“¿He oído bolinhas?” Tranquilo. Es imposible que el niño que se acerca con su euro treinta a comprar una bolinha se lleve la última. Así que espera paciente a que el que hoy es tu persona favorita del mundo (el maestro ‘bolinhero’) llegue a tu radio de la orilla y lánzate a ellos disfrutando. Sí son para tanto.

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Cualquiera que haya estado en el Algarve y tenga un poco de antena respecto a lo dulce se habrá dado cuenta de que es muy fácil encontrarse con esos extraños gritos que colonizan la playa a golpe de ‘boliiiiinha’. Nosotros, que somos muy playeros y comilones, no hemos podido resistirnos al encanto portugués de estos bollos gigantes en forma de donut con chocolate, mermelada o crema en su interior. Son sabrosos, dulces y, todavía, no nos explicamos porqué típicos de la playa. Ni porqué se apodan ‘bolitas’, eufemismos… su tamaño es gigante a la que uno se acerca a España por Huelva.

Bolas de Berlin, lo que llamamos berlinesas por estos lares, son típicos bollos europeos. Aunque cada uno en casa lo hace a su manera. La de los portugueses es crujiente por fuera y ‘adonutada’ por dentro. De las favoritas gana la de crema y se venden con azúcar esparcido por su alrededor. Cuanto más visible y real sea el azúcar, mejor. Surgen de la receta alemana que fue traída por los refugiados judíos que huyeron de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y comenzó a hacerse en las casas para venderlas por las calles. Hoy es ya un básico en las pastelerías portuguesas. Pero, ahora en serio ¿qué hace un bollo tan descomunal en la playa –donde se sabe que uno trata de mantener el tipo dentro de lo posible?

Y, de vuelta a la realidad, ¿dónde me las como cerca de casa?, algunas direcciones clave: Pastelería Lisboa, calle Ortega y Gasset 55, Madrid. A Casa Portuguesa, calle Aragó 11, Barcelona. Nata Lisboa, calle Arenal 5, Bilbao y calle Mallorca 277, Barcelona. Real Cake, calle Princesa, 49, Madrid.