En la vida, muchas veces, nada es lo que parece. Y en el ámbito gastronómico no iba a ser diferente. De hecho, los famosos trampantojos están cada vez más de moda en el arte culinario: se trata de elaboraciones que juegan visualmente con el comensal y, por ende, le confunden. Estas creaciones simulan ser un producto concreto que cuando se ingiere sabe completamente distinto, es decir, parece una cosa pero en realidad es otra… y siempre son platillos muy originales, claro, que destapan la creatividad de los chefs.

Masterchef Junior quiso explicar el concepto hace ya muchos años (casi diez), cuando el trampantojo comenzó a hacerse fuerte en los recetarios de los restaurantes. Y lo hizo en un programa al que invitó a más de una decena de cocineros con estrella Michelin. Por ejemplo, Francis Paniego, de El Portal de Echaurren, presentó unas aceitunas negras que en realidad resultaron ser esferas de queso y anchoas en aceite de oliva virgen. Además, más recientemente (hace escasos dos meses), el concurso gastronómico también retó a sus pequeños participantes a elaborar una tarta con forma de mandarina.

La «trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es», definición propia de la RAE, está tan en auge que a día de hoy hasta Netflix emite un reality show culinario en el que los concursantes cocinan pasteles que replican objetos comunes (bolsos e incluso máquinas de coser). En ¿Is it cake? (¿Es pastel?), los invitados deben «utilizar todos sus sentidos para averiguar dentro de una serie de objetos similares cuál de todos ellos es realmente un pastel realizado por un repostero con habilidades extraordinarias».

Si bien el concepto existe desde hace siglos, como muestra la actual exposición Hiperreal. El arte del trampantojo del museo Thyssen-Bornemisza, que propone una revisión del género a través de más de un centenar de obras de alta calidad, también dedicadas a la gastronomía, procedentes de museos y colecciones particulares de todo el mundo.

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