Bebidas

La verdadera historia del matcha

Por el día conmemorativo de la bebida milenaria, hacemos un repaso por los orígenes y la evolución del té asiático más popular del mundo.

El ritual del matcha se concibe como una práctica sagrada para una generación que ha encontrado en este té verde una vía de ‘bienestar instantáneo’. Con una larga lista de propiedades antioxidantes y vitaminas, la bebida cuenta con más de 800 años de historia en los que ha pasado de formar parte de la esfera ceremonial a ser una especie de elixir global.

Sus orígenes se remontan a la dinastía Tang (siglos VII-X) en China. Los primeros budistas lo preparaban al estilo zen: cociendo, secando y moliendo las hojas de té verde -procedentes de la planta camelia- hasta lograr ese polvo mágico, posteriormente diluido en agua caliente en un cuenco poco profundo, como una manera de hacer arte con un trasfondo espiritual.

De China a Japón

La bebida china se popularizó durante la dinastía Song -entre los siglos X y XIII-, sobre todo, gracias al papel clave del monje budista japonés Eisai Myoan, que, a finales de la década de 1180, difundió el matcha en Japón mediante escrituras especializadas acerca del té y su ceremonia en el país. Al igual que ocurrió con el ramen chino, en Japón se perfeccionó y refinó, para integrarse de por completo en la ceremonia del té (chanoyu). Mientras tanto, el matcha experimentó el declive en China, para sustituirse por otras variedades de té chino.

Los monasterios zen japoneses se convirtieron en escenarios clave en los que poner en práctica el ritual adorado por los budistas para mantenerse despiertos y nutrirse de sus propiedades “medicinales”.

El té matcha empezó a conquistar a las élites japonesas a comienzos del siglo XV, especialmente a la clase samurái, y su prestigio no dejó de crecer hasta finales del siglo XVI. Fue entonces cuando los cultivadores de té -sobre todo en Uji, Kioto- comenzaron a perfilar de verdad las técnicas de cultivo. A base de observación, ensayo y tiempo, lograron un matcha cada vez más refinado, más complejo y valioso.

Beber matcha no era solo una cuestión de gusto. Su consumo iba de la mano de otras artes tradicionales japonesas como la poesía, el ikebana o la pintura, y se convirtió en una poderosa herramienta de ascenso cultural. Dominar el arte del matcha significaba elevarse simbólicamente por encima del propio estatus. Políticos y señores feudales -los daimyo- competían por contratar a los mejores maestros del té, no solo por conocimiento, sino por el prestigio que aportaban. A su alrededor floreció una cultura material exquisita: cuencos, utensilios y cerámicas que han perdurado hasta hoy como auténticas joyas, al igual que el matcha.