En francia lo llaman ‘pan perdu’ y en EE UU ‘french toast’, pero el dilema aquí era otro. y qué dilema. qué dramón.

Hay películas que se quedan ahí, grabadas a fuego, y no hay quien las despegue de la sartén de los recuerdos. Si no, que levante la mano quien
haya visto Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y no arrastre desde entonces cierta desazón, cierto sabor a remordimiento cada vez que intenta recordar cuál era la respuesta correcta ante aquella pregunta trampa: “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”. Ted y Joanna (Dustin Hoffman y Meryl Streep a lo grande, a lo bestia) protagonizaron este drama más bélico que romántico sobre un divorcio en el que el hijo de ambos, Billy, esquiva el fuego cruzado como puede ante el vaivén de puertas de saloon. Momentos álgidos hay unos cuantos, pero cómo olvidar esa escena, esas dos (cuidado, spoiler), en las que el pequeño ayuda a su progenitor a preparar el desayuno. Lo que comienza como un auténtico desastre –porque las llamadas french toast, similares a nuestras torrijas, llevan demasiado huevo, demasiada leche, demasiadas cosas con tendencia a desparramarse–, acaba siendo una preciosa metáfora (aquí es donde todo buen llorón saca los clínex) de la unión paterno-filial y, sobre todo, de lo fácil que resulta preparar el desayuno cuando te das cuenta de que alguien aún demasiado bajito necesita ir al cole con el estómago lleno. Otro día si eso hablamos de la escena del helado. Y lloramos de nuevo.