Hay un momento de la vida que define a cada persona y nada como viajar alrededor del mundo para reunir experiencias, sabores y costumbres nuevas. Para mí cuatro años en España dieron para mucho y más aún porque las costumbres culinarias de mi país (Estados Unidos) eran bastante diferentes a las que se me presentaron en este país.

¿Qué piensa una americana de lo que comemos en España? ¿Entenderá por qué nos desayunamos tan poco, nos comemos las orejas del cerdo y el estómago de la vaca? Ni idea, así que vamos a preguntarle:

  1. Galletas María

“ Tradicionalmente conocidas como el desayuno más balanceado de los españoles. Siempre acompañado de un café. A muchos de mis compañeros americanos les fascinaban pero a mí me resultaban una especia de cartón sin sabor. La primera vez que las probé acompañadas de un café con leche. Sin embargo, descubrí que lo que más me gustaba era mojarlas en leche caliente con Cola Cao… desde entonces empecé a tomarlas cada vez que podía.

  1. Pan con aceite y azúcar

“Hace no mucho que empecé a comer pan con aceite y azúcar así que es un ‘plato’ recién descubierto. Lo probé durante el desayuno en el estudio donde trabajaba. Mis compañero empezaron a cortar el pan, y en vez de poner sal y aceite de oliva, pusieron azúcar y aceite sobre el pan. Al principio, me pareció muy raro, pero la verdad es que el azúcar funciona mejor que sal para potenciar los sabores mas intensos del aceite de oliva, resultando en más posibilidades de disfrutar de la comida. Un descubrimiento bastante positivo (y goloso)”.

  1. Estofado de oreja de cerdo

“Durante el primer año que viví en Madrid di un paseo por el Rastro en La Latina en un domingo de marzo. Después de pasear junto a una amiga por las del barrio, decidimos parar a tomar un café para entrar en calor. Decidimos parar en una de las típicas tabernas castizas de Madrid. Salió el camarero bastante entrado en años salió de detrás de la barra a tomarnos nota. Mi amiga tomó asiento y yo fui a la barra para pedir dos cafés con leche. El camarero fue muy amable y después de un en el que charlamos acerca de lo que nos quedaba por comprar salió de nuevo para ofrecernos un plato en el que se apreciaba un delicioso estofado. Lo dejó en la mesa con una sonrisa muy grande y volvió a la cocina. Cuando me di cuenta me percate que el estofado era de oreja de cerdo. Intenté ser lo más educada posible para no ofender al dueño pero la idea de probar un trozo de oreja de cerdo me resultó bastante complicada. A pesar de ello probé un par de trozos pero por más que lo intentaba me fue imposible seguir adelante. Ahora volver a comer oreja es mi asignatura pendiente”.