Decía el poeta chileno Nicanor Parra que “no hay nada más noble que una botella bien conversada”. Reza en el dicho popular que detrás de la lluvia crece la hierba y detrás del vino las palabras. Si hacemos caso a Álvaro Cunqueiro, el escritor de los sueños, “el vino da cada día una lección de humildad y concordia al bebedor”. Y de pertenencia diría yo porque cada vino nace, crece, se hace, vive de una tierra y de un paisaje que le determina, le impone su propio carácter y personalidad.

El vino ha vivido permanente asociado a las palabras: En la Biblia hay cientos de alusiones al vino, los poetas persas lo cantaron sin cesar, Cervantes que fue vinatero en la Mancha lo escribió en varias de sus obras y sobre todo en la más grande, El Quijote. Shakespeare hablaba de los “white mountain” de Málaga y de los vinos de Jerez. La poesía también se ocupó del vino en poemas magistrales de Baudelaire, Neruda, Ángel González, Claudio Rodríguez y tantos otros… El vino en la esencia literaria.

Decía también Cervantes que el vino eran “la elocuencia y la amistad”. Es compañía, Cunqueiro también sostenía que el vino era el mejor amigo del hombre, y por tanto conversación: en la barra de un bar, alrededor de una mesa, en la sobremesa. Destila alegría, no en vano Dante situó a los tristes en el infierno. Acercarse una copa a la boca es el inicio de algo, es como tender una mano e invitar a que algo comience, y al depositarla sobre la mesa estamos encendiendo la llama de la conversación, fomentando la fluidez de las palabras y del hablar.

El vino tiene que ver con el tiempo, acompasa los ciclos de la vida de modo y manera que para muchos viticultores no existen las estaciones, ni otra nomenclatura en el calendario que la de poda, purga, floración y vendimia. Es también una estimable unidad de tiempo y de trabajo: en una ocasión le preguntaron a un político de los de antes cuánto tiempo había empleado en escribir su discurso: “Dos botellas de vino, respondió, porque es una reflexión ponderada y sentida”.

“Un vino es ideal cuando uno lamenta haber terminado la botella”, le escuché decir en una ocasión al diseñador de moda y bodeguero, Roberto Verino. También mi buen amigo Agustín Santolaya, director general de las Bodegas Roda, afirma con rotundidad y creencia que “el vino es la única manera dinámica de embotellar el tiempo”. No es una foto fija que establece la instantánea del momento y te permite contemplarla en perspectiva, en la botella permanece el reflejo de los sucedido y al abrirla te habla de todo ese tiempo en el que ha permanecido ahí.

El vino tiene también su relación con el diálogo. Dice Pitu Roca que “hay que escuchar al vino, porque el vino te habla, te da la oportunidad de vivir varias vidas”. Esto mismo afirma el bodeguero José Moro en su libro en el que pide prestar atención a lo que nos dice el vino. También te habla de su lugar de procedencia: de su suelo, clima, altitud, latitud y de sus guardianes, de quiénes han plantado, descubierto y cuidado el viñedo. Dice la sicóloga Inma Puig en Tras las viñas, ese libro imprescindible y escrito a cuatro manos con Pitu Roca, que “el vino refleja el alma de las personas que lo hacen. El vino y las personas guardan una armonía natural”. Todo eso está dentro de una botella, a la manera de un mensaje que espera a ser descifrado.

El vino tiene su química pero también su metafísica. Es un buen compañero en la mesa y sobremesa, en la lectura, en el disfrute de una película, serie o programa de televisión, merece ser pensado, degustado lentamente, no para saber más, sino para apreciar, saborear o también guardar. Él y sus añadas son también portadores de recuerdos y de la más fungible de las memorias, la metereológica (hay quien recuerda los fríos o calores, lluvias o sequías en función de las cosechas).

El vino es pues historia, cultura, alimento, relación, anécdota, conversación, palabra… y buenos deseos, como lo ha escrito recientemente a Manuel Vicent en una de sus columnas: “Mientras queden por contemplar todavía maravillosas puestas de sol en el mar con un excelente licor en la mano, el apocalipsis puede esperar”.

Pues que así sea.

Manuel Villanueva es director de contenidos de Mediaset y acaba de publicar ‘Palabra de vino’ (editado por Deep Waters Book, sello editorial de Muddy Waters Books), libro en el que se recopilan una serie de entrevistas a fondo a los más diversos personajes, siempre alrededor de una copa.

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