Daniel Martínez de la Ossa vino al mundo el 23 de junio de 1993 en Málaga, pero hasta el día de hoy se le conoce una querencia importante por volver a nacer. La última vez fue hace muy poco, el pasado 31 de enero, en el concierto más importante de su carrera, ante miles de almas en el Movistar Arena de Madrid. Subido a una plataforma de quince metros de altura, sujeto a un arnés, mientras intentaba realizar una performance espectacular y efectista en la que se elevaba sobre el escenario, para posteriormente aterrizar en él y seguir rapeando como si tuviera que pagar el alquiler, que es la única forma que tiene de hacerlo. Le costó más de lo debido eso de seguir rapeando.
Como ya conocen los millones de personas que vieron los vídeos que se viralizaron rápidamente en redes sociales y los medios de comunicación de todo el país, el sistema de seguridad falló y el malagueño se precipitó desde lo alto, lo suficientemente lento para continuar el concierto y conceder esta entrevista, pero lo suficientemente rápido como para destrozarse el hombro, llevarse un susto de muerte y aparecer retratado hoy con un cabestrillo azul que le obligan los médicos a llevar.

“Me hubiera encantado que la gente viera lo que pasó entre bambalinas. Después de 20 minutos me colocan el hombro entre tirones. Reaparezco y se me vuelve a salir. Hago cuatro canciones con el hombro fuera y tengo que volver a enfermería. Me ponen un cabestrillo porque tengo muy claro que tengo que seguir aunque tenga el hombro fuera. Me tiré diez minutos llorando en la enfermería. Soy de llanto difícil, por desgracia, y en ese momento no podía contenerme. Cuando estaba en el suelo lo primero que pensé fue: no puede ser. Tengo 15.000 personas delante y me acabo de caer desde quince metros”.
Más allá del día que su madre lo parió, la primera vez que Daniel renació fue cuando decidió que todos lo conocieran como Delaossa. Todo artista que elige un nombre para abrirse al mundo está eligiendo ser otro. Esa dicotomía puede ser abrumadora y suele serlo. La persona que se despierta cada mañana no tiene nada que ver con la que se sube al escenario. ¿O sí? El hijo, el amigo, el novio, ¿es Dani o Delaossa? Es una pregunta que cuesta responder. Más aún cuando, en apenas tres años, pasas de malvivir en la periferia de la industria, apostando por un género que parecía pasado de la moda como el rap, a firmar por seis cifras con un sello internacional.
En ese viaje por la noche oscura del alma –que diría San Juan de la Cruz– Dani se dejó la piel y parte de sí mismo. Primero se abandonó a la evasión y al consumo –de sustancias, de experiencias, de todo– que es la adicción más fuerte de todas. “El lapso de tiempo que he estado mal, no he estado muy pendiente de nada, aunque hay cosas de las que es imposible no enterarte como la Super Bowl de Bad Bunny. Solo estoy pendiente de lo que me apetece estar pendiente. Elijo yo lo que quiero ver. Voy quitándome y poniéndome el móvil. Estuve 10 meses con un Nokia antiguo, pero ahora he vuelto. El móvil es la única adicción que no puedo controlar.”
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