Martínez de Pisón aceptó sentarse a hablar (y comer) con ‘Tapas’ en Casa Manolo (Jovellanos, 7, Madrid) © Alfredo Arias

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es un escritor premiado que disfraza su rotunda rebeldía con la más prosaica de las normalidades. Es una estrella con alergia a la luz. En una sociedad obsesionada con los genios, recuerda que lo importante de los escritores no es la genialidad, sino el oficio. En un mundo individualista, donde todos queremos ser más que el resto y que sólo vive en el presente, él prefiere sumergirse y escribir sobre la gente común de clase media, abrazar el espíritu de la Transición y sentirse parte de una larga tradición de autores que arranca en el siglo XIX. En un clima partidista e intolerante, Martínez de Pisón denuncia la censura de izquierdas y derechas y les recuerda a los políticos e intelectuales un mandato esencial: evitar, a toda costa, la indecencia y el dogmatismo.

¿Por qué nos citamos en Casa Manolo, al lado del Congreso de los Diputados?

Conocí este sitio con José Antonio Labordeta, cuando era diputado. Él me descubrió el Casa Manolo y las famosas croquetas, y siempre que ando por Madrid, vengo aquí. Mi nueva novela, Derecho Natural, está relacionada con esto, porque hace un homenaje a Gregorio Peces-Barba, que supongo que comió aquí alguna vez, y cuenta la historia de la Transición a través de la vida de una familia.

¿Qué merece la pena recuperar de aquella época?

Algunos valores. Aunque existían opiniones muy enfrentadas, violencia política, amenaza de golpismo, una fuerte crisis económica y una gran incertidumbre sobre el futuro, también había más tolerancia que ahora. La derecha hoy quiere que se condene por injurias a quien se burla de la Virgen o de Carrero Blanco, mientras que la nueva izquierda encuentra que todo es sospechoso de machismo. Nos estamos convirtiendo en un país de inquisidores. Los delitos de opinión no deberían de existir. El humor siempre ha ampliado los límites de lo que puede decirse, de la libertad de expresión. Por eso, si se pierde la tolerancia, se pierde el humor.

Es usted un escritor que se lo pone muy difícil a los periodistas. No deja titulares, no es vanidoso para los estándares de su gremio, no tiene querellas espectaculares con nadie y encima no es elitista y aprecia a la clase media.

Claro que tengo vanidad, pero la disimulo. Es posible que no dé titulares, porque tampoco soy un escritor explosivo. Intento entender, como persona y como escritor, los puntos de vista de las personas que no comparten los míos. Siempre trato de comprender a mis personajes, y mis personajes tratan de comprenderse entre sí, aunque hagan las cosas mal.

Una de las pequeñas excepciones ocurrió cuando escribió que Enrique Vila-Matas se inventaba muchas de sus citas de personajes célebres.

A Enrique le gusta inventarse citas, atribuir frases inventadas a otros y atribuir citas auténticas a autores que nunca las han dicho. Escribe, y es muy bonito, desde el desconcierto, desde la investigación de la literatura. Yo soy más clásico: sé lo que escribo, sé qué tipo de escritor soy y no tengo problemas en aceptar que formo parte de una tradición que procede del siglo XIX, que sigue vigente. El siglo XX abrió nuevos caminos a la novela, pero no cerró los anteriores.

¿Y qué tipo de escritor es?

Mis libros se parecen a mí, que es lo que tiene que ocurrir cuando un escritor es sincero. No llevo anillos, ni pulseras, ni tatuajes; no me adjetivo ni me adorno superfluamente. Mi prosa huye también de la adjetivación y se dirige a lo sustantivo. Me costó comprender el tipo de escritor que era. Carreteras secundarias (Anagrama, 2000) fue el libro en el que lo descubrí.

Con lo que nos gusta a los periodistas convertir a los escritores en dandis o genios malditos, usted reclama para sí el título de escritor profesional. ¿De verdad que no es, al menos, un maldito escritor profesional?

De joven, me gustaba la idea de convertirme en un escritor maldito… pero es que no lo soy, ni como persona, ni como autor, ni como padre. No puedo fingir lo que no soy porque estaría engañando. Yo tengo el privilegio de vivir de lo que más me gusta, que es escribir historias. Lo del ‘escritor profesional’ suena feo, pero es que a mí me encantaría que, al igual que yo, todos pudiésemos vivir y dedicarnos profesionalmente a lo que más nos interesa.

Cuando le otorgaron el Premio Nacional de Narrativa en 2015, algunos intelectuales estaban deseosos de rechazarlo y de proclamar que lo hacían, como héroes, por sus altas convicciones. Luego va usted, lo gana con La Buena Reputación y dice: ni me presento a los premios ni los rechazo, mi editora está contenta porque venderemos más y me gustaría que se los otorgasen a autores que todavía no pueden vivir de ello.

Es que en mi generación, la de autores como Javier Cercas o David Trueba, los escritores ya no se lo tienen muy creído ni van de literatos, ni tratan de crearse una leyenda. Si queremos hablar del ser humano, lo primero que tenemos que hacer es ponernos a su lado. Si no sientes curiosidad por los demás y la complejidad y la vulnerabilidad de sus almas, no puedes ser novelista. Lo que sí es cierto es que algunos escritores abominan o les aburre la clase media. Yo no creo que debamos dejar que pasen todos estos años sin que quede una huella literaria de la clase media.

Otra pisonadanotoria ocurrió cuando le preguntaron por sus primeros libros y dijo que prefería que no se reeditaran porque no se identificaba con ellos y ocupaban mucho espacio en las librerías…

Cuando llevas 33 años publicando como yo y has escrito 20 libros, sabes que algunos se los podrías haber ahorrado al lector, que hay librerías de segunda mano por Internet donde siempre podrán encontrarse y que te gustaría que quedasen sólo los que se parecen a ti, los que se parecen entre sí y los que sacaste cuando ya sabías el escritor que querías ser. Acabemos con el mito del genio: el oficio del escritor se aprende con los años.