Hubo un tiempo en el que Valencia palpitaba sobre un marjal salvaje. Un tiempo en el que los nómadas de la música electrónica peregrinaban desde otras ciudades, y desde otros países, en busca de aquella fiesta legendaria que se celebraba en la CV-500 de El Saler.

Tras la ventanilla, relámpagos de Barraca, Chocolate y Puzzle. Viajes sónicos de párking, que se aceleraban en la pista de baile, encendidos por una gasolina sintética de depósito inagotable. Ni hablar de echar el freno, más allá de las 24, 48 o 72 horas que resistiera el cuerpo sin dormir, y a menudo sin comer. Pero hasta cuando se come poco, algo se come, y en esa gastronomía de contienda hemos venido a escarbar.

“Cerca de las discotecas había puestos de hamburguesas, bares de bocadillos y, alguna vez, los grupos tomaban una paella cerca de la playa”

La generación de la Ruta tenía hambre, otro tipo de hambre. Escribía Rafa Chirbes que construcción y cocaína tienen en común “la hiperactividad, el empeño por luchar contra el tiempo, el frenético no parar”. El exceso, que se trasladaría después a la corrupción política, se incrusta en la Movida Valenciana, también llamada ‘Marxa’ o ‘Destroy’. Una corriente cultural en torno al ocio nocturno, que nace a mediados de los 80 y muere a mediados de los 90, alcanzando por el camino a miles de jóvenes. Es una respuesta al franquismo porque, en plena resaca dictatorial, los hijos de los buenos modales están faltos del hedonismo feroz y los himnos huecos. “Exta sí, exta no”, canta Chimo Bayo, y todos los presentes elevan la mano frente al líder, que esta vez es un disc jockey.

El mismo Chimo, cuya biografía se titula No iba a salir y me lié, es consciente de que ha trascendido como icono del movimiento, aunque otros vinieron antes. Juan Santamaría, Carlos Simó o Kike Jaén, para empezar. “El principio fue una maravilla, había noches en las que pinchábamos hasta ocho estilos de música: rock, electro, tecno industrial… Se reunían todas las tribus urbanas, como los rockabillies, los oscuros o los alternativos”, describe. Aquella Ruta abrazaba expresiones culturales paralelas, desde radios piratas a fanzines coleccionables, pasando por la explosión del ambiente gay –aquella Faraona legendaria, que era drag queen en Puzzle–. “En un mismo espacio, tenías a un diseñador de moda muy pijo al lado de un chico que trabajaba en un polígono industrial”, narra.

Esta diversidad, que habla de la igualdad de clases y de la falta de prejuicios, empapa la realidad gastronómica. Cuando Bayo trabajaba en Arsenal, y más tarde en El Templo, se aseguraba de almorzar en casa. “Como vivía en el centro de Valencia, a veces pasaba por Zacarías, pero ya no volvía a sentarme en la mesa”, asegura. Cerca de las discotecas, había puestos de hamburguesas, bares de bocadillos y, alguna vez, los grupos tomaban una paella cerca de la playa. “Por lo demás, la comida no era muy importante”, constata. Cuesta imaginar ciertos santuarios del mantel, como El Brosquil y La Pepica, atendiendo a públicos de todas las indumentarias. Sorprende que bandas punteras, como los Simple Minds o los Stones Roses, tocasen gratis y disfrutaran de una paella en El Perelló.

DEL DESTROY AL BAKALAO

El primer templo fue Barraca. Muy cerca quedan Chocolate y Puzzle. Al lado está Villa Adelina, after para seguir la fiesta. Y enfrente, el Bar Chulla, que desde hace 40 años está regentado por Ana y Salvador. Ella nos cuenta que
al principio la gente era muy respetuosa. “Sí que es verdad que tuvimos que cambiar el tipo de negocio. Dejamos de dar comidas, porque ya no venían los del pueblo, y hacíamos bocadillos para los que salían de la discoteca. Pero eran clientes bastante educados”, garantiza. Coinciden los dueños de El Melero, que se encuentra unos metros más adelante, pero cerró en 1998. “Fueron tiempos muy buenos para el negocio, ojalá volvieran. Pasamos de solamente abrir en verano a todo el año, dando comidas y cenas”, rememoran Mercedes y Santi.

«Lo que había en los maleteros no era comida, era bebida»

“En aquella época, lo que había en los maleteros no era comida, era bebida”, recuerda Philippe Pla. De origen francés, llegó a Valencia en 1985 para estudiar y regresó en los años sucesivos para disfrutar. Al igual que Bayo, se aseguraba de comer en el centro antes de conducir hasta El Saler. “Había bares por las discotecas, pero todo eran bravas, ensaladilla rusa y algún bocadillo de lomo con pimientos. Así que prefería ir a alguna ‘casa económica’ del centro, donde por 100 pesetas te servían un plato combinado”, precisa. Cuando se juntaba con gente serena, “de la que se drogaba bien”, caía alguna paella de domingo, yendo directamente de la discoteca al restaurante. “Pero otros no se paraban a comer nunca, así que te encontrabas con gente muy flaca”, reconoce.

Lo que se comía cuando no se comía era, a menudo, pastillas. Anfetaminas, mescalina, cocaína o speed siempre estuvieron en el menú. “Cuando empieza la droga de diseño, como el éxtasis, es cuando viene la parte de la inapetencia”, cree Luis Bonías, Dj, productor y voz esencial de esta corriente. Coincide con que las sesiones se vuelven monográficas. La música ya no viene de Londres, sino de Barcelona. Hay turismo masivo y libertad corrompida. Y no importa tanto la vanguardia melómana como el consumo constante. “Nos tocó contratar un guardia de seguridad de Levantina. Llegaba gente peleándose, dando patadas a las sillas”, dicen en el Chulla y el Melero, ya sin nostalgia.

«A día de hoy, es prestigioso comer en salas de fiestas como Lío Ibiza, pero la gastronomía de la Ruta tenía un halo de supervivencia. De fonda y de batalla”

Hay que distinguir una segunda etapa de la Ruta, a partir de 1991, cuando proliferaban discotecas por toda la costa, como Spook, The Face, Espiral o ACTV. La fiesta arrancaba el jueves y no paraba hasta el lunes. En su obra ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, el periodista Luis Costa narra que el término ‘Ruta del Bakalao’ fue inventado por la prensa conservadora con connotación peyorativa. Porque “menudo hit, menuda merluza, vaya bacalao”. Hubo interés en culpar al Gobierno socialista por haber concedido las licencias de las discotecas, pero tampoco ayudaron los accidentes de tráfico, los controles antidrogas ni –finalmente– los crímenes de Alcàsser. El caso es que las elecciones de 1995 las ganó Eduardo Zaplana, y para el 98 la ‘Marxa’ estaba muerta.

DEL ALMUERZO AL MANTEL

Hay una lectura de la Ruta desde el punto de vista de la gastronomía, claro: conforme la periferia deja de hacer ruido, se apartan los bocadillos y se tienden los manteles. “A día de hoy, es prestigioso comer en discotecas como Lío Ibiza. Pero durante la Movida, la gastronomía tenía un halo de supervivencia. De fonda y de batalla”, analiza Luis Bonías. Lo pone en relación con que la acción se desplazara de la capital a los poblados del Sur, donde el esmorzaret es una costumbre que hace ley, y se practica a cualquier hora. Grupos de amigos se reúnen en torno al bocadillo, la picaeta y la cassalla. Bocatas non- stop en Bar Mortes y Casa Salvador. Manteles de papel y flyers sobre la mesa. Cuando se quería impresionar a los artistas internacionales, paellas en el Tío Pepe y el Sucrer.

A la vez, algunos vecinos supieron reconocer la oportunidad e instalaron puestos de comida ambulante en los aparcamientos de las discotecas. “No había demasiado control sobre nada de esto. El centro tenía muchas restricciones para el ocio nocturno, pero fuera se iba buscando el vacío legal. Por ejemplo, cumpliendo con la ordenanza de cierre, Spook apagaba la música y las luces, pero dejaba a la gente dentro y abría a la media hora”, añade. En Spook también estaba el restaurante El Torero, reconvertido en sala de baile –hoy es la arrocería Alquería del Mar–. Así que ciudad y costa, dos mundos separados por 32 kilómetros de carretera y, a veces, hasta ocho controles de policía.

“Cuando se quería impresionar a los artistas internacionales, se les llevaba a comer paella al Tío Pepe y al Sucrer”

¿Qué estaba pasando mientras tanto en el centro de Valencia? Por entonces, Bernd H. Knöller tenía 30 años y había aterrizado en España hacía muy poco. El alemán admite que no tuvo relación con el movimiento: “Mi hija acababa de nacer y no me gustaba esa música”. En 1993 abrió El Ángel Azul, precursor del actual RiFF (una estrella Michelin) y se convirtió en uno de los pioneros de la alta cocina valenciana. Se abría paso la generación de Juan Carlos Galbis, Óscar Torrijos, Marc Barba o Loles Salvador, que hicieron posible ‘La revolución Gastronómica Valenciana’, como constató el recordado crítico Antonio Vergara en una portada de la Cartelera Turia de finales de los 90. Y ahí, ya hablamos de alta cocina.

Pero ésta es otra historia. No es la de hoy. Quizá la del futuro –se nos viene una gala Michelin en Valencia–. Lo que suceda en adelante no pasaría sin lo anterior. Y, a la vez, no tiene nada que ver con aquello. El ‘Movimiento Destroy’ deja un poso cultural palmario, que el revisionismo histórico se está encargando de poner en valor, también en referencia a la restauración y la gastronomía. Demos gracias a quienes comieron bocadillos para que hoy disfrutemos de los tartares de atún.

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