Cuando hace una década nació la banda León Benavente, su vocalista y teclista no era ningún chaval, ya peinaba canas en sus característicos y siempre alborotados rizos. Por entonces, David Cobas –el nombre y apellido real que se esconde tras el artístico de Abraham Boba (Vigo, 1975)– vislumbraba la cuarentena y contaba con una larga trayectoria musical, aunque alejada del foco mediático que estaba por llegar. Ahora el grupo acaba de publicar su cuarto álbum, Era (Warner Music), en el que reflexionan sobre los cambios vitales y la nostalgia, pero sobre todo con el que –una vez más– nos sorprenden.

¿Por qué el título de Era?

Es una palabra que tiene diferentes acepciones. Pero el disco no habla de una época concreta sino más de la sensación de lo que ya no es. De estar en un nuevo tiempo en el que ya no es lo que se estaba viviendo. Obviamente, la primera referencia que le viene a uno a la cabeza después de haber vivido lo que hemos vivido es un nuevo paradigma después de la pandemia, pero no va sólo por ahí… Tiene que ver con momentos de cambios vitales que no tienen por qué estar relacionados con el coronavirus.

En el disco anterior existía un equilibrio entre rock y electrónica, pero ahora esta última tiene mayor presencia.

Por encima de etiquetas, nosotros lo
que decimos siempre es que somos un grupo de rock; más o menos sofisticado, pero un grupo de rock. Lo que sí que es verdad es que lo que empezaba a vislumbrarse en Vamos a volvernos locos, ese tipo de sonido, en este disco está muchísimo más claro y sí que lo hemos intentado llevar más al extremo. Pero no es sólo eso lo que diferencia a este trabajo respecto a los demás, sino el cambio de roles entre nosotros: Edu, que tocaba el bajo, se ocupa más de las máquinas; el bajo lo toca Luis, que tocaba antes la guitarra (no hay casi guitarras en este álbum); César ha hecho más complementos a muchas cajas de ritmos… Eso es lo que hace que el sonido sea como nuevo, que nos acerque a un lugar que nos sorprende. La primera premisa que tenemos al hacer un disco es intentar no repetir lo que hemos hecho. No tener miedo a que haya gente a la que no le vaya a parecer León Benavente… Pues mejor.

Los cuatro tenéis una trayectoria amplísima en la música, pero el verdadero éxito y la exposición mediática os llega con León Benavente, hace ahora 10 años. ¿Cómo se digiere esto?

Supongo que nos sorprendió porque los cuatro veníamos de proyectos con los que nos pegábamos golpes contra la pared todo el tiempo, porque eran minoritarios y, aunque tú estabas muy contento con el resultado musical, no tenían una repercusión en el público. Me hace mucha gracia la gente que dice: “Éste es el grupo que montasteis para que os fuese bien y para petarlo en festivales”. No… nosotros montamos este grupo porque somos músicos, nos gusta hacer música, nos conocíamos, teníamos buen feeling, buenas ideas, una manera de entender la música que compartíamos y de ahí fue de donde surgió todo. Es verdad que, acostumbrados a sacar cosas y que nadie te hiciera ni puto caso, fue una maravilla. Pero teníamos casi 40 años cuando pasó esto. Veníamos de habernos comido mucha mierda. Y eso te ayuda a digerirlo de otra manera y a alegrarte de que algo a lo que dedicas mucho tiempo va a servir, no para que te pidan fotos por la calle, sino para poder pensar en esto las 24 horas y desarrollar lo que más te gusta hacer en el mundo, que es hacer canciones y conciertos. El éxito para mí es eso, no la fama y ese tipo de cosas. De todas formas, aún podemos ir al supermercado y que nadie nos dé la chapa [risas].

En el disco tiene mucha presencia la nostalgia. ¿Crees que vivimos muy apegados a aquello de que ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’?

Es algo que se da más en unas generaciones que en otras. Y en la mía concretamente sí que hay un patrón en ciertas personas de tener esa especie de añoranza que creo que se da porque eran épocas en las que uno era más joven, y ya se sabe que envejecer es una de las cosas que menos se valora en una sociedad como la nuestra. Muchas veces eso hace que eches la vista atrás y creas que este mundo no lo entiendes, y que todo era mejor cuando no existían internet ni las redes sociales… Es una tontería pensarlo porque no tiene sentido, en realidad lo único que existe es el presente, no puedes volver a vivir el pasado; y el futuro, como ha quedado claro, ya se ve que no está dentro de nuestras acciones que sea de una manera o de otra. Es importante no darse por vencido y pensar que todo lo mejor ya ha pasado y que va a ser imposible encontrar una forma de sorprenderte. No hay que caer en la añoranza constante y hay que saber divertirte y valorar las cosas que tienes hoy en día delante de ti, a todos los niveles: vital, musical…

Pero no renegáis del pasado. En vuestras letras hay muchas referencias a la cultura popular de hace años.

No hay que renegar, pero hacer de eso como una bandera es lo que nosotros intentamos evitar. Pero claro que tiene que haber referencias. Somos hijos de una generación de la que tampoco se puede escapar.

A pesar de esta actitud optimista y vitalista que defiendes, es imposible escapar del todo de la nostalgia… ¿Qué es lo que más echas de menos?

Hasta hace poco, el sentimiento de nostalgia más cercano que tenía es ese que tiene una palabra y una definición maravillosa, pero que sólo entienden los gallegos, que es ‘morriña’. La he tenido durante bastante tiempo hasta que hace dos años me volví a Galicia y ahora ya no la tengo.

Hablemos ahora de nostalgia gastronómica: ¿algún plato de tiempos pasados que añores?

Hay ciertos platos que me llevan a la infancia. A mi madre siempre le pido un guiso que hace ella que es de chipirones con patata y guisantes, muy sencillo. Es el plato que más me lleva ahí. Y la tortilla de patata también, pero esa ya me la hago yo. Y he mejorado la receta [risas].

¿Qué más cosas cocinas?

Me gusta cocinar, pero soy bastante malo haciéndolo para más de dos personas. Hay platos que me salen muy bien. Lo que no hago demasiado en cocina, al contrario que con la música, es experimentar. Prácticamente, no como carne, me gusta mucho cocinar el pescado y el marisco, aunque realmente no hay que hacer casi nada, más que ir a buscar agua al mar, llenar una garrafa, meter ahí al bicho…

Lo que también has ‘cocinado’ en el último año es tu primer poemario. ¿Cómo cambia el proceso creativo de escribir una canción a escribir un poema?

Son lenguajes muy cercanos. Hay muchas similitudes, pero para mí es totalmente distinto desde el proceso de creación en sí, porque una canción tiene un contexto armónico y melódico, cosas que te están limitando. Pero más allá de eso, estoy acostumbrado a escribir canciones con un piano, un bolígrafo y una libreta, y hacerlo todo a la vez. Escribir poemas es distinto, desde el momento en que no tienes un instrumento. Eso hace que muchas veces sea como un salto sin red, pero, por otro lado, es muy liberador, porque te da unas posibilidades infinitas.

Para acabar, ¿algún buen restaurante que esté en esa franja entre León y Benavente?

Uf… ni puta idea [risas]

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