Si hay alguien que pueda representar nuestra ‘vuelta al cole’ colectiva tras año y medio de pandemia es Charlie Brown, el niño de cabeza redonda y sueños frustrados creado por Charles Schulz en 1950. A pesar de las infinitas veces en las que le juegan una mala pasada, Charlie Brown nunca se rinde y siempre cree que la próxima será la suya. De la misma forma en esta vuelta al cole contenemos la respiración con la esperanza de que los niños puedan ir a clase, que no nos vuelvan a cerrar los restaurantes y que podamos salir ya de una vez de esta constante imprevisibilidad. La comida es uno de los consuelos del día a día, sobre todo cuando no nos queda otra que resguardarnos en nuestras casas. Charles Schulz, maestro en el arte de plasmar las pequeñas alegrías y batallas de lo cotidiano, supo captar el desahogo que representa la comida y nuestra debilidad ante ella en las viñetas de su cómic Peanuts. ¿Quién no se ve reflejado en la obsesión de Snoopy por las galletas? 

Schulz atribuyó a la comida un rol muy importante durante los 50 años que dibujó e ideó su viñeta. Si miramos más allá de las bromas que hace en sus tiras sobre el Thanksgiving, las galletas o el helado, vemos que Schulz usaba la comida como una manera de poner en relieve las fuerzas y flaquezas de cada uno de los personajes de Peanuts

Cuando vemos a Charlie Brown sentado en el patio del cole con el bocadillo en la mano, en realidad estamos viendo a un personaje abrumado por su incapacidad de iniciar una conversación con su crush, la niña pelirroja. Todos sus intentos se frustran y nunca consigue dar el paso. El bocadillo de crema de cacahuete y mermelada simplemente sirve de excusa para entender la agonía del pobre Charlie. Cada vez que naufragan sus esperanzas, le pega un mordisco a su bocadillo y se da cuenta de que  no hay “nada como el amor no correspondido para quitarle el sabor a la mantequilla de cacahuete”.

Tras la lectura de algunas tiras, uno empieza a intuir que Peanuts no tiene nada de infantil. La cordialidad acogedora del suburbio americano y el encanto entrañable de los quehaceres diarios de los personajes sirven de marco para explorar algunas de las verdades más amargas de la existencia humana, como es la soledad. En sólo cuatro viñetas y con una genialidad aterciopelada, Schulz es capaz de acompañar de la mano a sus personajes y lectores en los planteamientos filosóficos más crudos. El filósofo Umberto Eco vio un comic a medio camino entre la poesía y la filosofía existencialista, describiendo a los personajes como “monstruosas reducciones infantiles de todas las neurosis de la ciudadanía moderna”. 

Seguramente fue esta línea existencialista y su trasfondo subversivo lo que hizo que Charlie Mensuel, uno de los antecesores del actual Charlie Hebdo, se fijara en 1969 en Peanuts. Para su primer número, los creadores de Charlie Mensuel decidieron poner a Snoopy sobre su casita de perro en la portada y dentro incluyeron una tira de Peanuts. Según un artículo en Libération en 2000, el nombre de la publicación es un homenaje a Charlie Brown y a su creador. George Wolinski, uno de los editores jefes y dibujantes asesinados de Charlie Hebdo, explicó por qué apreciaba tanto el comic norteamericano. “Un humor discreto, algo melancólico. El nombre guarda el secreto: Peanuts. No se refiere al tamaño de los personajes. Peanuts se refiere más bien a ‘nada’. Los héroes son personajes a quienes no les pasa gran cosa, o básicamente ninguna. Sueñan y hacen pequeñas cosas para intentar existir, al igual que lo hacemos todos. Peanuts nos muestra que vivir y existir no es la misma cosa. La mediocridad de nuestra existencia es insoportable. Peanuts habla sobre todo de eso”.

Snoopy y sus amigos nunca nos dan grandes respuestas a las preguntas existenciales. Más bien nos dejan intuirlas a través de lo cotidiano y la comida juega un papel muy importante en ello.

Cada uno de los personajes creados por Schulz se plantea la vida de una manera diferente. La contraposición entre Charlie Brown y su perro Snoopy, los más célebres del cómic, representa un revelador contraste entre dos maneras radicalmente opuestas de enfrentarse a la realidad. Y la relación que tanto Charlie Brown y Snoopy tienen con la comida no podría ser más opuesta.

Schulz decía que él era Charlie Brown con sus angustias y falta de autoestima. “De pequeño, creía que mi rostro era tan soso que nadie se iba a acordar de mí”. Su madre, de origen noruego, poseía esa sensibilidad nórdica de aceptar las dificultades de la vida, pero siempre teñida de un lúgubre fatalismo. Tal vez de ahí su inclinación hacia el sentimiento de anhelo y misterio que le atraía en Ciudadano Kane de Orson Wells, el pintor Andrew Wyeth y la obra de Albert Camus, a quienes solía hacer guiños en sus viñetas.  

Poco a poco Snoopy se fue convirtiendo en el alter ego de Charlie Brown: aquel que no se preocupa de lo que pensarán los demás y con una auto-adulación tan pronunciada que casi roza el egoísmo. 

Schulz hizo que la comida sirviera de un tira y afloja constante entre las dos filosofías de vida radicalmente diferentes del amo y del perro. Mientras Snoopy presume de que su “triatlón favorito está compuesto por un donut, una pizza y un helado” y afirma que “un plato vacío me parece la peor visión del mundo”, Charlie Brown se lamenta de que “odia la hora de la comida” y añade: “Los psiquiatras dicen que las personas que comen bocadillos de crema de cacahuete sufren de soledad y yo me lo creo” o “cuando te sientes muy solo, la crema de cacahuete se te queda pegada al paladar”.

Ante esta tristeza que le supone a Charlie Brown el tener que comer solo todos los días en el patio de la escuela, Schulz retrata a un Snoopy que celebra por todo lo alto el placer del comer. El happy dance, o baile de la alegría, que hace el perro cuando llega su plato de comida es la antítesis de la depresión de su amo. Snoopy no necesita a nadie para gozar y disfrutar de la vida. 

Además, Schulz invierte los roles de perro y amo a través de los alimentos. Para Charlie Brown darle de comer a su perro es un deber con el que cumple fielmente día tras día. A través de la reacción de Snoopy, Schulz logra mostrar esta rutina diaria como una servidumbre. En lugar de actuar como un perro agradecido por las atenciones de su amo, Snoopy hace entender al lector que considera a Charlie Brown más como su mayordomo personal que como su dueño. Snoopy vive su comida como un derecho y lo exige a todas horas del día, golpeando la puerta principal de la casa de Charlie Brown y desvelándolo a altas horas de la madrugada al llevarle su bol de comida vacío a su cama.

Schulz siguió experimentando con la idea del comer y lo llevó al extremo creando un árbol que engulle todas las cometas de Charlie Brown. Este árbol se convierte en un adversario gigante que siempre frustra una de las ilusiones más grandes de Charlie: hacer volar su cometa. Él mismo lo bautiza “el árbol devora-cometas”. El árbol que se zampa sus ilusiones representa el fracaso, pero no la capitulación, ya que Charlie Brown no se da por vencido. 

Uno de los momentos gastronómicos más emblemáticos de Peanuts tiene lugar en la película que hizo Schulz: A Charlie Brown Thanksgiving, que fue galardonada con un premio Emmy en 1974, un año después de su presentación. Schulz nos hace reflexionar sobre qué hace que una tradición tenga sentido y no sea simplemente una ceremonia vacía de significado. Aquí de nuevo vemos a un Charlie Brown puesto contra las cuerdas cuando su amiga Peppermint Patty se autoinvita con otros amigos a una cena de Thanksgiving improvisada. A pesar de la ayuda de Snoopy y del pajarito Woodstock, Charlie Brown sólo consigue preparar unas palomitas, tostadas y golosinas en lugar del pavo tradicional, provocando la burla de los demás niños. Otra niña, Marcie, sale en defensa de Charlie Brown y plantea una reflexión sobre el valor real del Thanksgiving. Al final Snoopy se retira con Woodstock a su casita de tejado rojo donde una cena completa de Thanksgiving, pavo incluido, les espera. De nuevo la comida sirve para yuxtaponer las reacciones del amo y del perro.

Pero Snoopy no deja de ser un personaje que llena sus días monótonos con fantasías de ser un piloto de guerra británico, un autor o un estudiante universitario. En una entrevista en 1997 Schulz dijo de Snoopy: “Tiene que retirarse a su mundo de fantasía para sobrevivir. De lo contrario vive una vida aburrida y bastante miserable. No envidio la vida que tienen que llevar los perros”. Así, la comida se convierte en una vía de escape importante para Snoopy y esto Schulz lo plasma en su desesperación perruna para comer a todas horas y su obsesión con las galletas chocolate chip y la pizza. Estos temas recurrentes nos muestran la realidad de la vida de Snoopy a pesar de las fantasías que crea para distraerse.

Schulz decía que él mismo tenía un poco de cada uno de los personajes de Peanuts, según explica su viuda Jeannie en una entrevista en The Guardian. “Charlie Brown representa mi lado inseguro e indeciso. Lucy es mi lado de listillo y mandón. Linus es mucho más pensativo y considerado. Snoopy es lo que me gustaría ser: valiente, el más divertido y popular, capaz de calmar el mal genio de Lucy con tan sólo soplarle un beso”.

Y la comida sirve para realzar las peculiaridades de cada uno de los personajes. Por ejemplo, en una tira vemos a Lucy escribiendo una carta a su hermano. En la primera viñeta escribe: “Querido Linus, ¿qué tal va el campamento? En la segunda viñeta sigue: “Hoy iba a hacerte unas galletas, pero luego pensé ¿para qué tomarse tanta molestia?”. En la tercera dice: “Decidí que era mejor salir a comprártelas, pero tenían tan buena pinta que me las comí todas”. La tira termina en la cuarta viñeta: “Pásalo bien en el campamento. Tu hermana, Lucy”. 

Peanuts transcurre en Minnesota, en el corazón de aquel Estados Unidos idealizado de los años sesenta, de las familias felices en sus casas rodeadas de un césped bien verde y delimitadas con una valla de madera pintada de un blanco pulcro. Es el Estados Unidos que logró llegar a la Luna antes que nadie, que todavía creía en el sueño americano. La comida que Schulz introduce en sus viñetas simboliza esa Norteamérica idílica y bondadosa. Así, cuando Snoopy habla de la satisfacción de comerse una galleta, no habla de cualquier galleta, si no de la chocolate chip, la quintaesencia de todas las galletas norteamericanas. En otra tira, Snoopy se zampa unas patatas fritas y dice: “He oído los informes, he leído todos los artículos, y me da igual lo que digan, uno de los mayores placeres de la vida es poder devorar la comida rápida”. 

Snoopy es el único capaz de convencer a Lucy la mandona y en una tira lo hace de nuevo gracias a una tradición culinaria americana. En el primer recuadro vemos a Lucy con cara de disgusto diciendo que se siente triste. Luego llega Snoopy con dos marshmallows pinchados en sendos palos y le ofrece uno. La tira termina con Lucy y Snoopy tostando sus marshmallows sobre una hoguera y ella diciendo: “Es imposible seguir estando triste cuando te sientas detrás de un marshmallow”.

Esta capacidad que tenía Schulz de lograr mezclar elementos de la cultura popular norteamericana junto con la sencillez con la que plasma las relaciones y sentimientos de los personajes es su manera de responder a las grandes preguntas existenciales. Peanuts no ofrece grandes respuestas, pero sí nos enseña cómo sobrevivir en este mundo, sin perder nuestra humanidad en el intento. Todo un reto en estos tiempos de pandemia en los que, al igual que Charlie Brown, puede que nos desanimemos en ciertos momentos pero no nos daremos por vencidos. 

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