Reportajes

El menú del pesimismo de Michel Houellebecq

En las novelas de Houellebecq, la comida también habla del desencanto contemporáneo: platos precocinados, excesos y banquetes tristes en la era del vacío.

En Serotonina, el ingeniero depresivo y Claire toman unos caracoles de Borgoña con mantequilla de ajo.

Hace escasos meses, aterrizó en las librerías francesas el último libro de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, Reunión, 1956), el enfant terrible de las letras galas. Un panfleto con forma de poemario que desde su mismo título (Combat toujours perdant, esto es, “combate siempre perdido”) ahuyenta, como de costumbre, todo optimismo. Un regreso a los orígenes del gris existencialismo angustiado de sus inicios y a los de la poesía posromántica decimonónica. Ruinas, colapso, caída, abismos… todo el canon baudelairiano destilado con los atisbos de modernidad misántropa de Houellebecq.

Es una buena ocasión para sondear, bajo la aridez administrativa de su estilo, un tema recurrente y a menudo desapercibido en su obra. Se trata de la comida. En sus novelas, como era de esperar, se bebe (como esponjas), pero también se engulle (mucho). La manera en que se come ya es en sí un sistema cifrado sobre los rituales de la sociedad occidental. Banquetes solitarios, cenas sofisitcadas en contextos románticos, ingestas de comida chatarra… Y también sobre las lógicas del consumo.

En su primera novela, Ampliación del campo de batalla, ya vimos a su protagonista comer desganado, en compañía, tortas de frijoles, fideos caramelizados o entrecot a la bearnesa. Un contraste con la dieta de uno de sus compañeros, técnico informático, defensor exaltado de la libertad como máximo número de elecciones posible, que en su caso quedan reducidas a las cenas calientes a domicilio servidas por Minitel. El tema de la comida sería recurrente. Platos y postres son mencionados con tal profusión que parece que el autor quisiera encapsular para las generaciones futuras los hábitos culinarios franceses de nuestro siglo.

Aunque los banquetes y las mesas bien dispuestas, más propios de una novela de Balzac, apenas aparecen en sus libros, hay instantes en que se exaltan los platos franceses tradicionales. Queso livarot y andouille, abundantemente regados con buenos vinos franceses (Dom Pérignon, Chablis, Ruinart), aparecen aquí y allá en su obra. Cuando sus personajes depresivos parecen engancharse a la quimera redentora del amor, el narrador pone en sus mesas gazpachos con rúcula y langosta, boudin noir artesanal, vieiras con rodaballo y suflé de alcaravea con emulsión de pera.

Florent-Claude, el empastillado ingeniero depresivo de Serotonina, tendrá también sus paréntesis de romanticismo culinario en compañía de Claire disfrutando de unos caracoles de Borgoña con mantequilla de ajo. El desapasionado François de Sumisión irá a una cita bien abastecido de champagne y quesos regionales Saint-Marcellin, Comté y Bleu des Causses. Uno de sus apáticos personajes ensimismados incluso llega a expresar su satisfacción porque el distrito V parisino se llene de queserías y carnicerías autóctonas.

Pero frente a esas exaltaciones, lo más frecuente es ver a sus personajes calentando en el microondas platos del supermercado, tan aburridos como ellos mismos. Puré instantáneo de patata. Latas de atún. Pollo asado. Es la letanía dietética de hombres desencantados. Cuando no, directamente street food basuriento.

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