Se trata del Rolls Royce de las cocinas y Marc O. Eckert, presidente y CEO, su mejor conductor para que soñemos con tener una.

El letrado Eckert no lo tiene fácil. No porque tenga que convencerme del prestigio de la marca que representa. Lo tiene difícil porque defender el liderazgo de algo tan básico como fábricar cocinas no es sencillo. A todas luces parece menos arduo subir al Everest que defender la plaza de los nuevos escaladores.

Marc O. Eckert es el presidente y CEO de Bulthaup, el Rolls Royce de las cocinas, por constreñir en un eslógan lo que la firma alemana representa en el sector. Cocinas a partir de 30.000 euros que no son para ricos. ¿Por qué no? Porque lo que tiene en tensión, con el espinazo doblado a Eckert frente a mí, es el reto de hacer que sus cocinas cambien la sociedad. No es coña. O, visto también desde el otro lado, que cuando la sociedad cambia vertiginosamente a ritmo digital, la cocina continúe significando para muchos, para los más sensibles (con cierto poder adquisitivo, desde luego, pero no los ricos del pueblo), el hogar; el hogar en el sentido más primitivo de la expresión, el fuego que nos caliente, que cocina nuestro alimento, ante el cual la familia bulle, hierve.

La Baviera de la BMW, moteada de granjeros ricos con tejados de placas solares que venden
su excedente de electricidad al estado alemán, es el hogar de Bulthaup. Los casi trece millones de habitantes orgullosos de la ambición de la familia Bulthaup por ser desde el pequeño pueblo de Aich los mejores, y seguir siéndolo durante las próximas generaciones. Su historia es la historia de la recuperación alemana tras la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes necesitaban cocinas, pero cocinas duraderas, no tenían el cuerpo para cambiar de cocina cada cinco años. Cuando los alemanes tienen problemas, las bromas las dejamos para cuando acabemos el trabajo. Y así, el patriarca Martin Bulthaup hizo historia y ahora les toca a los demás.

Bulthaup es y está a la vanguardia. Fueron los primeros en colgar sus cocinas de la pared, sin patas, sin que se vieran los herrajes. La sensación es espectacular, la cocina deja de pesar. Bulthaup es copiada en todo el mundo. Y se defiende, como puede al menos. Tiene patentadas las bisagras para que cuando abras la puerta no las veas. No te interrumpan. No se inmiscuyan entre su descanso y tus necesidades prácticas. No hay otra manera de defender el liderazgo. En 1980, aliados con el diseñador Otl Aicher, diseñaron las primeras cocinas en isla. También diseñó para ellos la maravillosa tipografía de Bulthaup que todo el mundo identifica con su imagen de marca. Pero volvamos a las cocina en forma de isla. ¿Estaban ocos? Lo pareció, desde luego. ¿A quién diablos le interesaba tener una cocina que le quitaba
el centro a la mesa de comer? ¿A quién le interesaba luego sacar las cocinas de las cocinas y llevarlas al salón donde el televisor era el dueño y señor? A Bulthaup. ¿Quién está pensando en las nuevas familias? En los hijos que van y vienen, y viven en varias casas. En padres y madres con nuevas parejas. En parejas con hijos de otras parejas. ¿Quién está pensando en que la cocina sea importante para ellos? Bulthaup lo está pensando. “Y me siento presionado por ello”, me explica Eckert, blandiendo el iPhone mientras mi iPhone graba sus palabras. “Esta pastilla nos ha cambiado la vida. Y, si cambia la vida, cambia lo que comemos y cómo lo cocinamos y cómo queremos que se cocine. Y cómo queremos que se conserve, y cuánto tiempo de nuestra vida estamos dispuestos a dedicar para eso… y desde luego cuánto dinero”.

 

¿Para qué diablos sirve una cocina? Mi respuesta tras conocerlos una fría mañana de invierno aún sin Gobierno es sencilla: para ser feliz y hacer feliz a los tuyos.