¡Qué ataque!

Con las ganas que tenía. Tras mover cielo y tierra para la reserva. Estrenar zapatos. Sorprender a mi pareja. Apuntar el aniversario y estudiar el menú. Bien sentados. Con el móvil 100% de batería. Zapatos limpios y ropa de domingo. Con hambre incluso, aceptamos maridaje, y en el primer bocado del aperitivo… ¡Hip!

Es divertido tener hipo. Te devuelve a la infancia. Rompe el hielo; no era una primera cita así
que no tenía hielo que romper. Y es gracioso… hasta la hipada número 25.

Todo el mundo tiene un consejo sobre como quitarle el hipo al otro.

No suele darme, pero cuando me da es porque como muy rápido. ¡Cómo no iba a comer rápido si la lista de espera para este tres estrellas era de seis meses! Y comienza la retahíla de consejos: “¡Bebe agua!”, [Glup], “así no a sorbitos”. [Glup, glup, glup…]. Arranca la impaciencia de tu comensal que no acepta que el consejo no surta efecto y pronuncia la palabra maldita: “¿Ya?”.

¡Hip!

¡Por favor no me des un susto! Pedí entre ruido y ruido. “¿Cómo te voy a asustar si estamos en medio de la sala?” Por fortuna, el camarero aún no había llegado, pero tardó poco en ocurrir. “Lo siento mucho” y vino el maitre. “Le acompaño al baño”, no se si para ayudarme o para que me quitase de en medio. Tire de Google. ¿Cuánto dura un ataque de hipo? Charles Osborne, ¿tendría algo que ver con los Osborne bodegueros? Estuvo 68 años hipando según el Guinness, ¿tendrá algo que ver el libro de los records con los dueños de la cerveza?

Con los nervios rotos metí la cabeza en el lavabo y me di una ‘ducha’ de agua bien fría. ¡Hip! Decidido a renunciar a la cena, crucé la sala. Nadie se atrevía a preguntarme, pero sus miradas atravesaban mi vergüenza como misiles de largo alcance. Nada más sentarme el sonido desapareció, sentí fluir de manera tranquila el oxígeno en mis pulmones, me entregué al hedonismo estrellado y comencé a beber despacio, masticar 8 o 9 veces cada bocado como un rumiante y respirar hondo entre el mar y montaña. ¿Será esto el slow food?.

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