Comenzó fregando platos en el office y ahora triunfa en El Club Allard. María Marté es todo un ejemplo de tesón, amor por la cocina y, cómo no, de sueños cumplidos.

Dice que nunca toma café de pie porque, si no, los sueños se chafan. Pero lo suyo no es esperar sentada a que llegue la oportunidad. Sólo con trabajo duro ha logrado pasar de fregar platos a tener dos estrellas Michelin al frente del restaurante madrileño El Club Allard.

La cocinera María Marté es pura emoción. Cuando habla, deja fluir ese torbellino de energía que le recorre dentro, ese optimismo que parece infinito, pese a todo. Han pasado muchas cosas en la vida de Marté en los últimos trece años, pero ahora, al fin, la chef dominicana disfruta de su sueño. Su arduo trabajo al frente de El Club Allard en 2014 le permitió revalidar las estrellas que tenía el restaurante madrileño gracias a la labor de su predecesor, Diego Guerrero. “Si los milagros existen, esa noche fue un milagro brillante”, cuenta Marté. “Por fin pudimos decir que las estrellas eran de María. Fue un sueño hecho realidad”, asegura con emoción.

No fue la noche del baile con el príncipe porque Marté, aunque muchos crean en los cuentos, no es ninguna Cenicienta. Es una luchadora. Emigró a España con su hijo Julio en el año 2003 y entró a trabajar en El Club Allard de limpiadora por horas y fregaplatos, en el office. Desde su puesto, miraba correr a los cocineros y deseaba vivir ese trajín. Una noche, mientras cenaban, el aparcacoches del restaurante le preguntó: “A ver, la dominicana, ¿tú qué quieres ser de mayor?”. Marté contestó sin pestañear “cocinera” y el compañero le sopló que iba a haber una baja. Juntó toda la fuerza que tenía y habló con Diego Guerrero para pedirle ese hueco, a lo que el chef se negó. “Lo entiendo, era lógico, no me conocía de nada. Y yo tampoco tenía preparación”, asume Marté. Tras varios intentos, logró la confianza de Guerrero, que no le permitió, en un principio, abandonar sus ocupaciones, sino compaginar ambas tareas para asegurarse que aquel empeño era real. Tres meses después, el buen hacer de Marté motivó que Guerrero buscara un sustituto para el office y ella se integrara de pleno derecho en la cocina.

Quizá ese ascenso desde abajo ha motivado que Marté inicie la jornada cada día a las diez en punto de la mañana saludando a cada persona de su equipo. O porque sabe y reconoce que la clave para no fallar en un restaurante de tanta categoría está también en ellos. En cada uno. Comienza en pastelería, luego va al cuarto frío, carnes y pescados, y acaba justo en el office, donde se prepara el café. “Para mí es un ritual diario, tan importante como salir a hablar con cada una de las mesas”, paseo que da cuando acaban las comidas y las cenas. Nunca falta a un servicio, no le gusta. Trata a su equipo de “familia” tanto para enseñar y acompañar como para liderar y pedir responsabilidades. “Trato de transmitirles felicidad. No me canso de explicarles el por qué de cada plato”, cuenta.

Sus platos son cuadros, en los que se percibe su extremo respeto por el producto, la creatividad que le aportan las raíces caribeñas y la delicadeza de su labor. Cada detalle ha de estar siempre perfecto. Por eso no soporta los platos rotos, es su manía. Esa y no tomar jamás el café de pie “porque mi madre decía que, si lo haces, se te chafan los planes”. Si se arrepiente de algo en estos trece años es precisamente de “no haber podido acompañar a mis padres en su enfermedad”. Sus tres hijos, sin embargo, están inmensamente orgullosos de esa leona que tienen por madre, que luchó tres años por traer a España a los mellizos (más pequeños que Julio) y a la que ahora sacan en las revistas como ejemplo de tenacidad y éxito. Lo ha dado todo por seguir su pasión, por eso, ahora, la cocinera feliz disfruta sentada su café con sabor a sueño cumplido.