El acto social de comer es también un ritual de excesos, siempre presente en la obra realista de la artista Lee Price.

Las sugerentes pinturas de la artista norteamericana Lee Price representan, desde hace más de veinte años, a la mujer y su relación con la comida. Siempre en la soledad y siempre con aquellos alimentos que le causan más ansia y obsesión. Todo para invocar a la reflexión, fruto del placer (y el horror) que proviene de  un atracón de glutamato en un cuarto de baño a puerta cerrada o de los fantasmas que se ahogan de manera momentánea al compartir un ritual de limpieza con una tarta de limón. Las escenas que Lee busca recrear en óleo, la mayoría de las veces con ella como modelo, son una declaración de la represión y la relación que la figura femenina mantiene con la comida, así como de la la vergüenza que se esconde detrás del deseo de comer. Pero también de los desórdenes alimenticios, las sentencias que se ejecutan por dejarse llevar y ceder ante la “tentación”.

¿Qué hay de malo en tener hambre, tener ansia y ceder ante lo que el cuerpo desea? He allí el otro dilema que Lee resuelve con una sencilla respuesta: absolutamente nada, por lo menos no cuando hay placer de por medio y los remordimientos ni se asoman (leepricestudio.com).