Existen tantas patatas de bolsa como ganas e zampárselas cuando el gusanillo aprieta. Para nuestra guerra cruzada hemos elegido esta vez Lay’s y Pringles, dos aperitivos socorridos y muy, muy adictivos.

DE PUNTA EN NEGRO

Siguiendo las normas básicas del márketing, basta con encorsetar un producto con un envoltorio que contenga dos colores clave (el sobrio negro y el exuberante dorado) para convencer al consumidor de que lo que hay dentro es una auténtica delicatessen. Una de esas por las que vale la pena rascarse el bolsillo. Y, aunque las apariencias engañan en el reino patatero, todo es cuestión de meter la mano dentro de una bolsa de Lay’s para descubrirlo. Su versión original llegó a España con el claim “¿A que no puedes comer solo una?” y, después de un retoque ‘campesino’ de Adrià, se volvieron crujientes a más no poder allá por 2007 en su versión más sibarita. Por su particular corte y lento proceso de dorado, Lay’s Gourmet es el as bajo la manga para amenizar cualquier sarao casero que se precie. Aunque compartir no es de sabios, por eso saben mejor un viernes noche con el mando a distancia como único acompañante. Dales un poco de caña con un buen rociado de sriracha y ya no habrá vuelta atrás. Adicción por un tubo.

NO ME LLAMES PATATA…

Llámame snack. O aperitivo. O Pringles, sin más. Decimos esto porque ay, qué lío fue el que vivimos en 2008, cuando el Tribunal Supremo de Reino Unido dictaminó que esto no eran patatas fritas, ya que su receta contiene menos de un 50 por ciento de patata. Un año después, la Corte de Apelación revocó tal fallo porque, con un 42%, “hay suficiente contenido de patata en el producto como para llegar a la conclusión razonable de que está hecho de patata”. La realidad es que se trata de una masa creada a partir de patatas deshidratadas y agua que se fríe en aceite vegetal y se lamina para obtener esa apariencia tan alejada de la Madre Naturaleza… y ese sabor tan adictivo. Porque a ver quién no ha pillado un bote de Pringles y, ansioso, ha querido comérselas todas así, en torre, como vienen. Fred Baur creó el mítico envase en el que se presentan, y le gustó tanto el invento que en su testamento pidió que depositaran sus cenizas en uno. Así se hizo, claro. Con Pringles de aquí a la eternidad.