Esto es una oda a los bares, de modo que quien sea abstemio o tenga reparos víricos que espere en la puerta. Los demás seguidme y acomodaos en torno a la barra. Sólo pido abrir un poco las orejas. 

Y es que en los bares sobre todo se habla. Ya lo cantaba Gabinete Caligari: “…qué lugares tan gratos para conversar…”. En los bares españoles siempre se ha conversado mucho. Es posible que a voces e incluso a gritos, y también con mala baba. Pero son infinidad las ideas que han circulado por ellos. Antes incluso de que existiera el Congreso, ya en los bares se discutían las principales ideas nacionales y foráneas, y los clientes se fogueaban a voces, y unos y otros esgrimían sus argumentos, y al final las ideas débiles sucumbían y las fuertes sobrevivían, a menudo apoyadas por el campeón que sabía defenderlas mejor. En ese ambiente darwiniano han triunfado en nuestros mostradores los conceptos que han marcado época. Esas tertulias de antaño, de las que hoy apenas nos acordamos, han sido el ágora en el que se han batido a cara de perro la reacción y el progreso… y casi siempre ganó el progreso, desde luego. 

Los bares son también el lugar donde se bebe. Siempre se ha bebido en España. En España y en Europa, ojo. Somos pueblos –a diferencia de los asiáticos, por poner un ejemplo– muy bebedores: llevamos el alcohol en la sangre y aguantamos mejor que otros. ¡Que se lo digan a los Sioux, qué es lo que les sucedió cuando se toparon con el veneno embotellado que traía consigo el británico! Pero es que nosotros estamos acostumbrados -que es como estar vacunados- desde que nacemos. Está en nuestro a-de-ene. El alcohol será la droga más dura de todas. Pero no conozco a ningún español que no se tome aquí y allá un vinito o una cañita. Lo de ser abstemio es cosa de gente sin raíces. 

En los bares también se come, y en los nuestros mejor que en otros países. Ahí sentamos jerarquía. Nuestras tapas se han hecho famosas en el mundo entero: nadie desconoce su suculencia y lo fácilmente que uno puede, tomándose unas cañitas, cenar prácticamente sin darse cuenta. Hay tapas generosas hasta el delirio, como las que se sirven en Granada –las más extraordinarias que yo he probado–, donde con una caña me han llegado a servir una hamburguesa de un tamaño que poco tenía que envidiarle al Big Mac: prácticamente, era ya una cena en condiciones. Eso por no hablar de las incontables raciones de patatas bravas y tortilla española que pueblan todos los mostradores: yo no podría sobrevivir sin ellas. 

En los bares se escucha música. Los garitos de música fueron la aportación de la modernidad y aquellos que en los últimos cuarenta años han enriquecido la memoria sentimental de nuestras ciudades. En los bares de música, los jóvenes de varias generaciones hemos llevado a cabo nuestra educación estética. Lo más importante no era la bebida ni las tapas, sino el menú musical. Recuerdo con especial cariño, entre los clásicos de mi juventud, el Jam, en la calle Barbieri, el mejor adalid del punk 77; el Nueva Visión, ramonero al cien por cien; la eternamente garajera Vía Láctea; el alternativo Ghetto, más americano y cañero que el Y’asta, siempre indie y gafapástico. Eran bares en los que uno educaba el oído pero también la vista, porque uno no podía entrar en ellos de cualquier manera. Cada cual tenía su propio código vestimentario, ¡y ay de quien desentonara! La presión era grande, peor que el protocolo en palacio.

Pero sobre todo, en los bares, se ligaba. La estética iba pareja con la educación sentimental, y uno entraba en ellos con ganas de toparse con una mirada que enamorase. Esos ojos fugaces adivinados al volver la cabeza, o según se iba al baño… eran el trofeo más precioso. No existía entonces Tinder y la mirada que nos enamoraba exigía de inmediato una exploración visual completa, que abarcaba el físico y lo vestimentario y terminaba por la sacrosanta ‘actitud’: todo se concretaba en la rápida evaluación del potencial objeto de deseo, con los cálculos consiguientes. ¿Merecía la pena entrarle? ¿Lo intentamos? ¿Sí, cómo, cuándo? La velada se convertía, rápidamente, en escenario para la estrategia amorosa. Los pavos reales se quedaban en poco comparados con nosotros. Y los camareros, generalmente mayores, nos miraban con la amable complicidad de la experiencia: ellos también habían pasado por ello. En los bares de música se han librado las guerras de sexo más divertidas y emocionantes que yo conozco. Mi vida no podría entenderla sin esos bares. 

José Ángel Mañas es escritor y acaba de publicar la novela ‘Una vida de bar en bar’ (Algaida), donde al calor de la barra, a través de largas charlas, refleja la historia político-social y económica de la España de las últimas décadas. 

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