Lo mejor de un festival es volver y contarlo. Otros dirán que vivirlo, pero no es cierto; lo mejor es contarlo. Porque uno está y no está al mismo tiempo; se desdobla y viaja por la diversión musical como si fuese otro, almacenando cada detalle en la parte trasera del cerebro, hasta que regresa a casa, revisa el plan que disfrutó su ‘otro yo’ y dice “ahora sí… menuda historia me he marcado”. Eso es un Festival -así, con mayúscula-. Quien lo ha probado, lo sabe.

Ahora, mucho tiempo después de haber dormido bajo una lona empapada, jugando a las cartas y tocando una guitarra con sólo cuatro cuerdas, este viajero puede contar lo triste que resulta despedirse de una periodista a la que jamás volvió a ver y por la que daría tres dedos de una mano. También, pasados ya unos años, podría hablar de aquel tipo ‘gigante’ al que encontré en mi tienda de campaña, pasadas las cuatro de la mañana, con la espalda llena de pelo y los pies pintados de barro; podría contar cómo le grité “eh, fuera de mi tienda”, y cómo él se giro, todavía dormido y con la baba colgando, para decirme “sabías a lo que venías. Cierra la tienda”. Aquella noche dormí en el césped, y el cielo de Ortigueira me devolvió con mil estrellas el favor de haberme perdido. Eso puedo contarlo ahora, después de tanto tiempo, y reírme de la pinta de zombie que llevaba, meses más tarde, cuando el Génesis de Justice me salvó la vida. Había alguien a mi lado, pero de ese no me acuerdo. De Justice sí. Pero claro, es Justice…

“Yo estuve allí”, puedo decir, “y me he perdido por Barcelona entre electrónica, por Albacete entre rock y por Cáceres entre blues”. Sí, entre blues también me he perdido. Y lo mejor de todo es que pagué por ello -bueno, no siempre; a veces me invitaron y otras me colé, pero mejor olvidar esa parte-. Pagué para contar todo esto; para sentarme delante del ordenador y escribirte este artículo; para trasladarme mentalmente a cada sitio que he pisado cuando me cuentan una historia aburrida sobre un plan de enamorados, un problema en el trabajo o un drama cotidiano. Por todo eso pagué, y volvería a hacerlo. Pero se me ocurre algo mejor: ¿y si Ron Brugal me pagase a mí por ir, vivirlo y contarlo?

Esa es la propuesta de Brugal, enviarte de ‘Festis’ y pagarte 1.500 € para que le cuentes a todo el mundo, a través de tus redes sociales, lo que vayas encontrando por el camino: la periodista a la que acabas de conocer y que desaparecerá en tres días, los tipos que te han robado la tienda de campaña para dormir, el número de estrellas que se ríen de ti desde lo alto y el grupo que te ha salvado la vida cuando parecía que todo se iba a pique.

Festivaleando con Brugal te lo pone fácil este verano. Entra en www.festivaleandoconbrugal.com, regístrate y aplica para convertirte en uno de los 60 Fest Masters de la marca. Pero hazlo ya, no pierdas el tiempo. Y cuando vuelvas a casa, dedícate unos segundos, piensa en aquel tipo de Tapas Magazine y grítame, aunque sea en la distancia: “Tío, tenías razón”.