El cultivo de estas dos frutas supone el 4% de todos los alimentos que produce el ser humano. En Nueva York, donde se ganan la vida los Serafinos, a la banana se la respeta. El trabajo de los Serafinos es diminuto comparado con el de multinacionales como Dole o Chiquita.

En 1897, un año antes de que perdiésemos la guerra de Cuba, las bananas llegaban a la ciudad en viejos barcos de vapor. Ahora llegan bien fresquitas en contenedores. Primero pasan por un escaner de radiación–que estamos en Nueva York, oiga, que aquí todo es a lo grande–. Cada semana llegan cuatro millones de bananas, 100.000 por contenedor, desde Ecuador normalmente, en barcos con banderas de conveniencia de Liberia, de Malta… de donde el armador pague menos impuestos. Dole o Chiquita ya no descargan en Nueva York, han elegido Wilmington, (Delaware, el Estado sin impuestos). Así que muchas ya entran a Nueva York por carretera.

El color amarillo de esta portada lo he elegido por el risotto que acompaña al señor Armani, como le llaman en todo Milán, pero también es un tributo al modo de vida de los Serafinos, por cuyas ‘pequeñas’ manos (EXP group) las bananas conocen el cariño de cómo se maneja un negocio entre un padre y un hijo. A la piña ya le dedicaré una carta otro día.

ANDRÉS RODRÍGUEZ

Editor y Director de Tapas

@ArodSpainMedia