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Nacho Vegas (Gijón, 1974) no ha sido nunca un artista de masas. Lo ha rehuido voluntariamente desde los principios mismos de su trayectoria musical, cuando en 1991 comenzó a trabajar como guitarrista para grupos como Eliminator Jr., Manta Ray o Migala, nombres circunscritos, todos ellos, a posturas estéticas situadas en la vanguardia menos cómoda. En 2001 inició, con Actos inexplicables, su carrera como cantautor, situándose inmediatamente como referente de su generación. Veinte años después se dispone a presentar Mundos inmóviles derrumbándose, el disco que le tocaba comenzar a componer cuando la pandemia arrasó con todo.

En 2018 publicaste Violética, un álbum doble, y has tardado tres años en lanzar nuevas canciones, sin olvidarnos de Oro, salitre y carbón, otro doble de rarezas, versiones de directos y las llamadas ‘caras B’, que publicaste hace algo más de un año. ¿En qué momento artístico te encuentras?

Es un momento raro, por todo. Tuve la suerte de que acabé la gira de Violética en enero de 2020 y me tocaba ponerme a escribir con tranquilidad las nuevas canciones. Y en esas llegó el confinamiento. Yo pensaba en otros compañeros, como El Columpio Asesino, que no tuvieron la misma suerte que yo, porque les pilló con el disco recién publicado y les fastidió toda la gira.

¿Saliste indemne?

A mí me provocó un bloqueo creativo mucho mayor de lo habitual. Me deprimí y tuve que irme de casa: me marché a un pueblín del occidente de Asturias. Una compañera que trabaja en Last Tour me consiguió una casina, pegada a Galicia. Salir de mi casa, que es donde suelo trabajar, donde tengo el despacho y un pequeño estudio, fue lo que me hizo desbloquearme y acabar todos los esbozos que tenía y no me veía capaz de terminar.

¿No te dio en el confinamiento por plantar patatas y grelos?

No, me dio por comer pistachos… Yo no era tampoco ‘cervecero’ (soy, de hecho, más de vino), pero en el confinamiento me dio por beber cerveza y comer pistachos como si no hubiera un mañana. Suelo cocinar bastante en casa. No soy ‘cocinillas’, porque no se me da especialmente bien, pero no suelo ir a comer fuera, salvo que haya quedado con algún amigo. Lo que sí me gusta es el pescado salvaje que tenemos en el Cantábrico y yo estaba en un pueblecito con puerto pesquero con muy buen pescado, aunque se estuviera pasando la época del marisqueo.

El cliché ese de que el mejor pescado viene a Madrid es totalmente mentira. Es cierto que una parte sí, pero en Xixón también se queda mucho del bueno. Allí hay un sitio que me gusta mucho, el Zascandil, que es donde creo que tienen el mejor pescado salvaje de la ciudad.

Tus ‘lugartenientes musicales’, Abraham Boba y Luis Rodríguez, ya no están contigo, tienen su propia banda, León Benavente, y has cambiado de compañía discográfica y de agencia de representación artística. ¿Cómo afectan tantos cambios?

Empecé con Last Tour (su agencia de management) y con Oso Polita (la discográfica de Last Tour) con Oro, salitre y carbón, y en ese momento también comencé a trabajar con otros músicos, y eso siempre ilusiona. La música es un trabajo colaborativo, en el que tienes que saber ser generoso y aprender de la gente de la que te rodeas y yo tengo la suerte de saber rodearme de gente que es muy talentosa. El momento de sacar un nuevo disco siempre es ilusionante, pero este es un poco más incierto. En 2018 podía saber dónde estaba, no sé muy bien dónde me encuentro. La industria ha cambiado y los códigos son distintos. Hay que estar todo el tiempo generando contenido y visibilidad en las redes sociales.

Entre tus nuevas canciones hay algunas que tienen ritmos latinos… ¿Cómo surgen? ¿De tus viajes por América? ¿O son influencia de tus nuevos músicos?

Han surgido, primero, por las conversaciones con el nuevo equipo con el que he preparado el disco, Hans Laguna, Ferrán Resines y Cristian Pallejà. Cuando empezamos a trabajar en el álbum nos pusimos a hablar de discos que nos gustaban y uno que nos fascinaba a los cuatro era uno de Willie Nelson, de finales de los años noventa, Teatro, en el que cogía algunas de sus canciones antiguas y las modificaba con ritmos latinos. A raíz de eso, Cristian me habló de Mancha ‘E Plátano, unas chicas portorriqueñas afincadas en Barcelona con las que hemos terminado colaborando en una de las canciones, La flor de la manzana. Hacen ritmos afrocaribeños, como la bomba portorriqueña, que me han resultado todo un mundo, como el flamenco, y que yo desconocía. Le tenía mucho respeto, porque me resultaba ajeno, pero como lo hemos hecho con cariño creo que ha salido bien.

«El cliché ese de que el mejor pescado viene a Madrid es totalmente mentira»

Si hubieras seguido con Abraham Boba, el disco no habría salido como ha salido, ¿verdad?

Seguramente sonaría de otra manera. Yo ya sabía que Violética iba a ser el último disco en el que colaboraran él y Luis Rodríguez. Abraham siempre me decía que no se consideraba músico, sino autor de canciones. Y yo, precisamente, era lo que apreciaba, que Abraham sabía leer muy bien lo que demandaban las canciones. Ahora pasa lo mismo: muchos de los músicos con los que toco son también autores de canciones. Joseba Irazoki, Juliane Heinemann, Hans Laguna… Esto hace que, al final, todos pongamos la canción por encima de nosotros mismos.

¿Y cómo llegaron a ti?

El primero fue Hans Laguna. En cierta ocasión, hace años, quise hacer unos coros para una canción de Resituación, creo que Polvorado, y alguien me pasó el contacto de Hans y de Maria Rodés. Hans me presentó después a Ferrán y a Cristian. Este me habló de Juliane… Así se va tejiendo la red.

Salvo casos extraordinarios como Raphael, Sabina o los Hombres G, los artistas sólo suelen llegar a la gente de ‘su’ generación. ¿Cómo has conseguido tú atraer gente joven a tu público?

Una de las cosas que me hace más ilusión es ver entre el público a gente joven. Descubres que tienes todavía capacidad de atracción. Yo no he sido un músico que haya tenido nunca mucho éxito: he ido creciendo poco a poco, con cada disco. Crecer así te hace tener siempre los pies en la tierra y contar con la perspectiva suficiente para poder escribir canciones que lleguen a la gente actual. Lo comparo con los escritores. En este disco, por ejemplo, yo hago menciones específicas a Raymond Carver, que es un escritor que a mí me fascinó desde jovencito. Eso que sí tienen los escritores no suele pasar en la música, que se circunscribe más a una generación concreta. Pero creo que si te tomas tu trabajo como un oficio, las canciones que nazcan lo harán como las que hice en mi primer disco, sin saber si se iban a publicar o no, si iban a gustar o no, y se puede lograr llegar a nuevas generaciones. Ese es el objetivo para mantenerte. Yo todavía estoy en ello

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