El último, La sangre del mundo, vio la luz el pasado marzo. Vuelve con ritmos frescos y letras cargadas de poesía, porque Pascual Cantero (Murcia, 1988), conocido como Muerdo sobre los escenarios, también es poeta. Un sagitario con mucha esencia y sensibilidad que ha colaborado con multitud de artistas y que llegó a la música para remover conciencias.

¿Quién es realmente Muerdo?

Muerdo es mi proyecto musical, artístico, poético… Ese álter ego tan necesario para poder preservar lo personal, parcelar de alguna manera y distinguir lo público de lo privado, lo que expongo y lo que me guardo.

¿Cuándo dejas de ser Pascual para convertirte en Muerdo?

Cuando me subo a un escenario; también cuando publico en redes sociales, respondo a una entrevista o acudo a un acto público. Muerdo ha ido ganándole mucho tiempo y espacio a Pascual. Pero adoro, cuando estoy en mi círculo más íntimo, ser simplemente Pascual, el que tiene más libertad para opinar, equivocarse, callar y ser lo que no se espera.

Para tu edad, tienes una amplia carrera musical.

Pasito a pasito, dando lo mejor de mí, nutriéndome de experiencias y tratando de mejorar a lo largo de este recorrido que siempre preferí que fuera un sendero de paso lento más que un ascenso fulgurante.

¿Qué ha marcado tu evolución?

Cada álbum, cada gira, cada nuevo territorio explorado artística y geográficamente… Personas que en lo íntimo o en lo laboral han supuesto algo importante para mí. Compañeros, amigos, productores, el propio equipo de trabajo que ha ido mutando y creciendo.

EN LO GASTRONÓMICO SOY MUY HETEROGÉNEO Y DESPREJUICIADO

Tu música es una miscelánea de ritmos alegres y pegadizos y tus letras tienen fuerza por si solas…

En líneas generales es una especie de autoterapia que acaba convirtiéndose en la terapia de otros. Utilizo la música para ordenar emociones, ideas, pensamientos. Mis canciones hablan de lo íntimo, de lo humano, de lo que experimentamos en nuestro paso por este plano de la existencia. Eso se traslada a veces a lo social, a lo colectivo, porque una vez que conectas con el amor propio después viene el universal, y ahí entra la preocupación ante lo injusto, la lucha por los derechos civiles, humanos, por la sostenibilidad ecológica. En definitiva, mi música habla de ser mejores personas y hacer un mundo mejor.

En marzo llegó tu quinto álbum, La sangre del mundo, ¿qué podemos escuchar en él?

En lo musical: ritmos latinoamericanos, tanto andinos como afro-caribeños, con un toque de electrónica y obviamente un filtro mediterráneo que por origen cultural me es propio y casi inevitable. En lo textual abordo alegorías de la naturaleza, lo rural, lo pequeño… y hablo de amor y de rebelarse contra las injusticias.

De nuevo la portada es puro color, buen rollo y eclecticismo. Todas están llenas de inspiración…

Sí, adoro trabajar con ilustradores. Todos mis trabajos vienen acompañados de una obra pictórica que los sintetiza y los complementa. En este caso hemos contado con Asís Percales, un magnífico ilustrador andaluz afincado en Barcelona. El trabajo anterior fue del gran Jorge Alderete (Arg-Mex) y el anterior de mi admiradísimo Ricardo Cavolo. Creo que además hoy en día hay que enriquecer mucho el objeto para que sea vendible.

Y hablando de inspiración, ¿de dónde la sacas tú?

De mis propios procesos personales, mis conflictos, mis deseos, mi evolución… Y de mirar todo esto a través del reflejo que nos ofrece la naturaleza. Suelo escribir mientras paseo por el campo, el mar, la montaña, mientras me veo reflejado en el crecimiento de mis plantas, o cuando me siento interpelado por una injusticia social en cualquier ámbito o lugar del mundo.

También te la aportan muchos de los músicos con los que colaboras…

Sí. Tengo un gran equipo de músicos que trabajan conmigo habitualmente y además me gusta mucho colaborar con otros artistas. Siento que la música es
algo para vivir de forma colectiva aunque a priori pueda nacer de la intimidad. Me encanta dar nuevos vuelos a mis canciones con otras voces y he tenido la suerte de contar con almas y voces hermosas cómo las de Rozalén, Guitarricadelafuente, Tarque, Chambao, Esteman, Amparanoia…

Latinoamérica ha sido también un gran de apoyo, ¿no?

Sobre todo una gran sorpresa y un gran acierto. Cuando decidimos diversificar nuestro mercado y viajar por toda América sin tener apenas apoyos y público fue una gran apuesta que realmente no esperábamos nos diera los frutos tan abundantes que nos ha dado. Con perspectiva creo que esos primeros viajes fueron el gran acierto en el planteamiento de nuestra carrera. Hoy puedo decir que Muerdo es un proyecto global que crece paralelamente en seis o siete países hispanohablantes y eso es sin duda un gran valor.

Tu última gira, Fin de la primera vida, terminó cuando llegaba la pandemia. ¿Significó esa llegada el comienzo de una segunda vida?

No éramos conscientes de que aquel recopilatorio, aquella gira, aquel planteamiento tenía algo de premonitorio, pero así era, y así me sucede a menudo con mis obras. Es curioso que la cartelería de aquella gira tenía como protagonistas unos dibujos con pañuelos que tapaban nariz y boca, y luego, ¡zas!, llegó la pandemia. Sin duda, marcó un antes y un después para todos.

Y cuando estás sobre los escenarios, ¿cómo llevas lo del comer?

Soy consciente de lo importante que es comer bien siempre, pero cuando estás en gira más, así que procuro cuidar ese momento y soy bastante sibarita, me gusta ir a buenos restaurantes incluso cuando estoy en carretera, aunque esto suponga desviarnos y perder unas horas. Adoro comer y sobre todo comer bien; es importantísimo. Además, cuando viajas por el mundo es de lo más estimulante sumergirte en las gastronomías de otros lugares.

¿Qué es lo que más le gusta morder a Muerdo?

Morder como actitud vital. Morder la vida. En lo gastronómico soy muy heterogéneo y desprejuiciado, cómo de todo. Prefiero comer de temporada, carne en el interior y producto del mar en la costa. Lo que más me interesa es la buena materia prima, pero también me gusta que me sorprenda con fusiones y creatividades potentes. Soy muy fan del chef Julio Velandrino, que además es buen amigo.

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