batalla. La mera existencia de grasientos manteles de hule suele ser el mejor indicativo de una mesa donde yantar bocatti di cardenale, máxime si sobre esta se acodan pegados más elementos del inconfundible paisanaje local que turistas. En este tipo de sitios de cocina casera, como la Osteria della Mattonella, no desconfíen de que no exista carta y déjense llevar por la deliciosa sonoridad de los guisos del día que se cantan conforme entran al salón, por lo general, minúsculo y atestado de parroquianos. El precio del rancho es casi simbólico, pero, attenti!, lleven efectivo, el datáfono, siempre, acabará de estropearse. Tratándose de Italia, pidamos pasta y reguémosla con algún caldo campano o del Vesubio: Taurasi, Fiano di Avellino, Lacryma Christi, Greco di Tufo, Falerno… Nápoles pasa por ser la cuna de la puttanesca sin que los expertos terminen de dilucidar cuál es su relación con el meretricio. También existe una deliciosa versión nativa del ragù –vulgarmente llamado ‘salsa boloñesa’– que suele constituir el almuerzo dominical de las familias tras haberse cocido a fuego muy lento la tarde anterior.

Llegada la hora del café sepan que, por sencillo que sea el figón que hayamos escogido, siempre contará con una máquina por la que suspiraría cualquier barista, más es preferible tomarlo en alguna barra con solera, como la Del Proffesore o el clásico Gambrinus. Una arraigada tradición dicta que han de pedirse dos tazas: con la primera, bajada de un trago, es de muy mal gusto no escaldarse las papilas dejándolo enfriar, mientras que la segunda no se bebe, sino que tan sólo se paga y deja pendiente (sospeso) para quien venga y no pueda asumir el coste. Mención aparte merecen los dulces típicos que se despachan en Pintauro o Giovanni Scaturchio. Pese a que nuestra napolitana no existe como tal, seguro que sabrán apreciar las sfogliatelle de hojaldre y ricotta, el bizcocho Babà borracho de ron, la contundente pastiera pascual o la torta caprese de almendras con chocolate.

Para hacer la digestión e ir abriendo de nuevo el apetito, les invitamos a recorrer algunos de los escenarios de È stata la mano di Dio elegidos para evocar la urbe a mediados de los 80: las Galerías Umberto I o Toledo con su teatro, la plaza del Plebiscito o el propio barrio del cineasta, la colina del Vomero, donde viviese junto al parque de la vía San Domenico. Cuando empiecen a oler la leña ardiendo en los mil hornos de la ciudad, habrá llegado la hora para entregarse a la gran y más importante especialidad: la pizza (recuerden, se cena, sólo los guiris la comemos a deshora). Aquí se inventó el plato más internacional de cuántos existen; sin embargo, su técnica y elaboración – sujeta a férreas normas y declarada por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2017– distan mucho de las múltiples homónimas que hasta entonces hayan probado. A pesar de existir constancia escrita de su consumo mucho antes de 1889, suele ser esta fecha la aceptada como natalicio de la vianda tal y como la conocemos en la actualidad, cuando la reina Margarita de Saboya pidió comida a domicilio al mejor restaurante de aquel entonces y el maestro pizzaiolo del Brandi, Raffaele Esposito, confeccionó para ella la que aún sigue llevando su nombre tan sólo maridando tres sencillos ingredientes: tomate, mozzarella y albahaca, un guiño cromático a la bandera de la nación unificada. Además del citado mesón, que aún sigue abierto y exhibe la patente real, merecen degustarse las de Di Matteo –como hiciera Clinton para sorpresa del personal–, Port’Alba, Sorbillo o Da Michele, frecuentado antaño por Diego Armando, donde sólo hornean dos tipos y se suele esperar otras tantas horas a ser atendido.

En la Starita, entre las decenas de posibilidades, apuesten por la frita, siguen haciendo la misma receta que Sophia Loren vendía en El oro de Nápoles (Vittorio De Sica, 1954). Quien no quiera hidratos por la noche, estando abiertos al mar, siempre tendrá pescado. No dejen de comprobar la proverbial picaresca nativa: si preguntan si lo ultracongelan por el anisakis, les dirán que sí, certo (encomiéndense a san Gennaro); si otro comensal inquiere al mismo sirviente si el producto es fresco obtendrá pareja respuesta. Para las espinas, Zi’ Teresa tiene su reputación, aunque ya no sirven el tonificante Marsala all’uovo como aperitivo. De remate, sí o sí, un chupito de limoncello, sorrentino, por supuesto.

Precisamente nos propone el director en el filme dar un baño en el mar después de un copioso banquete. Cojan un taxi hasta Posillipo, zambúllanse ante la Villa de ‘Abro y contemplen la grande belleza de su escenario final, la bahía presidida por el amenazante volcán. No en balde existe el dicho “ver Nápoles y morir”. Si tan sólo se les corta la digestión y vomitan, vuelvan a empezar de nuevo, como (dicen que) hacían los romanos. Las ruinas de Pompeya y Herculano se yerguen justo al otro lado como eterno recordatorio de otra máxima más grata al paladar: carpe diem.

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