La fotógrafa Marta Soul analiza en ‘Ama y bebe’ la dicotomía entre estas dos pulsiones y demuestra que, con moderación, todo está permitido.

Todo lo que rodea al acto de beber encarna en una imagen la representación del éxito y del fracaso. La costumbre de brindar y beber en las celebraciones está asentada en las tradiciones europeas y de gran parte del resto del mundo. Aunque sus orígenes no estén claros (existen imágenes de Dioniso alzando su copa desde hace casi tres mil años), actualmente tiene un alto valor simbólico. Se asocia a la longevidad en las relaciones amorosas cuando se brinda, por ejemplo, durante el matrimonio. Sin embargo, el exceso de la bebida lleva a la decadencia. Esprecisamente sobre este paralelismo, en la dualidad euforia-decrepitud existente en la bebida y la constante lucha contra la rutina para satisfacer la necesidad de un romance de larga duración,donde reside el interés de la serie ‘Ama y bebe’.

Celebramos bebiendo la consecución de nuestras metas, pero también el comienzo de los proyectos. La socialización exige muchas veces sostener una copa en la mano (una inauguración de una exposición de arte, por ejemplo). Las relaciones románticas comienzan a menudo compartiendo algunas bebidas, y se mantienen abriendo una buena botella de vino en el restaurante o en casa. Este tipo de situaciones están estereotipadas y cargadas de significado y matices afectivos. Helen Fisher resalta la importancia de las bebidas embriagantes en las historias de romance: “Después de un rato en la pista de baile te diriges al bar para pedir una bebida. Es allí cuando empieza el ritual para sorprenderse el uno al otro, para encontrar compatibilidad” (‘Why Him? Why Her?’, 2009). El alcohol es necesario para empezar un romance, para mantenerlo y en algunas ocasiones… para terminarlo.

Hasta el fondo

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