Somos el país europeo que más tarde se acuesta y que, por lo tanto, menos duerme.
El que se levanta, come y cena más tarde, mucho más tarde. Siempre a
contracorriente. ‘Spain is different’, ¿o no?

Al otro lado de los Pirineos, en Portugal e incluso en Australia, tienen un ritmo
distinto, otro horario, otra vida, y algo mucho más poderoso que eso, y que lo
explica a la perfección: la diferencia en el clima y las horas de sol.

Lo destacable de esto es que los relojes españoles, en realidad, no difieren
tanto del resto de Europa, ya que en el momento en el que el Sol está más alto en el
cielo, a las 12 del mediodía, según la hora solar, en los relojes españoles la hora
marcada es la 13:30. Con lo que en España, estaríamos comiendo sobre la 13 o las
14 horas solares. Es decir, en la media europea, unos por el sol y otros por el reloj,
que le vamos a hacer.

La causa de este desfase horario se remonta a los años de la Dictadura Franquista,
en los que se adelantó 60 minutos el reloj de la nación para así estar
sincronizados con Alemania. También porque tras la Guerra Civil, el pluriempleo
era un concepto habitual, y por el cual, quienes trabajaban, llegaban tarde a casa, lo
que obligaba al resto de la familia a esperar.

El cambio de costumbre alimenticia se debió, además, al huso horario de verano,
en el que, al adelantar una hora el reloj, España pasa a estar dos horas por delante, hecho que aleja a nuestro país de la Europa del este.

Si a todo esto le sumamos el despertarse sin preocupaciones ni
responsabilidades, un buen desayuno, el aperitivo y la playa o la piscina… la hora
se pasa. ¿Y qué ocurre? Que en verano llegamos tarde a las comidas, y aunque
prometamos y juremos que “mañana comeré antes”, lo cierto es que nos gusta -y mucho- la diferencia. Y por eso no nos importa comer a las 15:00 o 16:00, y menos si es para disfrutar cinco minutitos más de la mar salada.