Dicen que la princesa Margarita tuvo el honor de tener reservada una de sus mesas sine die, que el príncipe Harry y el príncipe Felipe se dejaron caer por allí en varias ocasiones y que la princesa Diana acostumbraba a colarse por la cocina para acceder sin que la viesen los paparazzi. Son anécdotas que se cuentan, se rumorean, sobre Quaglino’s, el fastuoso restaurante subterráneo que Giovanni Quaglino fundó en 1929 en el centro de Londres, popular (y a las pruebas nos remitimos) entre la aristocracia británica, familia real mediante.

Pero aquellas no fueron las únicas visitas de las que pudo presumir el icónico establecimiento, porque décadas antes ya se había vanagloriado al convertirse en el primer local público en el que comía un monarca reinante: fue el sitio al que asistió la reina Isabel II tras su coronación, en 1952. Y de ahí que se ganase el prestigio de ser punto de encuentro de cenas y bailes para muchos miembros curiosos de la realeza.

Sin embargo, su historia se remonta a muchos más años atrás. Al parecer, la historia de amor real con Quaglino’s escala hasta la abuelastra de la princesa Diana, Dame Barbara Cartland. Fue la novelista romántica quien, en la década de 1930, afirmó haber encontrado allí una perla real en una ostra.

Su posterior lavado de cara

Pese a todo lo anterior, no todo fue coser y cantar. Porque aunque el proyecto de Giovanni funcionó como destino de excelencia durante un largo periodo, alta gastronomía, cócteles y música en vivo de por medio, todo pasó de moda a finales de los 60. Y tras ser vendido a una sucesión de compañías hoteleras, el restaurante se vio obligado a bajar su persiana en 1977.

Pero no por mucho tiempo. Con una inclinación igualmente aristocrática, el grupo de restaurantes de Sir Terence Conran compró y relanzó el restaurante en 1993, con un pequeño lavado de cara y una gran presencia en los medios, antes de traspasárselo a D&D London en 2014 con otra remodelación.

Ahora, con casi 100 años de vida, sigue en funcionamiento. Y no precisamente de cualquier manera: las amplias escaleras, la decoración dorada, las paredes con espejos, los escenarios resplandecientes y su grandiosa barra central dan cuenta de su magnificencia. Y sus actuaciones musicales, que tienen lugar a diario y se inclinan por el legado de blues y jazz británico de la década de 1930, también.

La gastronomía, su punto más

Y luego está la comida, claro. No es lo mismo que cocinaba John Torode cuando trabajaba allí como segundo chef, en los años 90. Ni lo mismo que el multimillonario George Soros sirvió como mesero en los años 40, pero tampoco se queda atrás.

La carta actual, ideada por el jefe de cocina Jack Smith, apuesta por fórmulas de la cocina europea contemporánea, con un fuerte guiño a los clásicos de la cena retro. ¿Algunos de sus hits? Tartar de atún de aleta amarilla (con emulsión de aguacate, pepino y manzana en escabeche, galleta de algas y caviar Tobiko), Chateaubriand a la brasa (con castaña champiñones, persillade, bordelaise y bearnesa), suprema de pollo asado alimentado con maíz… Y la nómina de cócteles Art Deco, que presenta una selección de aperitivos refrescantes y llenos de flores, también suma.

Una clase magistral de reinado, vaya. Por eso, larga vida a su maravilloso legado.

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