El filete ni olerlo… pero torrijas las que quieras. Pocos dogmas de fe hay tan golosos como el de este dulce pan de Cuaresma.

Dice el refrán que “a buen hambre no hay pan duro”, pero… ¿qué tal si lo empapamos en vino, en leche o incluso en miel y agua? Pues básicamente que sucede el milagro y que, a falta de peces, al menos tendremos unas suculentas torrijas listas para celebrar la Cuaresma sin miedo a incurrir en pecado. Aunque lo parezca.

En el siglo XIV, Taillevent hablaba ya de las tostées dorées (tostadas doradas) en su recetario, Le viandier, y explicaba que se rebañaban en yema de huevo batido antes de pasarlas al fuego y espolvorearlas con azúcar. Un siglo después, Juan del Encina escribía sobre “miel y muchos huevos para hacer torrejas” como remedio casero para dar brío a las parturientas y, ya en el siglo XX, la torrija se hacía fuerte en las tabernas madrileñas junto a chatos de vino, permitiendo que eso que ahora algunos llaman maridaje se convirtiera en tapa para valientes. Ahora dirás: fenomenal esta lección exprés de historia, pero de momento con la Iglesia no hemos topado y las torrijas no tienen razón de ser sin pecado mediante. Cierto. En realidad, la fructífera unión Torrija-Iglesia (en mayúsculas le da cierto aire conciliar) surgió porque al llegar la Cuaresma las familias dejaban de comer carne… pero no de hornear pan. Y, como no había filete que empujar, enseguida se dieron cuenta de que se les acumulaba el pan duro en la despensa. No eran buenos tiempos para desperdiciar nada, como tampoco lo son hoy, de ahí que comenzasen a empaparlo en vino y miel –ahora es más habitual la leche– y rebozarlo con huevo para convertirlo en potente dulce. Hoy en día son pocos los que las preparan en casa a pesar de su sencillez y muchos los adictos que las compran en la pastelería madrileña Nunos, siempre triunfadora en los ránkings de torrijas. Ve, date un homenaje… y que Dios nos pille confesados (pasteleria-nunos.es).