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Sonorama Ribera también se come: la otra forma de descubrir Aranda de Duero

Entre bodegas subterráneas, vinos de Ribera del Duero y sabores de la tierra, el festival extiende su experiencia mucho más allá de la música.

Foto: Sonorama Ribera.

Hay quien llega a Sonorama Ribera siguiendo un cartel y termina descubriendo que una parte importante de la experiencia sucede lejos de los escenarios. A veces, incluso bajo tierra. Porque mientras la música convierte durante unos días Aranda de Duero en uno de los grandes puntos de encuentro del verano, hay otra parte de Sonorama que transcurre entre bodegas, copas de vino y algunos de los sabores más reconocibles de la tierra.

Uno de los mejores ejemplos son los almuerzos que cada sábado reúnen a los asistentes en las bodegas subterráneas del casco histórico. El plan tiene poco que ver con lo que uno espera encontrar en un festival: bajar bajo tierra a media mañana para compartir morcilla, chorizo, salchichas, magras y pan de pueblo, acompañados por vino de la Denominación de Origen Ribera del Duero y el sonido de las charangas. El acceso es gratuito para quienes tienen abono y el aforo, condicionado por las propias dimensiones de las bodegas, limitado.

No es casual. En un calendario cada vez más poblado de citas musicales, Sonorama Ribera ha construido buena parte de su personalidad precisamente alrededor de aquello que no puede trasladarse de una ciudad a otra. La Plaza del Trigo es probablemente su expresión más conocida, pero esa relación con Aranda también pasa por sentarse a la mesa, entrar en una bodega o entender por qué aquí el vino difícilmente podía limitarse a ocupar el lugar de un patrocinador.

Mucho más que una copa

Durante la última edición, la cultura del vino volvió a formar parte de la programación. De jueves a sábado se organizaron catas gratuitas en el Centro Cultural Caja de Burgos, dirigidas por el sumiller Fleki Berruti y concebidas como una introducción distendida a los vinos de la Denominación de Origen Ribera del Duero.

Dentro del propio recinto, los Wine Bars ampliaban considerablemente las posibilidades: más de 40 referencias de diferentes bodegas, disponibles por copas y con tintos, blancos y rosados de distintas crianzas. Incluso la selección variaba entre el espacio general y el reservado para el público VIP.

Y luego está Aranda. Porque salir del recinto supone encontrarse con una ciudad que lleva mucho tiempo construyendo su identidad alrededor de la mesa y del vino. El lechazo asado es uno de sus grandes emblemas gastronómicos y también una buena excusa para recordar que aquí el festival no sucede en un espacio aislado de aquello que lo rodea. Durante esos días, las terrazas, los bares y las calles forman parte del mismo recorrido que conecta las plazas donde suena la música con El Picón cuando cae la noche.

También dentro del recinto

La oferta cambia de registro al atravesar las puertas de El Picón. Allí prima necesariamente una restauración pensada para alimentar a miles de personas sin detener el ritmo de una jornada de conciertos. En 2026, la zona gastronómica reunió más de un centenar de puestos y food trucks, con propuestas que iban desde hamburguesas y pizzas hasta cocina tradicional, opciones orientales e internacionales, alternativas vegetarianas y veganas y oferta para celíacos. También había espacios dedicados a helados, postres y café.

Una oferta que no pretende competir con lo que sucede fuera. Y puede que ahí esté precisamente la gracia. Son dos maneras distintas de comer dentro de una misma experiencia: la funcional, entre concierto y concierto, y la que invita a abandonar por un rato la programación y dejar que sea el pueblo el que marque el ritmo.

Porque Sonorama puede presumir de haber visto crecer a algunas de las bandas que hoy ocupan sus escenarios principales, pero también de haber entendido algo bastante antes que muchos otros: un festival no termina en su cartel. La música puede ser el motivo para llegar. Después aparecen una copa de Ribera del Duero, una bodega varios metros bajo tierra, una mesa alrededor de la que recuperar fuerzas o ese lechazo que difícilmente tendría el mismo sentido en cualquier otro lugar. Y quizá esa sea una de las claves que explican que, casi tres décadas después, miles de personas sigan regresando cada agosto. Hay festivales que podrían celebrarse prácticamente en cualquier sitio. Sonorama Ribera no podría ser Sonorama Ribera fuera de Aranda de Duero.