El tour de Francia, como cada año por estas intensas fechas de julio toca a su fin, con sus premios y sus ganadores. Una historia que también es de lo segundos, que como pasa en los mejores menús, es a veces el plato fuerte. La misma en la que muchas veces resulta más interesante recordar a ese “eterno segundo”, como Raymond Poulidor que pasó a la historia por detrás de Merckx o Anquetil, pero que al fin y al cabo se ganó el corazón de los franceses como un buen castillo sangriento (o como Cortázar solía referirse a Le Chateubriand).

El trágico pasaje se repite en esta epopeya de esfuerzos que ya dura más de 100 años y que siempre acaba igual: en París. El segundo en cuestión se llama esta vez Peter Sagan, y ha acumulado en sus piernas 5 derrotas al llegar a los Campos Eliseos. Pasando por delante del L’Etoile 1903 4 (Avenue de Wagram), al lado del Arco del Triunfo donde desde las ventanas del famoso restaurante de famosos, seguramente algún comensal le ha visto pasar mientras disfruta de un gran segundo, de algún manjar de carne bañado con maestría por una salsa de esas que solo los franceses saben mezclar y dirá: “¡qué gran segundo!” No te preocupes, Peter, tú también eres un gran segundo. O a lo mejor en vez de ser observado en vivo y en directo será alguien quien no perdona su visita diaria a Aux Deux Amis (142 Boulevard de l’Hôpital) quien lo ha escuchado por la radio, metiéndole la cuchara a esa mousse de chocolate que viene después del segundo en forma de postre. Si de recargar energías en la cena nada que unos buenos quesos de Rodolphe Le Meunier, exquisitos vinos e impecable charcutería de Eric Ospital en la última creación del estrella Michelin Akrame Benallal en Brut (19, rue Lauriston). O a lo mejor Caillebotte (8 Rue Hippolyte Lebas) es la mejor opción para distraerse con esa cocina abierta o perderse en unas ostras Roumégous con lechuga bouillon.

Y si esta mañana, con la resaca de un duro tour decidiera Peter desayunar entre bicicletas, donde los segundos no importan y sí el esfuerzo, podría tomar un café de Belleville Brullerié en Holybelly (19 rue Lucien Sampaix) o en una de las mesas del Steel Cyclewear&Coffeeshop (Rue de La Fontaine), donde están los ciclistas urbanos, que no admiran a los primeros, que no son de entrantes, que gustan más de segundos -y de un fresco y potente Steel chill brew-, como los buenos aficionados a las dos ruedas que rondan por la ciudad de la luz, como Cortázar en los sesenta que pedaleando escribía en su mente palabras sindicadas en pro de este vehículo. “Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social” porque, es verdad, Julio, la historia de la bicicleta es más bonita en sus derrotas, como la del Tour, como la de Peter. Sin embargo, todo se supera, todo vuelve a empezar, unos cuantos carbohidratos para reponer el cuerpo como un risotto negro en Le Dauphin (131 Avenue Parmentier) recién salido de la cocina de Iñaki Aizpitarte y a pedalear de nuevo.

Hit the road Jack!