Pocas cosas dividen más a una familia en el desayuno que las diferencias de opiniones (y gustos) en cuanto a la manera de preparar el zumo. Y la disputa siempre llega en el mismo momento: una vez exprimido, ¿con o sin pulpa?

La respuesta es igualmente válida elijamos una opción u otra. Ningún médico ni nutricionista tiraría por tierra ninguna de las dos, y es que este (posible) debate se basa más en preferencias o manías que en una cuestión de salud o alimentación.

¿Entonces?

Muchos dicen que si pedimos un zumo de naranja (por ejemplo), lo normal es tomarlo con pulpa. No nos perjudica y sí puede beneficiarnos, ya que aprovechamos todas las partes de la fruta y, por tanto, sus vitaminas y minerales. Además de ser lo suficientemente mayores como para poder soportar el peso de “tropezones” sin necesidad de tener que recurrir a un colador cada mañana

Otros, en cambio, defienden el consumo de zumo sin pulpa con una simple declaración de intenciones: “si quisiera comerme la pulpa, me tomaría la pieza de fruta y no un zumo”.

Y, en ese caso, puede que el razonamiento de este último grupo no parezca tan descabellado.