Ambas recetas requieren su dosis generosa de burbujas –bien refresco de cola, bien gaseosa– el mejor vino barato, pocos prejuicios y un golpe de frío. Calimocho o tinto de verano, cualquiera vale si luego no conduces.

LA SENSACIÓN JUVENIL

No es ningún secreto: el calimocho es la bebida de cualquier generación en ese momento de limbo entre la adolescencia y el buen gusto. Para los entendidos del vino, el calimocho es un ultraje, pero para aquellos a los que el bolsillo aprieta, los exámenes estresan y la noche enamora, se trata de la bebida perfecta para ‘entonar’ un jueves cualquiera. Aunque no son los únicos, porque la mezcla de vino peleón y bebida de cola ha llegado a conquistar a críticos gastronómicos incluso del ‘The New York Times’… Está claro que nadie es profeta en su tierra. Al contrario de lo que se piensa, este brebaje tiene su origen en EE UU gracias a inmigrantes italianos, y no en el País Vasco, que lo hizo suyo bajo el nombre de Rioja Libre durante una celebración en la que el vino estaba picado. ¿Que no hay queso? Pues se lo damos con cola. Y, mira tú por dónde, de ahí salió una de las bebidas más recurridas y controvertidas del panorama español. ¿Placer culpable? ¿Brebaje celestial? Quién sabe. Eso sí, entrar, entra bien.

DOMINGUEROS SOMOS TODOS

Hay quien cree que el consumidor de tinto de verano es aquel que vivió su post adolescencia empapado en calimocho y que, por tanto, encuentra en el refrescante vino de mesa con burbujas la perfecta excusa proustiana para digerir mejor los picnics estivales. Pero qué va. El tinto de verano –ojo, aquí nadie ha hablado de sangría– es, a diferencia del contrincante de página, una creación 100% española de comienzos del siglo XX y, aunque la autoría se la rifan unas cuantas ventas de carretera, lo cierto es que la nostalgia nos lleva a todos al mismo lugar: la tienda de ultramarinos del barrio a la que llevábamos las botellas retornables de La Casera cuando se acababan las burbujas. Fuera verano o fuera invierno, el vino de mesa con gaseosa era un trago clásico en las casas; solo que ahora, tan finos todos, lo hemos convertido en bebida estacional. Pero una cosa os decimos desde aquí: el tinto de verano sabe igual de bueno en otoño. Y en invierno. Y olé.