Kiko Veneno casi no necesita ni el apellido en su presentación, aunque, en realidad, ni se llama Kiko ni se apellida Veneno. José María López Sanfeliu, nacido en Figueras en 1952 y gaditano de adopción, fue apodado Kiko en la universidad y heredó Veneno del grupo que fundó con Raimundo y Rafael Amador en 1977.

Desde entonces han llovido un buen puñado de discos y canciones inolvidables, también algunos himnos, pero Kiko sigue con hambre. La suya va más allá de las tostadas que se ha desayunado –con pan integral, aceite de oliva y fruta–. Su hambre tiene que ver con la curiosidad, la empatía, el deseo, la solidaridad, el conocimiento. De modo que, mientras resuenan los compases flamencos de la canción que dará título a su próximo álbum, Hambre, dan ganas de hablar de comida.

Kiko ha empezado su día con pan casero y aceite de oliva, siempre ecológico, matiza –“porque no me fío de los aceites que no lo son”–, y lo subraya lamentando que en Andalucía una buena parte de la industria del olivar agroindustrializada contamine los suelos. Kiko no se anda con medias tintas y su discurso nunca es banal. Comprometido y contumaz, se cuestiona casi todo lo que le rodea, ávido de respuestas, sin artificios ni autocensura. “Me gustan mucho los sabores naturales, y procuro llevar una alimentación saludable. Y también creo que es una manera justa de devolverle al planeta las maravillas que nos da”.

Fuera la comida basura, entonces.

Nada, nada. Esas cosas están pensadas para los niños, para que jueguen incansablemente todo el día. Las personas adultas no necesitamos ni azúcares ni esa cantidad de grasas saturadas. En otra época, tal vez.

El otro día un compadre me contaba que uno de sus primeros destinos como médico fue un pueblo de Huelva en los años 80, y decía que allí había un culto increíble al tocino de cerdo, que lo tomaban a diario. Él pensaba que estarían todos comidos por el colesterol. Después pudo comprobar que no había un solo caso, y era porque trabajaban en el campo, de sol a sol, y claro, esas grasas las quemaban de una manera natural. Y si lo piensas, durante décadas, el tocino ha sido el combustible de la mitad de los agricultores de España.

Ahora, si ese colesterol lo mandas, como digo yo, a un culo caliente de los que se pasan todo el día sentado, de ahí nace otra pandemia, la de la obesidad. Y lo tremendo de la obesidad es ver cómo se ceba con las clases más desfavorecidas. Un pobre no tiene tanta opción de elegir el menú como yo. Y eso me parece terrible… el problema de la obesidad tiene que ver con los pilares de nuestra filosofía política.

¿Filosofía política y obesidad? Explícanos cómo relacionas eso…

Hay quien dice que la gente no tiene filosofía política, pero claro que la tiene… sólo que no lo sabe. Nuestros actos nos definen, también de una manera política, marxista, filosófica y antropológica. Yo, por mi carácter rebelde y buscador que me lleva a identificar las paradojas y las contradicciones, también veo en el fenómeno de la obesidad una especie de huelga activa, la de mucha gente que no quiere trabajar más para el sistema. Un obeso por definición es una persona que es incapaz de procurarse su propia comida, y que físicamente apenas puede trabajar… así que de alguna manera se puede ver como una huelga de brazos caídos. Aunque sea inconscientemente, para mí tiene ese significado secundario, como una huida de la explotación. Sé que es una cuestión con muchos elementos cruzados, pero el principal tal vez sería la falta de dinero para comprar alimentos buenos, y la persistencia de la máquina publicitaria del sistema actual para vendernos comida basura.

¿Y qué es para ti comida basura?

Para mí, comida basura significa agricultura industrial; significa tala de bosques y selvas en el Congo, en Borneo, en Brasil; significa destrucción de recursos y pandemias. Ahora la economía que tenemos en el mundo está ciega en asuntos ecológicos y sanitarios, es una economía egoísta, individualista y que destruye sistemáticamente los recursos. Y yo me pregunto permanentemente si nos queda algún gen que nos haga capaces de revertir eso, y que podamos defender una economía inspirada en el Imagine de John Lennon.

Me junto con toda clase de delincuentes / A veces comen en frío y otras en caliente

(Los delincuentes, Veneno, 1977)

Hablar de hambre desde el primer mundo siempre tiene espinas, pero Kiko es de esos artistas que no las esquiva. Él afila la realidad que nos rodea en sus canciones y fuera de ellas, con guasa pero con crítica, con surrealismo y costumbrismo, con amor y humor, con eclecticismo. Su espíritu inquieto sigue activo en forma de pop mestizo, agudo, instantáneo desde hace más de 40 años; cuatro décadas en las que además su aspecto ha variado poco. Si acaso, tiene más canas, pero ni ha echado barriga ni está calvo. A propósito de esto él recuerda la de ve- ces que bromeaba cuando era más joven y le preguntaban qué había que hacer para ser cantante: “Tener pelo”, contestaba. Y luego aclaraba que Phil Collins y Joe Jackson eran la excepción.

¿Has pasado hambre alguna vez?

Sí, en el año 76 o 77, algunas veces no teníamos para comer. Cuando tuvimos a nuestro primer hijo estábamos muy tiesos. En esa época todo lo que teníamos era para él, y comíamos poco, casi nada… no voy a exagerar, pero sí pasamos un poco de hambre. Pero éramos felices, cosas de hippies…

Eso coincidió con tu debut en la música: Veneno, que algo te daría de comer.

Qué va… con eso lo que conseguí fue cumplir un sueño. Pero cuando el disco pasó, me dije, “hay que buscar trabajo como sea”. No quería pasar más hambre: monté un chiringuito, luego un bar… y nos buscamos la vida de mil maneras mi mujer Ana y yo. No me gané la vida con la música hasta el 92, con Échate un cantecito.

Quién no ha soñado con retirarse montando un chiringuito…

Ya, pero mira ahora la cantidad de parados que montaron un bar para poder subsistir. Mi hijo ya tenía dos años y no estábamos dispuestos a pasar más hambre. Así que montamos un chiringuito en Conil de la Frontera. Lo construimos con troncos de eucalipto, palos de pita y cañas, era una maravilla. Todo era sencillo, con pescado fresco y ensaladillas de gambas, todo muy natural, la mayonesa hecha a mano. Estábamos en la playa y no teníamos ni luz. Estuvimos todo el verano y después nos quedamos en el pueblo, montamos un bar de copas, porque no había muchos. Tuvo su éxito. Duró dos años, pero luego me volvió a picar la música y volví a Sevilla.

Por ahí viene Joselito / con los ojos brillantitos / por la calle Peñón / Se ha tomado tres botellas / de Coca-Cola llenas / de vino de Chiclana

(Joselito, Échate un cantecito, 1992)

Los bares son una buena fuente de inspiración, ¿no?

Puede ser. El trabajo de camarero se parece mucho al de psicólogo, te cuentan muchas cosas… Eres como un cura, y confesarse alivia. Pero a mí es que me gusta la gente. Aprendí mucho de la condición humana.

Y la comida también aparece a menudo en tus canciones.

Eso es muy del flamenco. Cuando me junté con los Amador en Veneno y me interesé por el flamenco, vi que el tema de la comida estaba en muchas de las letras. Tal vez por pura necesidad, como un relato de las carencias y de las alegrías de por fin poder comer. Y yo entendía muy bien todo eso.

Pero tú lo llevaste a un terreno muy visual y poético.

Leí mucha poesía de joven, empecé por Bécquer y seguí por los románticos contemporáneos. Siempre me ha gustado la poesía por la capacidad que tiene de, con pocas palabras, colocarte en el mundo y hacerte despertar el alma, el corazón y el entendimiento. El castellano además es un idioma precioso, con una sonoridad perfecta para la poesía.

Foto: Sonia Fraga

Y más de 40 años después, ahí sigues.

Yo me asombro también cuando lo pienso… Mira, me metí en la música como toda la gente joven, para ligar, para hacer grupo. Porque los conjuntos, como se decía entonces, eran una pandilla, un comando de acción que me parecía muy atractivo desde de mi paso por la universidad. Yo allí iba mucho a las manifestaciones, me gustaba mucho formar parte de aquel movimiento antifascista que había y todo eso estaba muy bien, pero de pronto encontré en la música una vía que canalizaba perfectamente toda aquella inquietud y esa forma de afrontar el mundo, de una forma muy creativa y solidaria.

Sin embargo, enseguida fuiste por libre.

Lo que sucede es que, en los grupos, a medida que te haces mayor cambia la moda y los estilos musicales, llega gente más joven y tú te vas haciendo más maduro, y finalmente llegas a un destino sin salida. Así que con el tiempo me fui dando cuenta de que tenía algo más que el espíritu de comando musical juvenil, y que en mí estaban circulando los sonidos, las letras y estaban dejando su huella profesional. Me costó mucho convencerme de eso, porque no estaba nada seguro de que tuviera las cualidades necesarias. Y además tenía muy poco éxito y mis coetáneos se encargaban de recordármelo, decían que no sabía cantar…

Pero no te rendiste.

Fui creciendo con eso hasta que un día me di cuenta de que mi afición por la música no era pasajera y generacional, sino que estaba dirigida por mi amor por la poesía, las melodías, los nuevos sonidos… y fui consciente de que cuando la poesía se cantaba era todavía más rica, porque con la voz podías expresar muchas más cosas, así que poco a poco me fui haciendo profesional. No me importaba tanto tener un grupo, lo que me importaba era adecuar mi vida a la melodía que yo sentía por dentro y cumplir una función social, que creo que tenemos los músicos, de interactuar con el inconsciente colectivo y hacer feliz a la gente.

El compás y el aire / que nunca te falten las gambas cocías / la cervecita muy fría y con mucho gas

(Andalucía, Dice la gente, 2010)

Para Kiko, como para casi todos, no hay recuerdo social que no esté asociado a la comida. Su infancia, recuerda, transcurrió en Cádiz en unos años en los que había mucha pobreza “pero también mucho pescado barato” y evoca, gustoso, encuentros familiares: “Esas cenas con ramilletes de boquerones unidos por la cola. Y cuando iba a Lérida los veranos con la familia de mi madre, las comilonas eran tremendas, caracoles, pajaritos, chuletas de cordero, pollastre al ast, canelones…”. Sin embargo, reconoce haber sido un mal comedor hasta que empezó a escuchar a los Beatles, con 13 años, aunque esta cuestión no tenga relación…

Así que eras un tiquismiquis.

Fui un niño difícil para comer, era muy inquieto y estaba todo el día p’arriba y p’abajo y luego era muy delicado para las comidas… Por ejemplo, no me gustaba nada que el arroz tuviera cositas de colores, comer lentejas era un suplicio, aunque claro que ahora me encantan, les ha pasado a muchos. Siempre fui delgado y comía mal… hasta los 13 años no empecé a tomar lechuga y verduras, y todo lo que no me gustaba de pequeño. Mi madre, y mi padre supongo, me enseñaron mal…

Todo se educa, empezando por la comida.

Mis hijos, en cambio, han aprendido desde chiquititos a comer de todo. Mi mujer ha sido una fenómeno en eso, lo tenía muy claro: los chiquillos se comen lo que tú les das, y hemos aprendido a compadecer a esas parejas modernas que no saben educar a sus hijos y les preguntan qué quieren comer. Porque hay que ser gilipollas para preguntarle a un niño de dos años qué quiere de comer. Los niños no saben lo que quieren y hay que enseñarles los códigos, necesitan un control, y si les preguntas lo que les estás creando es confusión y desasosiego. Con cariño y naturalidad, pero necesitan instrucciones, y en la comida más.

Hoy, además, muchos niños crecen viendo ‘MasterChef’…

Comer es maravilloso y un acto solidario, una de las cosas más bonitas que podemos hacer, pero que el auge de los programas de comida sea la expresión de una época de carencias, de hambre y de comida basura no deja de martillearme el coco. Es otra paradoja: después de la crisis de 2008, cuando menos comida hay en las casas, es cuando más afloran estos formatos, y cuando la comida basura campa a sus anchas y se aprovecha de la situación.

Estoy cojo, medio mudo, un poco sordo. Disimulo / Ando loco, muy canijo / veo poco, no me fijo / Y soy flojo, muy pesao, manijero y abombao / cabezón y justiciero, menos mal que tengo pelo

(Autorretrato, Sombrero loco, 2019)

En estas estrofas de su canción más autobiográfica, Kiko Veneno daba cuenta el año pasado de alguna de sus peculiaridades, y hace hincapié en sus fortalezas: “Yo soy más bien resistente, insistente y contumaz, me empeño en seguir. No me habría importado ser algo más fuerte, pero somos lo que somos y tenemos que saber sacarle partido a nuestras singularidades y a nuestras rarezas”.

Por suerte tu trabajo no es precisamente arar el campo.

Pues a mí lo que me gustaría es mudarme al campo. Seguir con mi actividad musical, pero cerca de la naturaleza, del mar, la montaña, la huerta. Creo que si la humanidad tiene futuro es vaciando las ciudades insostenibles y volviendo a los pueblos, comiendo alimentos de cercanía y estando en contacto con la naturaleza. Una de las cosas que más me hace darme cuenta de la ignorancia tan grande sobre este asunto que nos han impuesto es que la desconexión con la naturaleza es bestial y, encima, en España llevamos 500 años vaciándola, denostándola, diciendo que las personas del campo son unas brutas, unas catetas.

Eso también es tener hambre de cambiar las cosas.

Ojalá todo el hambre fuera así. A la que yo me refiero es un hambre espiritual, de cultura, de acercamiento, conocimiento y creación. Hambre y sed de justicia. Pero las personas que nos hemos criado con un mínimo de cariño y bienestar, no podemos soportar la miseria y el hambre en el mundo… Yo al menos me moriré con eso y espero que mis hijos también.

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